9 de junio de 2020

El dilema del bote salvavidas



Un experimento mental muy popular es el del dilema del bote, que tiene varias versiones. La idea principal se podría sintetizar de esta manera: si en caso de naufragio, nos encontramos en un bote que sólo pudiera salvar a un determinado número de individuos echando fuera a otros, ¿cuáles y por qué deberían ser escogidos para salvarse? ¿A cuáles sería lícito arrojar por la borda? Esta situación si bien no es imposible, y ha ocurrido de hecho en el mundo real, parece bastante improbable que suceda para la mayoría de nosotros.

Este dilema se ha aplicado específicamente al contexto animalista para intentar dilucidar cuál decisión deberíamos tomar en caso de que el dilema se redujera a tener que elegir entre un ser humano y un animal no humano. Creo que el primer pensador en exponer ese dilema bajo una perspectiva animalista fue el profesor Tom Regan en su obra «En Defensa de los Derechos Animales». Resumiéndolo a la mínima expresión, Regan argumenta que si hubiera que decidir en esa situación extrema entre salvar a un humano y un no-humano, lo moralmente correcto sería siempre salvar al humano, puesto que los seres humanos, por lo general, son cognitivamente superiores a los otros animales, y gozan de una mayor riqueza de experiencias, con lo que la muerte del humano supondría una mayor pérdida para el humano que para el no-humano [página 363].

Ahora bien, Regan aclara que ese criterio sólo lo considera válido para situaciones extremas de supervivencia, pero que en ningún otro caso justificaría dañar o matar a un animal en un contexto normal. Sin embargo, muchos consideran que la posición de Regan no sólo es problemática sino incoherente con sus postulados. Creo que hay pocos pensadores que aceptando el planteamiento moral de Regan —basado en la filosofía de los derechos morales— estén de acuerdo en la consistencia de su conclusión. La profesora Evelyn Pluhar parece estar de acuerdo, puesto que Pluhar alega que en caso de tener que elegir necesariamente por supervivencia sería preferible privilegiar a los animales más desarrollados cognitivamente Beyond Prejudice», capítulo V, página 259].

Hay que tener en cuenta una cosa: ni Regan ni Pluhar defienden el igualitarismo moral. Ambos rechazan el especismo entendido como el prejuicio de que la vida humana es intrínsecamente superior a la vida animal y, por tanto, eso justificaría siempre utilizar, dañar o matar a los animales en beneficio de los humanos. Pero ni Regan ni Pluhar rechazan la jerarquía en el contexto moral. Lo que argumentan es que la especie no es un criterio válido —así como tampoco lo es la raza o el sexo— para justificar una discriminación moral. El simple rechazo al especismo no equivale a rechazar antiguas o nuevas jerarquías morales que, aparentemente, no se basan en la especie. Aprovecho para señalar que es por esto, entre otras razones, que algunos nos posicionamos en contra del "antiespecismo", puesto que la sola idea del especismo no abarca todos los problemas morales en nuestra relación con los otros animales.

Regan insiste en que su razonamiento no incurre en especismo, porque sólo valora a los individuos bajo criterios universales, sin importa su especie. Supongo que en ese planteamiento estaría de acuerdo James Rachels y su teoría del individualismo moral. Bajo esta perspectiva, si hubiera que elegir entre dos humanos habría que salvar al más inteligente, o al que tiene una mayor capacidad para experimentar vivencias, porque la muerte supondría una pérdida mayor para él. Tal vez esto sugiere más problemas que los que resuelve. ¿Cómo se determinar objetivamente el grado de inteligencia? ¿Cómo se evalúa objetivamente la riqueza de experiencias siendo esto un fenómeno subjetivo? ¿Entre un aficionado a la ópera y a la música rap a quién deberíamos salvar? ¿Deberíamos salvar a una persona de cociente intelectual por debajo del promedio que tiene una vida muy rica en aventuras en lugar de salvar a Immanuel Kant que jamás salió de su pequeña ciudad? Volviendo al contexto animalista, hay que tener en cuenta que científicos especialistas en etología animal, como Donald GriffinFrans De Waal, han denunciado que tradicionalmente hemos subestimado las capacidades cognitivas de los animales. ¿Podemos estar seguros que Regan no está incurriendo en un sesgo especista?

La resolución de Regan ha sido muy criticada también por otros pensadores afines a su corriente intelectual. Por ejemplo, el profesor Gary Francione rechaza la noción de que la muerte sea un daño mayor para un humano que para un no-humano. Francione argumenta que no se puede resolver ese caso extremo bajo criterios morales, puesto que todos los seres sintientes poseen un igual valor inherente, y que elegir al animal es tan legítimo como elegir al humano, pero pretender justificar un privilegio del humano sobre el no-humano indica siempre un prejuicio especista. En todos los casos, ninguna elección que tomemos finalmente podría justificar que tratemos a los animales como recursos. Una caso excepcional no sirve como criterio normal.

Quizás habría también que tener en cuenta que un caso extremo de supervivencia puede afectar al control sobre nuestra conducta. Nuestra responsabilidad moral depende de nuestra conciencia moral y esta conciencia no existe en un vacío sino que es producto de nuestro cerebro, que puede verse afectado por el hambre y otros factores que alteran nuestra voluntad. Es por esto que a personas consideradas responsables que cometen delitos bajo el influjo de drogas, u otros elementos que perviertan su mente, se les suele aplicar tipos atenuantes o incluso eximentes de responsabilidad.

Asimismo, otro autora muy en desacuerdo con Regan es Joan Dunayer, quien defiende un radical igualitarismo. Dunayer asegura que la única forma justa de resolver ese tipo de dilema sería lanzando una moneda al aire, puesto que ningún criterio moral podría resolverlo [Speciesism, capítulo 5, página 96]. Parece una solución un tanto extravagante, aunque no deja de tener coherencia con la idea de que todos los individuos merecen igual respeto. Si todos los seres sintientes poseen un igual valor moral, entonces no se puede privilegiar a ninguno por encima de otro. También es cierto que la propuesta de Dunayer parece orientada para descargarnos de la responsabilidad de decidir racionalmente. ¿Es en verdad correcto concluir que no podemos tomar una decisión si nos atenemos a criterios exclusivamente morales?

Una crítica a Regan particularmente interesante es la de la filósofa Lisa Kemmerer, quien aceptando de partida los postulados de Regan, concluye de una manera muy diferente a la suya. Kemmerer argumenta que en caso de supervivencia, habría que salvar siempre al no-humano frente al humano. ¿Por qué? Porque el no-humano es inocente mientras que el humano no lo es. Un animal no humano no está capacitado para la responsabilidad moral, así que siempre es inocente —ni siquiera es responsable de estar en ese bote. Mientras que un humano sí es responsable de su conducta. El humano probablemente no sólo es responsable de estar en esa situación sino que además seguramente sea culpable de hacer cometido alguna injusticia. Si el inocente debe prevalecer frente al culpable en caso de conflicto, entonces la decisión parece clara.

Y a todo esto, ¿qué nos puede decir el veganismo al respecto? ¿Puede el veganismo ayudarnos a resolver la situación racionalmente? A mi modo de ver, sí puede. De acuerdo al principio del veganismo, no debemos utilizar a ningún animal como un medio para nuestros fines; en ninguna forma, modo o propósito, sea cual sea. Si asumimos este principio entonces no debemos utilizar a un animal para salvar nuestra vida. Por lo tanto, no debemos arrojar por la borda a ningún animal con el propósito de salvarnos nosotros. Así que al menos ya tenemos claro lo que no debemos hacer.

Pueden respirar tranquilos; no estamos en ese bote salvavidas y es poco probable que nos encontramos en una situación similar. En el contexto de la vida cotidiana, si utilizamos a un animal no lo estamos haciendo por necesidad real sino por costumbre, tradición o por alguna clase de beneficio: placer, diversión, lucro económico. Esto ya no suena tan tranquilizador sino más bien perturbador. No somos esa persona desesperada en un bote que está a punto de hundirse; más bien somos esa persona que se divierte pateando animales porque le divierte. Si utilizamos a los animales —si consumimos productos de origen animal— encajamos en esta categoría, la de quien hace daño a los animales sin una buena razón, y no en la del pobre náufrago desesperado.

13 de abril de 2020

La racionalización y el uso de animales




Por lo general, los seres humanos necesitan tener una razón que justifique lo que hacen. Nuestra propia naturaleza racional nos exige conocer los motivos y objetivos en nuestras acciones. Si bien desde la infancia nos inculcan la idea de que los animales son seres inferiores —así como nos habitúan a utilizarlos— aun después de haber incorporado esta mentalidad buscamos las razones que supuestamente justifiquen lo que hacemos. Es aquí cuando aparece la racionalización. Nuestra conciencia moral en particular necesita que haya una razón que justifique el daño que infligimos a otros. Causar daño a otros gratuitamente repugna a nuestro sentido moral.

Una investigación liderada por el doctor Jared Piazza, del departamento de psicología de la universidad de Lancaster, señala que los consumidores de carne que asumen racionalizaciones para su conducta se sienten menos culpables respecto del daño que infligen a los animales. La investigación encontró que la racionalización de sus hábitos se basa principalmente en cuatro argumentos que en inglés comienzan con la letra ene: "natural, normal, necessary and nice" [natural, normal, necesario y delicioso] abreviados como 4N.

Estos argumentos son bien conocidos en este blog y se resumen así:

* Natural: los humanos son omnívoros.

* Necesario: comer carne es necesario para obtener nutrientes.

* Normal: hemos crecido comiendo animales y la mayoría hace lo mismo.

* Placentero: comer carne es delicioso.

El doctor Piazza explica que las objeciones éticas contra el consumo de carne son las que han motivado la aparición de estas justificaciones, como un intento de evitar el sentimiento de culpa y la inevitable condena moral que supone infligir daño a los animales sin una razón que lo justifique. También apunta a que la adhesión a las 4N viene asociada a un desprecio a la capacidad mental de los animales y una mayor tolerancia a la desigualdad social en la propia sociedad humana.

Estos resultado coinciden con los de otros estudios sobre psicología social que han mostrado que las personas que consumen carne tienden a menospreciar la sintiencia específicamente en aquellos animales que utilizan de comida; llegando a negar incluso que sufren. La mente usa mecanismos para evitar el conflicto moral con nuestros hábitos. Preferimos pensar que los animales no sienten o no sufren porque así nos quedamos más tranquilos y no desafiamos la moralidad de nuestra propia conducta.

La investigación liderada por Piazza, centrada en la psicología moral, ha ido más allá del consumo de animales y expone cómo la estrategia de las 4N también es aplicada para intentar justificar el resto de uso de animales, y no sólo al consumo de carne. La aplicación de las 4N varía según el uso del que se trate. En áreas como el mascotismo, la vestimenta o la equitación, el argumento de la necesidad prevalece mucho menos frente al argumento del placer. Sólo en la alimentación y la investigación médica, la mayoría alega que sea necesario utilizar animales.

Hay que tener en cuenta que el defecto previo de la racionalización está en en el hecho de ser un falacia ad hoc, es decir, un argumento que postulamos después de haber ejecutado un comportamiento; intentando aparentar que ese argumento está en la causa de nuestro comportamiento cuando en realidad se trata de un argumento surgido posteriormente para intentar justificar lo que hacemos. Por ejemplo, alguien puede alegar que come animales porque es placentero. Pero ésa no es la causa por la que tiene esa costumbre. Come animales porque fue educado para ello desde niño. El placer puede ser un refuerzo pero no es la causa inicial. Aparte de que en realidad nunca tomó la decisión de comer animales sino que se limitó a continuar un hábito adquirido durante la educación y la socialización en la que estuvo involucrado desde su infancia.

La racionalización es un razonamiento aparente que pretende encontrar un argumento pero no pretende encontrar la verdad. Cuando digo verdad me refiero a la concordancia con la evidencia empírica y los principios de la lógica. Por ejemplo, todavía se sigue diciendo que comer animales es necesario por motivos de salud a pesar de que la evidencia científica indica que no es así. Además, la necesidad no justifica moralmente hacer daño a otros cuando los otros no tienen culpa de nuestra necesidad. El hecho de que necesitemos comer no justifica que utilicemos a otros individuos de comida.

Creo importante destacar que el estudio publicado por Piazza y su equipo también señala que junto a las 4N aparece otra racionalización a la que denominan "tratamiento humanitario", esto es, la creencia de que está bien utilizar animales si les proporciona un trato relativamente confortable. En el contexto de la filosofía animalista denominamos a esta idea como bienestarismo. Ahora bien, no es el único argumento que se añade a las 4N, puesto que el estudio también reconoce que los encuestados apelan a la creencia de que la vida humana tiene un mayor valor moral que la vida animal. Esta posición ideológica, además de encuadrarse en el especismo, puede ser catalogada dentro del gradualismo.  Y aun así, faltaría otra racionalización más, a la que en el estudio se refieren como el argumento de la "sostenibilidad", esto es, la idea de que el uso de animales resulta más ecológico que la opción de no utilizarlos. Así pues, al final tendríamos 7 argumentos principales en total.

El trabajo del doctor Piazza expone el papel relevante que tiene el factor ideológico en el mantenimiento de prejuicios y hábitos en la sociedad. Frente a la teoría de que la dominación humana es principalmente un problema estructural, la investigación académica muestra la gran importancia  que tiene el aspecto psicológico. A mi modo de ver, esto avala la posición que defiende que el activismo educacional debe ser el foco principal y prioritario de nuestros esfuerzos si lo que buscamos es un cambio profundo en nuestra manera de relacionarnos con los otros animales.

20 de marzo de 2020

El otro lado oscuro del animalismo


«No podemos resolver un problema con la misma forma de pensar que lo ha provocado» — Albert Einstein

Peter Singer y Paola Cavalieri son dos académicos especialistas en filosofía moral que han escrito diversas obras sobre la consideración moral de los animales. Hace poco publicaron conjuntamente un ensayo titulado «El otro lado oscuro del COVID-19», en el que proponen que se cierren a nivel mundial los denominados "mercados húmedos" [mercados donde matan a los animales para venderlos directamente de comida] porque hay indicios claros de que sirven como medio de transmisión de enfermedades de animales hacia humanos.

Esto es un ejemplo, entre otros muchos, en los que podemos ver a animalistas aprovechando la actual crisis del coronavirus para pedir que cierren los mercados que matan animales porque pueden ser un foco de infección para los humanos. Más aún, hay animalistas que piden que dejemos de criar y comer animales para impedir radicalmente que se produzca la transmisión zoonótica hacia humanos. 

Sea cual sea la medida que se proponga, todas estas propuestas tienen en común que su sujeto de preocupación son los humanos; no los animales. Todos los mensajes en esta línea asumen la creencia de que los intereses humanos son más importantes que los intereses de los animales. Esto es fomentar precisamente lo que en el artículo de Singer y Cavalieri se denuncia como «la presunta superioridad de nuestra especie». O dicho de otro modo: están reforzando el antropocentrismo.

Hay animalistas que alegan que conseguir cerrar esos mercados sería una acción positiva para los intereses de los animales. Me parece que se equivocan. Cerrar esos mercados no evita que los animales sigan siendo explotados. Si esos mercados se cierran entonces lo que harán será abrir mataderos con controles sanitarios en su lugar. Eso fue lo que pasó en Europa —sustituyeron los mercados públicos de animales por mataderos controlados: sustituyeron una forma de explotación animal por otra. Así los humanos evitan enfermedades mientras que los animales siguen siendo masacrados. Los animales seguirán siendo explotados y matados igualmente. Los humanos ganan; los animales pierden. Ni siquiera desde un punto de vista puramente pragmático se trata de una medida que ayude a los animales.

Tendemos a suponer que los animalistas pretenden defender los intereses de los animales frente a los abusos de los humanos. Tendemos a suponer que los animalistas pretenden defender que los animales sean reconocidos como miembros de la comunidad moral, y que los humanos dejemos de discriminar y sacrificar sus intereses por motivos instrumentales. Visto lo visto, esta suposición parece arriesgada de mantener. Lo que estamos viendo es que los animalistas están más preocupados por los humanos que explotan animales que por los animales que son víctimas de la explotación.

Proponer que dejemos de practicar la explotación animal porque esto beneficiaría a los humanos difunde un mensaje antropocéntrico que asume que la vida y el bienestar de los humanos es más importante que la de nuestras víctimas. Promover una mentalidad especista —que ignora los intereses de los animales— es justo lo opuesto al sentido que algunos consideramos que debería tener el animalismo. Si el animalismo no tiene como objetivo defender los intereses de los animales entonces el animalismo es sólo otra forma de denominar al antropocentrismo.

Si el propio movimiento animalista se dedica a reforzar todavía más nuestro ya de por sí fuertemente arraigado prejuicio antropocéntrico, entonces ya no cabe esperanza de que haya justicia para los animales.


19 de diciembre de 2019

Acerca de la crueldad



Nadie niega que en efecto haya crueldad hacia los demás animales. La hay. Ni que esa crueldad esté mal. Está mal. Casi todo el mundo estaría del todo acuerdo aquí. Sin embargo, la crueldad no es el error fundamental que reside en nuestra actual relación con los demás animales. Así lo señalaba el profesor Tom Regan:
«No deseo negar la importancia de impedir la crueldad ni desaprobar la labor de cruzada efectuada por estas organizaciones, pero debo concluir que apostar tanto en la prevención de la crueldad obscurece las cuestiones morales fundamentales y corre un serio riesgo de ser contraproducente.»
Definamos crueldad como la actitud deliberada de infligir sufrimiento sobre un individuo cuando actuamos sobre él para conseguir alguna finalidad. La crueldad es también nuestra indiferencia ante el daño intencionado que provocamos en otros individuos a pesar de tener conocimiento de ese daño.

No deberíamos confundir la crueldad con el sadismo, que sería la conducta motivada por el placer que nos provoca hacer daño a otros deliberadamente. Creo que el profesor Regan no distingue correctamente en su ensayo citado entre crueldad y sadismo. La crueldad pretende causar daño y sufrimiento pero su objetivo no es causarlo por sí mismo sino que lo usa como un medio para lograr otro fin. En cambio, el sadismo pretende ese daño y sufrimiento por sí mismos, sin otra finalidad, motivado por el solo placer que le supone causarlo.

A veces ambos términos se usan como sinónimos, y se confunden entre ellos, pero independientemente del uso de los términos, lo que yo pretendo diferenciar son dos fenómenos distintos, aparte de la etiqueta con los que los nombremos. En este ensayo me referiré predominantemente al primer fenómeno, el cual he etiquetado como crueldad.

El primer problema que nos encontramos con el enfoque anticrudelista es que el concepto de crueldad hace referencia a un estado psicológico, e incluso neuronal. Ser cruel pues significaría tener una actitud o disposición consciente de querer infligir daño o sufrimiento a otros. Eso significa que si alguien utiliza a otro animal sin demostrar dicha actitud psicológica entonces ya no estaría siendo cruel; con lo que ya no se podría condenar ese uso apelando a la crueldad. Cuando la gente consume productos de origen animal, o asiste a actividades que utilizan animales, no tiene a menudo ni siquiera el pensamiento de estar infligiendo daño a los animales. Quienes explotan a los animales alegan continuamente que ellos intentar evitar cualquier sufrimiento o daño innecesario a los animales cuando los explotan. ¿Se les puede acusar entonces de ser crueles? 

Si entendemos la crueldad como el hecho de infligir daño a los animales sin una razón que justificara ese daño, entonces la crueldad hacia los animales no se trata de un fenómeno aislado sino que más bien se trata de una consecuencia del problema de fondo. El error fundamental es considerar a los animales como seres inferiores que existen para nuestro beneficio. El problema central está en no considerar a los otros animales como sujetos de consideración moral y respetarlos como tal. La crueldad y los abusos se derivan de esta visión cosificadora sobre los animales. La crueldad sería pues un síntoma; no la causa de la violencia.

Nuestra sociedad somete a los demás animales a la condición de meros recursos y mercancías para beneficio humano. Esto es la esclavitud. Los animales son considerados como propiedades de los humanos. La esclavitud es moralmente errónea por el hecho mismo de que trata a seres conscientes como si fueran objetos. Que esta esclavitud se haga de forma cruel es otra cuestión, que además está sujeta a interpretaciones un tanto relativas.

Explica el profesor Regan, en el artículo citado al comienzo de este ensayo, que ser cruel significa que alguien pretende disfrutar con el dolor y el sufrimiento que causa deliberadamente a otros. Como ya apunté antes, creo que eso corresponde más bien con el sadismo. Ciertamente el hecho de que explotemos a los animales no está motivado por el sadismo. Los explotemos por prejuicio, por inercia, por beneficio; pero no por sadismo, esto es, no porque queramos causarles sufrimiento por el sufrimiento mismo sino que les hacemos daño para conseguir alguna otra finalidad. 

Ese tipo de enfoque centrado en la crueldad está tan difundido debido en parte a que pertenecen a la propaganda de organizaciones bienestaristas como, por ejemplo, PeTA y AnimaNaturalis. Estos grupos corporativos denominan crueles a aquellas prácticas que consideran que provocan sufrimiento o mucho sufrimiento. Al enfoque bienestarista sólo le importa el sufrimiento y no se opone a la explotación y esclavitud de animales excepto en la parte que causa mucho sufrimiento.

A mi entender, si nos centramos en hablar de crueldad estamos dando un mensaje equivocado. Utilizar a los animales es moralmente erróneo sin importar si somos crueles al utilizarlos. La crueldad puede ser un agravante pero no es el error fundamental. Cualquier utilización que hagamos de otros animales es un abusoporque se trata de un uso no consentido y dañino contra sus intereses. Por tanto, para acabar con todos los abusos, lo que hay que rechazar y denunciar es el uso. Denunciar simplemente la crueldad no supone cuestionar la existencia de la explotación animal: la utilización de animales no humanos.

Focalizar en la crueldad, lejos de ayudar a comprender el asunto, dificulta entender y reconocer la injusticia que reside en nuestra actual relación con los animales. Así, no pude evitar recordar la reflexión de Hanna Arendt cuando relataba que Eichmann declaraba que siempre había procurado evitar la crueldad sobre sus víctimas:
«Tal y como Eichmann insistiría una y otra vez, las directrices rezaban: Se ha de evitar la dureza innecesaria. Y cuando, en el curso del interrogatorio policial, se le dio a entender que esas palabras sonaban un tanto irónicas tratándose de personas a las que estaba enviando a una muerte cierta, ni siquiera entendió de qué le estaba hablando el oficial de policía que lo interrogaba. La conciencia de Eichmann se rebelaba ante la idea de crueldad; no la de asesinato.»
El enfoque sobre la crueldad tiende a fijarse exclusivamente en el sufrimiento ignorando así que todos los seres dotados de sensación, sin importar su especie, no sólo desean evitar el sufrimiento sino también desean evitar la muerte. Todos los seres conscientes desean continuar existiendo. Infligirles dolor sin una razón que lo justifique no es más grave que infligirles la muerte sin una razón que lo justifique.

26 de noviembre de 2019

«Del especismo a la igualdad»




La autora Joan Dunayer expone en el siguiente ensayo, —titulado originalmente "From Speciesism To Equality"— su análisis sobre el problema del especismo en sus diferentes aspectos —distinguiendo entre el especismo tradicional y el nuevo especismo— y plantea su propuesta igualitaria para superarlo. Este escrito se puede considerar complementario a su otro artículo anterior titulado «Por la igualdad animal». En ambos ensayos, Dunayer resume su visión filosófica, a los que habría añadir otros dos textos titulados «Defensores de los derechos animales "bienestaristas": un oxímoron» y «Sirviendo al abuso: promocionando productos de origen animal». Leyendo estos cuatro ensayos se puede tener una idea general y bastante aproximada del pensamiento de Joan Dunayer.

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Del especismo a la igualdad


Joan Dunayer 


Verano 2005


Es especista denegar la igual consideración y respeto a cualquier individuo no humano debido a que no es humano o a que no se parece a los humanos.

Cuando ven a un loro en una jaula, a un pez en una pecera, o a un perro encadenado, están viendo el especismo. Si creen que una tortuga o una avispa tiene menos derecho a la vida y la libertad que un zorro o un humano, o si consideran que los humanos son superiores a los humanos, entonces están suscribiendo el especismo. Si visitan acuaprisiones o zoos, visten con pieles de vacas o pelos de ovejas, o comen carne, huevos o productos lácteos, están practicando el especismo.

Especismo Tradicional

¿Qué es exactamente el especismo? El psicólogo Richard Ryder acuñó la palabra especismo en 1970. Aunque nunca definió explícitamente el término, indicó que el especismo traza una fuerte distinción moral entre humanos y otros animales [1]. De manera similar a Ryder, filósofos como Peter Singer y Tom Regan definen el especismo como un sesgo contra los no-humanos [2]. Esa definición es demasiado restrictiva. El racismo no está restringido a todos los no-blancos; se produce también contra una serie concreta de razas: por ejemplo contra todos los no-blancos excepto los asiáticos, sólo contra los negros y los nativos americanos, o sólo contra los aborígenes australianos. Análogamente, el especismo no está limitado a todos los no-humanos sino que incluye sesgos contra determinado número de especies animales, tales como todos los animales que no sean grandes primates, todos los no mamíferos, o todos los invertebrados.

Lo que Ryder, Singer y Regan denominan "especismo" se trata en realidad de un tipo de especismo: el tipo más antiguo y severo que denomino «especismo tradicional». Los especistas tradicionales no creen que ningún no-humano merezcan reconocimiento moral como los humanos y tengan derechos legales básicos, como el derecho a la vida y la libertad. La mayoría de seres humanos son especistas tradicionales.

Nuevo Especismo

En contraste con el especismo tradicional, un creciente número de gente considera que los derechos morales y legales deben extenderse más allá de nuestra especie. Sin embargo, no defienden una posición igualitaria sino que aplican un tipo de especismo que denomino «neoespecismo» [nuevo especismo]. Los neoespecistas abogan derechos sólo para determinados no-humanos; aquellos que se parecen más a los humanos. Al creer que los humanos son superiores a los no-humanos, los neoespecistas ven el reino animal como una jerarquía en la que los humanos se sitúan en la cima. Habitualmente consideran que los chimpancés, delfines, y otros mamíferos no humanos, son más importantes que los demás no-humanos. También jerarquizan a los mamíferos por encima de las aves; a las aves por encima de los reptiles, los anfibios y los peces; y a los vertebrados por encima de los invertebrados.

Peter Singer ejemplifica el neoespecismo. En su opinión, los humanos que posean al menos una inteligencia promedio tienen mayor valor que los nohumanos [3]. Más aún, aboga por el derecho a la vida y la libertad sólo para los humanos, otros grandes primates, y posiblemente otros mamíferos que posean una autoconciencia similar a la que tiene un ser humano promedio tras su infancia [4]. ¿Por qué un ser humano promedio? ¿Por qué no un pulpo o un cuervo? El criterio de Singer es claramente antropocéntrico y sesgado: especista. Singer considera que todos los no mamíferos son "reemplazables" —en sus propias palabras [5]. Él se opone categóricamente a la vivisección sobre los mamíferos [6]También considera que es moralmente aceptable la cría y matanza de aves, peces, y otros no mamíferos, si sus vidas han sido placenteras —algo extremadamente difícil— y son matadas rápidamente y sin dolor —algo extremadamente dificil también [7]. No es especista, afirma Singer, creer que la matanza de miles de seres humanos es más trágica que la matanza de millones de pollos [8]. Por supuesto que es especista.

No Especismo

Al rechazar la noción de la superioridad humana, el no-especismo aboga por derechos básicos para todos los seres sintientes. Los no-especistas no desean que algunos no-humanos sean humanos honorarios; ellos desean que la sintiencia reemplace a la humanidad como la base para los derechos.

La sintiencia debe ser suficiente para los derechos legales básicos porque cualquiera que pueda experimentar subjetivamente tiene un interés en continuar viviendo y en encontrarse bien; y el sentido de las leyes es el de proteger intereses [9]. A ojos de la ley, los humanos más mentalmente incapacitados tienen intereres que requieren protección. Más aún, sus intereses no cuentan menos que los de aquellos humanos con una capacidad intelectual promedia o por encima de la media. Los humanos que carecen de lenguaje o razonamiento abstracto continúan teniendo derechos. ¿Así que por qué los individuos no humanos no deberían tener esos mismos derechos? La conciencia de cualquier tipo y cualquier grado debe ser protegida. Cualquier ser sintiente lo pierde todo cuando muerte. Cualquier ser sintiente puede sufrir. Estar libre de privaciones y dolores es tan relevante para las langostas y las serpientes como para los gorilas y los humanos.

La visión no-especista contempla a todos los individuos no humanos como personas legales en lugar de propiedades humanas. La personalidad emanciparía a los no-humanos de la servidumbre humana, lo que proscribiría que los no-humanos fueran usados para trabajar, actuar, producir o proveer cualquier servicio. Nunca más los caballos tirarán de carruajes, ni los tigres saltarán por aros, ni los elefantes tendrán que cargar con seres humanos en sus espaldas. La legislación prohibiría que los humanos se apropiaran de los no-humanos. Los humanos no podrían criar, comprar o vender a los no-humanos para ningún propósito, ya fuera la vivisección o la producción de comida o la tenencia de mascotas o la propagación de especies en peligro.


Para llegar a la emancipación, un gran porcentaje de la gente debería apoyar la igualdad animal y ser vegano, de modo que sólo unos cuantos no-humanos estuvieran sometidos a cautivero. Hasta la emancipación, los perros, gatos y otros animales domesticados podrían vivir tutelados por seres humanos responsables que cuidaran de ellos [10]. Liberados de la explotación y otros abusos, los otros animales domesticados —tales como gallinas liberadas de la industria del huevo y ratas liberadas de la vivisección— recibirían cuidados veterinarios, o podrían ser eutanasiados si se les diagnosticara una dolorosa enfermedad incurable, y sería adoptados en refugios o domicilios particulares.  Los no-humanos bajo tutela humana tendrían esencialmente los mismos derechos legales que los niños humanos.


La cautividad no humana sería eliminada. Hasta donde sea posible, los animales domesticados —incluyendo a perros y gatos— no serán expuestos a situaciones en las que puedan reproducirse, por ejemplo, mediante la esterilización [11]. El número de animales domesticados descendería rápidamente.


Los cautivos no domesticados serían liberados si, después de la necesaria rehabilitación, pueden mantenerse sin la asistencia humana y existe un hábitat apropiado para ellos. En caso contrario, serán cuidados permanentemente en santuarios. En tanto sea posible, estos santuarios deben proporcionarles ambientes lo más cercanos a su hábitat natural. Al igual que sucede con los animales domesticados, hay que evitar que los no domésticos puedan criar. Al final, todos los individuos no humanos serán los animales no domesticados que viven libres, sin interferencia humana, en sus hábitats naturales.


El reconocimiento de su personalidad otorgaría a los no-humanos todos los derechos legales relevantes, como el derecho a la vida. Así como todos los otros derechos de los no-humanos, un derecho no-humano a la vida limitaría la actividad humana, no la de los no-humanos. Los humanos no deben interferir en la relación predador-presa entre no-humanos libres. A diferencia de los humanos, los depredadores necesitan matar para sobrevivir. Bajo una ley no especista sería ilegal que un humano matara a un no-humano excepto bajo circunstancias extraordinarias. Si estuvieran perdidos en un terreno ártico o desértico sin acceso a vegetales comestibles, estarían legitimados en matar a un animal para poder comer. Si un león estuviera a punto de atacarlos, estarían legitimados a matarlo en defensa propia. Podemos matar parásitos que amenazan la vida de un perro o eutanasiar a un gato que padezca un sufrimiento incurable. En cambio, sería ilegal matar a una rata para obtener datos en experimentos, a una vaca por su carne, a un pez por deporte, a un visón por su piel, a una araña por aversión, o a cualquier no-humano por razones injustificadas.


La personalidad proporcionaría a los no-humanos el derecho a la libertad: libertad física e integridad corporal. Con la temporal excepción de los animales domesticados, y algunos animales no domesticados cautivos en el momento de la emancipación, los no-humanos vivirían en completa libertad. Los humanos no podrían legalmente mantenerlos cautivos, ya fuera mediante cadenas, jaulas, vallas, confinados en un edificio, o de cualquier otra manera. Sería ilegal torturar o asaltar sexualmente a un no-humano, así como mutilarlo, golpearlo o cualquier otra forma de agredirlo, excepto en el caso de autodefensa directa.

Una legislación no especista acordaría que los no-humanos tuvieran un derecho de propiedad. Ellos serían propietarios de los productos de su cuerpo y su trabajo. Las ostras serían las propietarias de las perlas que engendran, los petirrojos serían propietarios de los huevos que ponen, y las colonias de abejas serían propietarias de la miel que producen. Los no-humanos serían propietarios de sus nidos, madrigueras y colmenas. Así pues sería ilegal para los humanos tomar, dañar o destruir intencionadamente cualquier cosa que los no-humanos produzcan en sus propios hábitats. Todos los no-humanos que vivan en un área particular de tierra o agua deben tener un derecho legal sobre su propio medio ambiente, que sería de su propiedad comunal. Las tierras en las que convivan humanos y no-humanos pueden permanecer cohabitadas, pero los humanos no deberían invadir los territorios de los no-humanos —por ejemplo, construyendo viviendas en zonas habitadas por no-humanos. Sería ilegal destruir o alterar dañinamente cualquier hábitat.

Parar ser equitativa, la ley debe ser no especista. La gran mayoría de los seres sintientes del mundo son no humanos. El especismo es la forma más profunda y dañina de injusticia.


Ya fuera como actitud y como práctica, el especismo incluye cualquier discriminación basada en la especie. Es especista denegar a cualquier no-humano una igual consideración y respeto sólo porque no sea humano o porque no  se parezca a los humanos. En términos de justicia, todos los seres sintientes son iguales. No sólo tienen un derecho moral a la vida y a estar libres de abusos; tienen un derecho igual.

NOTAS

1. Richard Ryder, “An Autobiography,” Between the Species, Summer 1992, 168–73, 171.

2. Peter Singer, Animal Liberation, 2d ed. [New York: New York Review of Books, 1990], 6; Tom Regan, “The Case for Animal Rights,” in Carl Cohen and Tom Regan, The Animal Rights Debate [Lanham, Md.: Rowman & Littlefield, 2001], 125–222, 170.

3. Singer, Animal Liberation, 19–21.

4. Paola Cavalieri, Peter Singer, et al., “A Declaration on Great Apes,” in The Great Ape Project: Equality beyond Humanity, ed. Paola Cavalieri and Peter Singer [New York: St. Martin’s, 1993], 4–7, at 4; Singer, Animal Liberation, 19–21, 228–29; Peter Singer, Practical Ethics, 2d ed. [Cambridge: Cambridge University Press, 1993], 90, 95, 101, 119–20, 131–32.

5. Singer, Practical Ethics, 131.

6. Joan Dunayer, Speciesism [Derwood, Md.: Ryce, 2004], 78–79.

7. Peter Singer, Animal Liberation, 229–30; Singer, Practical Ethics, 133.

8. Peter Singer, “Animal Equality: Language and Liberation by Joan Dunayer” [book review], Vegan Voice, Dec. 2001–Feb. 2002, 36.

9. Al carecer de conciencia, los seres no sintientes como las plantas y las rocas no tienen intereses. Cuando protegemos objetos naturales lo hacemos para beneficio de los seres sintientes, humanos o no humanos.


10. El término domesticado aparece entrecomillado porque eufemiza la cautividad indefinida y la manipulación genética.


11. La palabra esterilización conlleva confusión. Eliminar los testículos o los ovarios y el útero no significa eliminar el género del animal.


**************

Creo que Joan Dunayer señala un punto muy importante al exponer las diferentes formas en que puede manifestarse el especismo. Increíblemente, muchos animalistas creen que abandonar el especismo se produce automáticamente en el momento en que pensamos que la consideración moral no debe limitarse a los humanos, sin pararse a pensar que esa extensión puede estar todavía asentada sobre criterios especistas, como bien explica Dunayer.

A pesar de que estoy de acuerdo con el planteamiento básico de la autora, hay algunos puntos concretos con los que discrepo.

Mi primera objeción se refiere al párrafo en el que señala que los humanos «si estuvieran perdidos en un terreno ártico o desértico sin acceso a vegetales comestibles, estarían legitimados en matar a un animal para poder comer.» No puedo estar de acuerdo con esta resolución, que me parece inconsistente con los postulados que defiende Dunayer. La necesidad no es un criterio moral. El hecho de que necesitemos comer no justifica que utilicemos a los animales para poder alimentarnos. Los mismos principios que explican la inmoralidad de la explotación animal se aplican en este caso: el principio de valor inherente y el principio de igualdad. Los animales poseen un valor inherente que no debe ser sacrificado por el valor instrumental que tengan para nosotros. Los animales desean igualmente continuar existiendo y evitar el daño. Sus intereses son tan igualmente importantes como los nuestros. Si los animales merecen igual respeto —como a menudo subraya Dunayer— entonces no debemos supeditar sus intereses para beneficiar a los nuestros. Los animales no tienen culpa de que necesitemos comer para vivir, así que no responsables de nuestra necesidad.


Mi segunda objeción se refiere a la parte en que menciona que «los animales domesticados —incluyendo a perros y gatos— no serán expuestos a situaciones en las que puedan reproducirse, por ejemplo, mediante la esterilización». En otro ensayo ya expuse resumidamente mis objeciones contra la esterilización de animales. Si los animales tienen un interés en evitar el daño —lo cual incluye mantener su integridad física— entonces manipular, alterar o destruir su cuerpo para lograr alguna finalidad es una clara violación de derecho básico a no ser tratados como simples medios para nuestros fines. ¿Acaso no consideraríamos que esterilizar a un humano sin su consentimiento es una violación de su derecho a la integridad física? Dunayer habitualmente expone analogías con situaciones en la que intercambia animales por humanos para denotar que la única diferencia es la especie de la víctima, pero en este caso parece no haberlo advertido.

Por último, hubiera preferido que Dunayer expusiera una argumentación un poco más elaborada. Es cierto que se trata de un ensayo breve, pero esa misma falta de desarrollo argumentativo se encuentra también, a mi modo de ver, en su libro «Speciesism», del que este ensayo sería algo parecido a un resumen muy sintetizado, y en el que a veces se despachan las cuestiones importantes y complejas con excesiva simplicidad. Si uno escribe un libro entiendo que es para exponer argumentaciones muy elaboradas que no caben en un ensayo —algo así como la diferencia entre cuento y novela— y no para unificar una retahíla de ensayos. 

30 de octubre de 2019

El peor de los males


«Richard Dawkins on the ethics of eating-meat»


Me encontré con una entrevista a la filósofa Ana Carrasco en la que me llamó particularmente la atención estas declaraciones:
«Es verdad que todos los seres humanos somos vulnerables. Nadie negará tal cosa. Y todos experimentamos y padecemos el mal. Tampoco nadie lo negará. Pero la mujer, y los colectivos menos favorecidos, experimentan ese impacto de forma más expuesta y, lamentablemente, más inerme. No quiere decir esto que el mal no sea experimentado por todo ser humano [sólo hay que pensar en las torturas militares en Irak, por poner un caso, en las que algunas militares son las victimarias y son los hombres las víctimas… y aquí sería también interesante analizar el porqué de este cambio de roles] sino que las formas más demenciales y crueles del mal, más perversas, con mayores ultrajes, con mayor ensañamiento, se han ejercido sobre la mujer, e incluso se han encarado con mayor indiferencia, se ha minimizado su importancia e incluso se ha cuestionado su gravedad.»
Lo primero que se me vino a la mente es que, al parecer, Carrasco cuando habla de víctimas sólo tenía en cuenta a los humanos. Cualquiera que se haya tomado la molestia de estudiar la explotación animal habrá comprobado las innumerables y terribles formas de violencia que los humanos hemos infligido sobre los otros animales a lo largo de nuestra historia. Sin embargo, las otras víctimas que no son humanas no aparecen en la reflexión de Carrasco. Los otros individuos que no están catalogados en la especie humana ni siquiera son considerados víctimas; es como si no existieran. Creo que eso es una evidente manifestación del especismo.

Mi segundo pensamiento es que no había evidencia de que las mujeres hubieran sufrido peores crueldades que los varones. Diría que su exposición incurre en una petición de principio. Afirmar que las mujeres han padecido peores abusos que los varones no demuestra que las mujeres hayan padecido peores abusos que los varones. De todos modos, no creo que eso sea el punto fundamental de la cuestión.

A diferencia de otras perspectivas, no contemplo el patriarcado como un sistema organizado de "los varones contra las mujeres" sino que entiendo que se trata de un sistema basado en los poderosos contra los débiles. En un sistema patriarcal, no sólo las mujeres son cosificadas y violentadas sino que también lo son los varones, cambiando la forma en que son victimizados. Podría existir un matriarcado similarmente violento. El machismo no se trata de un problema intrínseco de los varones sino de un problema de mentalidad que puede afectar igualmente a todos. Muchas mujeres han apoyado entusiastamente el patriarcado.

Al igual que en una sociedad patriarcal se cosifica a las mujeres —y en cierto modo también a los varones—, en una sociedad basada en el antropocentrismo, los animales son cosificados y violentados para beneficio de los humanos; pero esto no se trata de un problema de los humanos contra los animales sino de una doctrina basada en la primacía de los poderosos sobre los débiles. Todas las opresiones siguen este mismo esquema.

De la misma manera que muchos varones rechazan el machismo y el patriarcado, cada vez más humanos rechazan el antropocentrismo y tratan de socavarlo en favor de una nueva relación moral entre humanos y animales que elimine la dominación humana. Así pues, no se trata de un problema intrínseco de los humanos sino que es un problema de mentalidad. Crecemos y somos educados en un ambiente social que condiciona nuestra forma de pensar y actuar. Se trata principalmente de una cuestión de educación.

Algunos creen que la humanidad no aprende de sus errores. Quizás haya algo de verdad en esa creencia. No parece que hayamos aprendido mucho de la experiencia del racismo o del sexismo. No hemos comprendido que hacemos a los demás animales aquello mismo que consideramos un crimen abyecto cuando las víctimas son humanas, y que lo intentamos justificar con las mismas falacias que utilizamos para intentar justificar los abusos sobre seres humanos.

Cuando Nietzsche escribía que «quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti», pienso que quería expresar que aquellos que combaten determinadas ideas o sistemas pueden acabar incorporando o imitando inconscientemente aquello mismo que dicen combatir. Las posiciones que combaten determinada injusticia concreta no están exentas del riesgo de incurrir en el mismo error moral al que dicen oponerse.

Aquella obsesión por lo peor es quizás el reflejo de nuestra mentalidad que no puede librarse de estar dominada por el concepto de jerarquía, ni siquiera cuando denuncia opresiones basadas precisamente en creer en la existencia de una jerarquía moral, como denunciaba el activista Bob Torres al señalar que «en el amplio espectro de la izquierda parecen dispuestos a aceptar lo que ellos consideran la jerarquía de las especies, mientras que a la vez trabajan por la desaparición de otras jerarquías —de clase, raza, género o incluso de nacionalidad». Si tenemos en cuenta que los otros animales son seres conscientes, entonces considerarlos como objetos o seres inferiores debe ser una creencia equivocada.

Todos los seres dotados de conciencia sensitiva valoran su propia supervivencia, bienestar y autonomía. Creer que unos somos superiores a otros puede ser una creencia que nos sirva para obtener un beneficio a costa de dañar intencionadamente a otros, pero no es una creencia que refleje una realidad empírica ni una estructura lógica. El problema añadido sucede cuando sustituimos una jerarquía de opresores por una jerarquía de víctimas, pero ni siquiera cuestionamos la misma noción de jerarquía. Por eso tal vez sería más apropiado seguir la sugerencia del profesor Gary Francione cuando declara que
«El problema es de jerarquía. No es acertado promover una nueva jerarquía —los humanos y los grandes simios sobre los demás animales— en lugar de humanos sobre los demás animales. Deshagámonos de las jerarquías por completo.»
Si una ética racional tiene que fundamentarse necesariamente en el principio de igualdad, como bien argumentan James Rachels y Gary Francione, entre otros teóricos morales, entonces el concepto de jerarquía no puede tener cabida en la ética.

Estoy en contra del presupuesto de que hay una jerarquía de males. No obstante, siguiendo todavía ese criterio podríamos decir que el peor de los males es, quizás, el que disfrazamos como un bien, porque entonces hacemos el mal convencidos de hacer el bien, pues pensamos que es imposible que nosotros podamos cometer el mal. Carrasco, al igual que la gran mayoría de la gente, está convencida de hacer el bien cuando discrimina entre víctimas humanas y cuando ignora a las víctimas que no son humanas. Es difícil que eso cambie mientras siga creyendo que es imposible, e impensable siquiera, que ella esté cometiendo la misma clase de mal que está denunciando.

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