9 de junio de 2020

El dilema del bote salvavidas



Un experimento mental muy popular es el del dilema del bote, que tiene varias versiones. La idea principal se podría sintetizar de esta manera: si en caso de naufragio, nos encontramos en un bote que sólo pudiera salvar a un determinado número de individuos echando fuera a otros, ¿cuáles y por qué deberían ser escogidos para salvarse? ¿A cuáles sería lícito arrojar por la borda? Esta situación si bien no es imposible, y ha ocurrido de hecho en el mundo real, parece bastante improbable que suceda para la mayoría de nosotros.

Este dilema se ha aplicado específicamente al contexto animalista para intentar dilucidar cuál decisión deberíamos tomar en caso de que el dilema se redujera a tener que elegir entre un ser humano y un animal no humano. Creo que el primer pensador en exponer ese dilema bajo una perspectiva animalista fue el profesor Tom Regan en su obra «En Defensa de los Derechos Animales». Resumiéndolo a la mínima expresión, Regan argumenta que si hubiera que decidir en esa situación extrema entre salvar a un humano y un no-humano, lo moralmente correcto sería siempre salvar al humano, puesto que los seres humanos, por lo general, son cognitivamente superiores a los otros animales, y gozan de una mayor riqueza de experiencias, con lo que la muerte del humano supondría una mayor pérdida para el humano que para el no-humano [página 363].

Ahora bien, Regan aclara que ese criterio sólo lo considera válido para situaciones extremas de supervivencia, pero que en ningún otro caso justificaría dañar o matar a un animal en un contexto normal. Sin embargo, muchos consideran que la posición de Regan no sólo es problemática sino incoherente con sus postulados. Creo que hay pocos pensadores que aceptando el planteamiento moral de Regan —basado en la filosofía de los derechos morales— estén de acuerdo en la consistencia de su conclusión. La profesora Evelyn Pluhar parece estar de acuerdo, puesto que Pluhar alega que en caso de tener que elegir necesariamente por supervivencia sería preferible privilegiar a los animales más desarrollados cognitivamente Beyond Prejudice», capítulo V, página 259].

Hay que tener en cuenta una cosa: ni Regan ni Pluhar defienden el igualitarismo moral. Ambos rechazan el especismo entendido como el prejuicio de que la vida humana es intrínsecamente superior a la vida animal y, por tanto, eso justificaría siempre utilizar, dañar o matar a los animales en beneficio de los humanos. Pero ni Regan ni Pluhar rechazan la jerarquía en el contexto moral. Lo que argumentan es que la especie no es un criterio válido —así como tampoco lo es la raza o el sexo— para justificar una discriminación moral. El simple rechazo al especismo no equivale a rechazar antiguas o nuevas jerarquías morales que, aparentemente, no se basan en la especie. Aprovecho para señalar que es por esto, entre otras razones, que algunos nos posicionamos en contra del "antiespecismo", puesto que la sola idea del especismo no abarca todos los problemas morales en nuestra relación con los otros animales.

Regan insiste en que su razonamiento no incurre en especismo, porque sólo valora a los individuos bajo criterios universales, sin importa su especie. Supongo que en ese planteamiento estaría de acuerdo James Rachels y su teoría del individualismo moral. Bajo esta perspectiva, si hubiera que elegir entre dos humanos habría que salvar al más inteligente, o al que tiene una mayor capacidad para experimentar vivencias, porque la muerte supondría una pérdida mayor para él. Tal vez esto sugiere más problemas que los que resuelve. ¿Cómo se determinar objetivamente el grado de inteligencia? ¿Cómo se evalúa objetivamente la riqueza de experiencias siendo esto un fenómeno subjetivo? ¿Entre un aficionado a la ópera y a la música rap a quién deberíamos salvar? ¿Deberíamos salvar a una persona de cociente intelectual por debajo del promedio que tiene una vida muy rica en aventuras en lugar de salvar a Immanuel Kant que jamás salió de su pequeña ciudad? Volviendo al contexto animalista, hay que tener en cuenta que científicos especialistas en etología animal, como Donald GriffinFrans De Waal, han denunciado que tradicionalmente hemos subestimado las capacidades cognitivas de los animales. ¿Podemos estar seguros que Regan no está incurriendo en un sesgo especista?

La resolución de Regan ha sido muy criticada también por otros pensadores afines a su corriente intelectual. Por ejemplo, el profesor Gary Francione rechaza la noción de que la muerte sea un daño mayor para un humano que para un no-humano. Francione argumenta que no se puede resolver ese caso extremo bajo criterios morales, puesto que todos los seres sintientes poseen un igual valor inherente, y que elegir al animal es tan legítimo como elegir al humano, pero pretender justificar un privilegio del humano sobre el no-humano indica siempre un prejuicio especista. En todos los casos, ninguna elección que tomemos finalmente podría justificar que tratemos a los animales como recursos. Una caso excepcional no sirve como criterio normal.

Quizás habría también que tener en cuenta que un caso extremo de supervivencia puede afectar al control sobre nuestra conducta. Nuestra responsabilidad moral depende de nuestra conciencia moral y esta conciencia no existe en un vacío sino que es producto de nuestro cerebro, que puede verse afectado por el hambre y otros factores que alteran nuestra voluntad. Es por esto que a personas consideradas responsables que cometen delitos bajo el influjo de drogas, u otros elementos que perviertan su mente, se les suele aplicar tipos atenuantes o incluso eximentes de responsabilidad.

Asimismo, otro autora muy en desacuerdo con Regan es Joan Dunayer, quien defiende un radical igualitarismo. Dunayer asegura que la única forma justa de resolver ese tipo de dilema sería lanzando una moneda al aire, puesto que ningún criterio moral podría resolverlo [Speciesism, capítulo 5, página 96]. Parece una solución un tanto extravagante, aunque no deja de tener coherencia con la idea de que todos los individuos merecen igual respeto. Si todos los seres sintientes poseen un igual valor moral, entonces no se puede privilegiar a ninguno por encima de otro. También es cierto que la propuesta de Dunayer parece orientada para descargarnos de la responsabilidad de decidir racionalmente. ¿Es en verdad correcto concluir que no podemos tomar una decisión si nos atenemos a criterios exclusivamente morales?

Una crítica a Regan particularmente interesante es la de la filósofa Lisa Kemmerer, quien aceptando de partida los postulados de Regan, concluye de una manera muy diferente a la suya. Kemmerer argumenta que en caso de supervivencia, habría que salvar siempre al no-humano frente al humano. ¿Por qué? Porque el no-humano es inocente mientras que el humano no lo es. Un animal no humano no está capacitado para la responsabilidad moral, así que siempre es inocente —ni siquiera es responsable de estar en ese bote. Mientras que un humano sí es responsable de su conducta. El humano probablemente no sólo es responsable de estar en esa situación sino que además seguramente sea culpable de hacer cometido alguna injusticia. Si el inocente debe prevalecer frente al culpable en caso de conflicto, entonces la decisión parece clara.

Y a todo esto, ¿qué nos puede decir el veganismo al respecto? ¿Puede el veganismo ayudarnos a resolver la situación racionalmente? A mi modo de ver, sí puede. De acuerdo al principio del veganismo, no debemos utilizar a ningún animal como un medio para nuestros fines; en ninguna forma, modo o propósito, sea cual sea. Si asumimos este principio entonces no debemos utilizar a un animal para salvar nuestra vida. Por lo tanto, no debemos arrojar por la borda a ningún animal con el propósito de salvarnos nosotros. Así que al menos ya tenemos claro lo que no debemos hacer.

Pueden respirar tranquilos; no estamos en ese bote salvavidas y es poco probable que nos encontramos en una situación similar. En el contexto de la vida cotidiana, si utilizamos a un animal no lo estamos haciendo por necesidad real sino por costumbre, tradición o por alguna clase de beneficio: placer, diversión, lucro económico. Esto ya no suena tan tranquilizador sino más bien perturbador. No somos esa persona desesperada en un bote que está a punto de hundirse; más bien somos esa persona que se divierte pateando animales porque le divierte. Si utilizamos a los animales —si consumimos productos de origen animal— encajamos en esta categoría, la de quien hace daño a los animales sin una buena razón, y no en la del pobre náufrago desesperado.

13 de abril de 2020

La racionalización y el uso de animales




Por lo general, los seres humanos necesitan tener una razón que justifique lo que hacen. Nuestra propia naturaleza racional nos exige conocer los motivos y objetivos en nuestras acciones. Si bien desde la infancia nos inculcan la idea de que los animales son seres inferiores —así como nos habitúan a utilizarlos— aun después de haber incorporado esta mentalidad buscamos las razones que supuestamente justifiquen lo que hacemos. Es aquí cuando aparece la racionalización. Nuestra conciencia moral en particular necesita que haya una razón que justifique el daño que infligimos a otros. Causar daño a otros gratuitamente repugna a nuestro sentido moral.

Una investigación liderada por el doctor Jared Piazza, del departamento de psicología de la universidad de Lancaster, señala que los consumidores de carne que asumen racionalizaciones para su conducta se sienten menos culpables respecto del daño que infligen a los animales. La investigación encontró que la racionalización de sus hábitos se basa principalmente en cuatro argumentos que en inglés comienzan con la letra ene: "natural, normal, necessary and nice" [natural, normal, necesario y delicioso] abreviados como 4N.

Estos argumentos son bien conocidos en este blog y se resumen así:

* Natural: los humanos son omnívoros.

* Necesario: comer carne es necesario para obtener nutrientes.

* Normal: hemos crecido comiendo animales y la mayoría hace lo mismo.

* Placentero: comer carne es delicioso.

El doctor Piazza explica que las objeciones éticas contra el consumo de carne son las que han motivado la aparición de estas justificaciones, como un intento de evitar el sentimiento de culpa y la inevitable condena moral que supone infligir daño a los animales sin una razón que lo justifique. También apunta a que la adhesión a las 4N viene asociada a un desprecio a la capacidad mental de los animales y una mayor tolerancia a la desigualdad social en la propia sociedad humana.

Estos resultado coinciden con los de otros estudios sobre psicología social que han mostrado que las personas que consumen carne tienden a menospreciar la sintiencia específicamente en aquellos animales que utilizan de comida; llegando a negar incluso que sufren. La mente usa mecanismos para evitar el conflicto moral con nuestros hábitos. Preferimos pensar que los animales no sienten o no sufren porque así nos quedamos más tranquilos y no desafiamos la moralidad de nuestra propia conducta.

La investigación liderada por Piazza, centrada en la psicología moral, ha ido más allá del consumo de animales y expone cómo la estrategia de las 4N también es aplicada para intentar justificar el resto de uso de animales, y no sólo al consumo de carne. La aplicación de las 4N varía según el uso del que se trate. En áreas como el mascotismo, la vestimenta o la equitación, el argumento de la necesidad prevalece mucho menos frente al argumento del placer. Sólo en la alimentación y la investigación médica, la mayoría alega que sea necesario utilizar animales.

Hay que tener en cuenta que el defecto previo de la racionalización está en en el hecho de ser un falacia ad hoc, es decir, un argumento que postulamos después de haber ejecutado un comportamiento; intentando aparentar que ese argumento está en la causa de nuestro comportamiento cuando en realidad se trata de un argumento surgido posteriormente para intentar justificar lo que hacemos. Por ejemplo, alguien puede alegar que come animales porque es placentero. Pero ésa no es la causa por la que tiene esa costumbre. Come animales porque fue educado para ello desde niño. El placer puede ser un refuerzo pero no es la causa inicial. Aparte de que en realidad nunca tomó la decisión de comer animales sino que se limitó a continuar un hábito adquirido durante la educación y la socialización en la que estuvo involucrado desde su infancia.

La racionalización es un razonamiento aparente que pretende encontrar un argumento pero no pretende encontrar la verdad. Cuando digo verdad me refiero a la concordancia con la evidencia empírica y los principios de la lógica. Por ejemplo, todavía se sigue diciendo que comer animales es necesario por motivos de salud a pesar de que la evidencia científica indica que no es así. Además, la necesidad no justifica moralmente hacer daño a otros cuando los otros no tienen culpa de nuestra necesidad. El hecho de que necesitemos comer no justifica que utilicemos a otros individuos de comida.

Creo importante destacar que el estudio publicado por Piazza y su equipo también señala que junto a las 4N aparece otra racionalización a la que denominan "tratamiento humanitario", esto es, la creencia de que está bien utilizar animales si les proporciona un trato relativamente confortable. En el contexto de la filosofía animalista denominamos a esta idea como bienestarismo. Ahora bien, no es el único argumento que se añade a las 4N, puesto que el estudio también reconoce que los encuestados apelan a la creencia de que la vida humana tiene un mayor valor moral que la vida animal. Esta posición ideológica, además de encuadrarse en el especismo, puede ser catalogada dentro del gradualismo.  Y aun así, faltaría otra racionalización más, a la que en el estudio se refieren como el argumento de la "sostenibilidad", esto es, la idea de que el uso de animales resulta más ecológico que la opción de no utilizarlos. Así pues, al final tendríamos 7 argumentos principales en total.

El trabajo del doctor Piazza expone el papel relevante que tiene el factor ideológico en el mantenimiento de prejuicios y hábitos en la sociedad. Frente a la teoría de que la dominación humana es principalmente un problema estructural, la investigación académica muestra la gran importancia  que tiene el aspecto psicológico. A mi modo de ver, esto avala la posición que defiende que el activismo educacional debe ser el foco principal y prioritario de nuestros esfuerzos si lo que buscamos es un cambio profundo en nuestra manera de relacionarnos con los otros animales.

20 de marzo de 2020

El otro lado oscuro del animalismo


«No podemos resolver un problema con la misma forma de pensar que lo ha provocado» — Albert Einstein

Peter Singer y Paola Cavalieri son dos académicos especialistas en filosofía moral que han escrito diversas obras sobre la consideración moral de los animales. Hace poco publicaron conjuntamente un ensayo titulado «El otro lado oscuro del COVID-19», en el que proponen que se cierren a nivel mundial los denominados "mercados húmedos" [mercados donde matan a los animales para venderlos directamente de comida] porque hay indicios claros de que sirven como medio de transmisión de enfermedades de animales hacia humanos.

Esto es un ejemplo, entre otros muchos, en los que podemos ver a animalistas aprovechando la actual crisis del coronavirus para pedir que cierren los mercados que matan animales porque pueden ser un foco de infección para los humanos. Más aún, hay animalistas que piden que dejemos de criar y comer animales para impedir radicalmente que se produzca la transmisión zoonótica hacia humanos. 

Sea cual sea la medida que se proponga, todas estas propuestas tienen en común que su sujeto de preocupación son los humanos; no los animales. Todos los mensajes en esta línea asumen la creencia de que los intereses humanos son más importantes que los intereses de los animales. Esto es fomentar precisamente lo que en el artículo de Singer y Cavalieri se denuncia como «la presunta superioridad de nuestra especie». O dicho de otro modo: están reforzando el antropocentrismo.

Hay animalistas que alegan que conseguir cerrar esos mercados sería una acción positiva para los intereses de los animales. Me parece que se equivocan. Cerrar esos mercados no evita que los animales sigan siendo explotados. Si esos mercados se cierran entonces lo que harán será abrir mataderos con controles sanitarios en su lugar. Eso fue lo que pasó en Europa —sustituyeron los mercados públicos de animales por mataderos controlados: sustituyeron una forma de explotación animal por otra. Así los humanos evitan enfermedades mientras que los animales siguen siendo masacrados. Los animales seguirán siendo explotados y matados igualmente. Los humanos ganan; los animales pierden. Ni siquiera desde un punto de vista puramente pragmático se trata de una medida que ayude a los animales.

Tendemos a suponer que los animalistas pretenden defender los intereses de los animales frente a los abusos de los humanos. Tendemos a suponer que los animalistas pretenden defender que los animales sean reconocidos como miembros de la comunidad moral, y que los humanos dejemos de discriminar y sacrificar sus intereses por motivos instrumentales. Visto lo visto, esta suposición parece arriesgada de mantener. Lo que estamos viendo es que los animalistas están más preocupados por los humanos que explotan animales que por los animales que son víctimas de la explotación.

Proponer que dejemos de practicar la explotación animal porque esto beneficiaría a los humanos difunde un mensaje antropocéntrico que asume que la vida y el bienestar de los humanos es más importante que la de nuestras víctimas. Promover una mentalidad especista —que ignora los intereses de los animales— es justo lo opuesto al sentido que algunos consideramos que debería tener el animalismo. Si el animalismo no tiene como objetivo defender los intereses de los animales entonces el animalismo es sólo otra forma de denominar al antropocentrismo.

Si el propio movimiento animalista se dedica a reforzar todavía más nuestro ya de por sí fuertemente arraigado prejuicio antropocéntrico, entonces ya no cabe esperanza de que haya justicia para los animales.


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