12 de marzo de 2013

Ética basada en la razón


«En síntesis, lo que requerimos es una ética universalmente válida para toda la humanidad; pero esto no significa que necesitemos una ética que prescribiera un estilo uniforme del bien vivir para todo individuo o para todas las diferentes formas socioculturales de vida. Por el contrario, podemos aceptar e incluso obligarnos a proteger la pluralidad de formas individuales de vida, siempre y cuando quede garantizado que una ética universalmente válida de derechos iguales e igual corresponsabilidad para la solución de los problemas comunes de la humanidad, sea respetada en cada forma particular de vida.» ~ Kart-Otto Apel 

¿Es la ética una entidad racional, objetiva y universal, o es meramente subjetiva, o relativa a cada persona o cultura, o simplemente debe consistir en imitar lo que vemos en la naturaleza? 

Tal y como puede apreciarse a menudo en debates sobre esta cuestión, muchas personas realmente  creen que no puede existir una ética basada en la razón, universal y objetiva, válida para todos y en todo momento, y que las cuestiones morales se reducen en última instancia a sentimientos o gustos personales, o a lo que convengamos en sociedad, o que debemos intentar imitar a lo que ocurre en la naturaleza, o simplemente perpetuar la tradición.


Pero todos los enfoques que rechazan la razón devienen profundamente problemáticos por varias razones.


Primero; si no hubiera criterios morales objetivos entonces no tendría sentido que habláramos de progreso moral ni que juzgáramos las acciones de otros. No podríamos juzgar una diferencia entre la violación y el sexo consentido. Sería como juzgar que el sabor dulce es bueno y el sabor salado es malo. ¿Por qué se supone que es algo bueno el hecho de empatizar con otros individuos y respetarlos como personas? ¿Por qué es algo malo tratarlos de forma que jamás querríamos nosotros ser tratados? Sólo hay dos opciones: o todo se basa en meras preferencias subjetivas o hay principios universales a partir de los cuales podemos deducir lo que está bien y mal. La primera opción hace desaparecer el propio concepto de moral.


Segundo; es muy frecuente que se confunda lo que es la moral con lo que algunos creen que es la moral. Que algunas personas crean que algo está bien o mal no significa que sea así necesariamente. Esto hay que demostrarlo con razonamientos, con la lógica, y no simplemente afirmarlo. Al igual que cualquier otro juicio o razonamiento.


A menudo confundimos la moral con el código de conducta que se impone en una cultura. No son lo mismo. La moral no se fundamenta en los códigos deontológicos de la sociedad. La moral se basa puramente en la razón. Es por esto que a pesar de que nuestra cultura considera que los demás animales son inferiores y está bien explotarlos; nosotros hemos podido razonar que eso es falso. Si la moral fuera lo mismo que el código social entonces jamás habríamos avanzado nada en cuestiones como el racismo, el sexismo o la homofobia. Este cambio sólo se explica apelando a un sentido moral que es subyacente a nuestra naturaleza y no depende del contexto.


Si la moral fuera relativa, o fuera convencional, o consistiera en imitar la conducta que otros animales practican en la naturaleza, entonces no podríamos establecer que, por ejemplo, violar mujeres es inmoral, es algo que está mal siempre y no debemos hacerlo. Tendríamos que decir que a lo mejor es inmoral para nosotros pero quizás para otros no lo es; así que tendríamos que respetar el hecho de que otros violen mujeres si no lo consideran algo inmoral.


Lo mismo podríamos decir del asesinato, la tortura o la esclavitud ¿Estamos dispuestos a aceptar esta conclusión? Me parece obvio que no. Porque en realidad nadie acepta que lo que está bien y mal se base en caprichos personales, o meramente en lo que la sociedad establezca en un código moral o legal, ni tampoco en imitar lo que suceda en la naturaleza.


La ética no es lo que la sociedad establece, ni tampoco es equivalente a los deseos personales, ni consiste en imitar lo que ocurre en la naturaleza ¿Entonces qué debe ser la ética? La ética es actuar de acuerdo con la razón. Por razón entendamos básicamente la forma de pensamiento que se ajusta a los principios básicos de la lógica y los hechos empíricos comprobados. Si un razonamiento correcto se basa en ajustarse a la lógica y los hechos ¿por qué el razonamiento moral debería ser diferente al respecto?


El razonamiento ético también puede ser objeto de valoración con respecto a su calidad. Un buen razonamiento ha de ser válido y tanto los argumentos que lo apoyan como las conclusiones a las que se llega deberían ser sostenibles y relevantes. Los argumentos sostenibles son aquellos que están relacionados con el tema, es decir, con los hechos del caso y con las normas o valores a los que están adscritos. Dichos argumentos son llamados relevantes y tienen algo que añadir a la autoridad de un juicio que establece que cierta conducta es correcta desde el punto de vista moral. Así lo expone el filósofo Shelly Kagan:

«Si ahora pasamos a la pregunta ¿qué se necesita —más allá de la racionalidad— para que la maldad ingrese al mundo?, pienso que la respuesta bien podría ser que, simplemente, cuando alcanzamos un cierto nivel de racionalidad, nada más es necesario.

La razón por la cual es objetivamente malo que yo practique el homicidio es precisamente porque existe una razón para que no lo haga, una razón que soy capaz de reconocer. Y si usted pregunta ¿qué más se necesita? la respuesta es, esos son los ingredientes básicos, podemos refinarlos un poco si lo desea, pero en esencia, eso es todo.»

Si la ética no se fundamentara en la razón, entonces todo se reduciría a gustos, caprichos e intereses particulares. Pero así ya no habría ética. Por tanto, la ética no puede ser subjetiva, relativa o simple imitación. Si la ética fuera subjetiva entonces la violación sexual no sería algo malo en sí, sino que eso dependería de que lo que nosotros opináramos subjetivamente sobre ella o de lo que dijeran las normas acordadas. Pero la violación sexual es algo que está siempre mal y está mal en sí mismo, independientemente de lo que nosotros pensamos sobre ello.

La violación sexual está mal porque implica hacer a otro individuo algo que no deseamos para nosotros mismos —atenta contra la igualdad— y porque implica causar un daño que no podemos justificar moralmente sino que lo hacemos únicamente para nuestro beneficio: es una violación de derechos individuales. Y esto vale no sólo para la violación sino para cualquier acto que afecte a los intereses básicos de un individuo.


Me temo que a menudo confundimos lo que es la moral en sí con las diferentes ideas acerca de lo que se considera la moral. Del mismo modo, no es lo mismo lo que algo sea en sí mismo que la creencia acerca de lo que ese algo sea. Asimismo hay una confusión entre lo que es la ética y la moral con lo que es simplemente el código de conducta que prescribe una religión el cual nada tiene que ver con la ética ni con la moral.


Incluso, aunque existiera un dios, él tampoco estaría legitimado en decidir lo que está objetivamente bien y mal. Si así fuera, ya no sería moral sino mero capricho sujeto a la voluntad personal. Un dios no puede ser fundador ni garante de una moral objetiva y universal. Y postular que deberíamos igualmente someternos a la voluntad divina es apelar a la falacia ad baculum, es decir, a la idea de que la posesión de poder es lo que otorga la legitimidad y la razón.


Ciertamente, algunos pueden pensar que algo está bien o mal solamente porque lo dice un libro o una persona, que es considerado la autoridad máxima en su cultura. Pero esto no tiene nada que ver con la ética desde un punto de vista racional.


No confundamos lo que es la ética con lo que es simplemente un código de conducta, ya sea social, legal o religioso. Creer que el código de conducta de una religión es ética es como creer que los hechizos de la brujería son ciencia. Puede ser correcto desde el punto de vista de su mentalidad pero no desde el punto de vista de la ética racional. Alguien puede creer que es científica la idea de que el sol gira alrededor de la tierra, pero esa persona estaría igualmente equivocada, desde el punto de vista científico, en base a los hechos.


El que algo sea aceptado por la sociedad no quiere decir que esté moralmente bien; sólo quiere decir que está socialmente aceptado. Lo moral y lo social no son obviamente lo mismo. Una sociedad puede creer y afirmar que algo está bien, pero no no implica que esté moralmente bien.


Por ejemplo, algunas culturas consideran que los humanos son criaturas que surgieron a partir de ser moldeados en barro por unos dioses que les dieron la vida. Sin embargo esa creencia es completamente falsa y se opone a la razón, a las evidencias de la evolución. Lo mismo ocurre con el concepto acerca de lo que es la moral.


Sin duda, nuestra conducta está condicionada por la sociedad en la que vivimos y la educación que recibimos. Ahora vivimos en una sociedad que considera que utilizar a otros animales para nuestro beneficio es algo que está bien. Igual que en otras épocas, y en otros lugares actualmente, se ha considerado que la mujer debía estar sometida al varón y que éste estaba legitimado en hacer con ella lo que le quiera. Sin embargo, se trata de creencias y conductas moralmente equivocadas, incluso aunque la mayoría de la sociedad no lo considerara así.


El razonamiento nos muestra que existen parámetros objetivos para las normas morales; y que esos parámetros no deben ser aplicados de manera exclusiva a seres humanos, porque otros animales también poseen su voluntad e intereses propios, y desean evitar la muerte, el sufrimiento, y que no les hagan daño.


Los conceptos morales no son meras abstracciones. Hay conceptos abstractos que no son abstracciones. Por ejemplo, un triángulo es un concepto abstracto que no se obtiene a partir de hacer abstracción de la experiencia empírica, sino que se conoce directamente mediante el razonamiento formal, esto es, la geometría. Lo mismo se aplica a conceptos morales como la igualdad. Los individuos que somos agentes morales conocemos la ética mediante el razonamiento moral. A partir de las evidencias de las que disponemos y aplicando la lógica.


La moral es objetiva y está basada en la razón, en las evidencias y en la lógica. Igual que la ciencia o cualquier otra actividad racional. Por tanto, la ética es objetiva. La ética está basada en la lógica y se aplica a hechos empíricos. Y los hechos y la lógica son objetivos.


Apelar a la razón es razonar según criterios objetivos, como la lógica. Pero apelar a lo que dicen las leyes o a la mera subjetividad no es apelar a la razón. Decir que algo puede causar daño a alguien no conlleva ninguna regla universal. ¿Cómo podría ser una regla universal algo que es puramente subjetivo? Para establecer una regla universal habrá que fundamentarse en los principios de la lógica que son los únicos criterios objetivos que tenemos a nuestra disposición, aparte de la evidencias empíricas. Una ética racional tiene que ser objetiva y sólo a partir de normas objetivas se puede deducir que determinado daño sea incorrecto, pero el daño en sí mismo, o algo que causa daño, no puede ser moralmente reprobable por sí solo.

Cuando digo que moral es universal me refiero a que sus principios no dependen del contexto particular sino que son producto de la lógica. Y la lógica es universal. La lógica es la misma aquí que en Marte y en cualquier parte del universo. La lógica es la estructura esencial de la existencia y el conocimiento. Y forma parte de la capacidad de razonamiento de todos los individuos que pueden pensar, independientemente de su especie. Ni la razón ni la moral son exclusivas en la especie humana. Otros animales razonan y no son humanos. Y algunos de ellos incluso tienen cierto sentido moral básico en forma de empatía.


No existen las éticas particulares, igual que no existen los lenguajes particulares ni tampoco las ciencias particulares. La ética es un ámbito de conocimiento universal, igual que la lógica, en la cual se fundamenta, y la ciencia, de la cual obtiene verificación rigurosa de los hechos de la realidad.


Violar mujeres —o cualquier persona del sexo que sea— siempre es algo incorrecto, siempre ha sido algo incorrecto, y por eso siempre ha sido, y será, inmoral. Porque es vulnerar el respeto más elemental que toda persona merece.


Una persona, un ser sintiente, se caracteriza específicamente por tener voluntad e intereses propios. Por lo tanto, usarlo sin respetar su voluntad o sus intereses, supone tratarlo como si fuera un objeto inerte, una cosa, un mero recurso. Es vulnerar el principio de dentidad.


Y si podemos comprender, por ejemplo, que violar mujeres o abusar de niños es algo que está mal en sí —porque atenta contra su respeto— también podemos entender que explotar a los demás animales es algo que está radicalmente mal, exactamente por el mismo motivo.


A veces se apela a la racionalidad para justificar posturas discriminatorias alegando que lo racional consiste en hacer aquello que más nos beneficia a nosotros, o a nuestro grupo, a pesar de que eso implique dañar a otros individuos, pero esto es una perspectiva instrumentalista o pragmatista de la razón que ignora el aspecto intrínseco de la razón. Ser racional consiste en atenernos a la razón por sí misma, como contenido, y no sólo como instrumento para lograr nuestros objetivos.


Todos los seres dotados de sensación valoran su propia vida, aunque nadie más lo haga. Son seres conscientes de sí mismos y de lo que les sucede. Es decir, ellos son sujetos, y no objetos. Eso significa que poseen un valor inherente, que es inherente a su propia condición de sujeto y que no puede ser vulnerado por razones instrumentales.


Los seres conscientes no solamente existen sino que saben que existen. Lo cual implica, en virtud del principio de identidad, que no debemos considerarlos como si sólo tuvieran un valor instrumental. No debemos atentar contra sus intereses, ni utilizarlos sin su consentimiento o en contra de su voluntad, para satisfacer nuestras necesidades y deseos. No importa los beneficios que podamos obtener al hacerlo.


Los beneficios no justifican moralmente nuestros actos. Si fuera así volveríamos de nuevo a tener que aceptar que violar mujeres estaría bien, si obtenemos un beneficio al hacerlo.


Todos los progresos morales que se han conseguido a lo largo de la historia se basan en aceptar la lógica de la igualdad y el respeto por la persona y sus derechos. Mientras no superemos el prejuicio del especismo y aceptemos el criterio de la razón para la ética no haremos ningún progreso moral en nuestra relación con los demás animales.


En definitiva, no es racional discriminar a otros animales de la comunidad moral y tratarlos como seres que sólo tienen valor instrumental en beneficio de los humanos. No es racional ignorar su valor moral intrínseco como seres sintientes que son. Postular la supervivencia los humanos a costa de la libertad y las vidas de otros animales es idéntico a postular la supervivencia y bienestar de la raza blanca a costa de la libertad y la vida de otras razas. Es el mismo criterio de exclusión que se basa en características moralmente irrelevantes.


Todos los animales que tenemos capacidad de sentir somos seres conscientes y poseemos los mismos intereses básicos: deseamos proteger nuestra vida y disfrutar de ella libremente, y evitar lo que nos daña. La razón nos obliga, por pura lógica, a respetar esos intereses básicos con la misma consideración, puesto que son esencialmente los mismos intereses. Si este razonamiento es correcto entonces cualquier otra postura, basada en discriminar a los individuos por raza, sexo o especie, sería irracional y contraria a la ética.

9 de marzo de 2013

Ciencia y especismo: la necesidad no genera legitimidad moral


«Que una acción sea 'necesaria' para conseguir un objetivo, incluso un objetivo muy valioso, no implica en sí mismo que sea permisible.» — Nathan Nobis  [citado por Christiane Bailey en «Argumentos no-especistas contra la experimentación animal»]

Introducción

En este análisis, dividido en varias partes, pretendo exponer una concisa refutación de uno de los principales argumentos que se suelen utilizar para intentar justificar el uso de animales no humanos para fines científicos y, por extensión, a cualquier uso de nohumanos que hagamos para nuestros fines.

En todas las argumentaciones que pretenden defender el uso de animales no humanos en experimentos científicos en general siempre se alega la misma razón principal: se dice que es necesario hacerlo; es necesario utilizar a los animales no humanos para progresar en ciencia, medicina y otros campos. 

Lo que aquí pretendo plantear si ese argumento justifica moralmente que usemos a los demás animales. No sólo en investigación científica sino en cualquier otro ámbito o para cualquier otro propósito. Lo tomo como ejemplo representativo pero vale igualmente para cualquier contexto.

Algunas aclaraciones

Recalquemos en primer lugar que estar a favor de la filosofía de los Derechos Animales no significa en ningún caso estar en contra de la experimentación médica o científica, ni en contra del progreso de la ciencia ni de la medicina. A pesar de que muchas veces se intenta presentar como una postura contraria a la propia ciencia, cuando en ningún caso es así.

No estamos en contra de la experimentación científica o médica. La oposición es solamente en contra de usar a otros individuos sin su consentimiento, en contra de su voluntad, y a costa de violar sus intereses.

Así que es una falsedad manifiesta decir que estar en contra del uso de nohumanos es lo mismo que estar en contra de la ciencia. Del mismo modo que estar en contra de utilizar a seres humanos sin su consentimiento explícito e informado no significa obviamente estar en contra de la ciencia y su progreso.

La necesidad no genera legitimidad moral

El postulado de que es necesario usar animales en investigación es ya de por sí una cuestión bastante discutible a varios niveles.

Por ejemplo, hoy en día ya no es necesario, como ocurría en el pasado, utilizar a otros animales para fabricar insulina. Del mismo modo, es imposible saber si realmente es necesario utilizarlos para otros fines sin haber probado antes nuevas líneas de investigación.

En cualquier caso, si realmente fuera necesario usar animales no humanos para beneficiar a los humanos, entonces ¿por qué no se utiliza del mismo modo también a otros humanos? ¿Por qué no hacer con humanos lo mismo que hacemos con otros animales —enfermarlos a propósito, inocularles sustancias tóxicas, amputarles miembros— sin tener en cuenta su voluntad ni su consentimiento, para así beneficiar a otros humanos? De hecho, este tipo de investigación científica con seres humanos es algo que ha sucedido en numerosas ocasiones.

La razón por la que no hacemos eso con seres humanos es que la necesidad no justifica moralmente ninguna acción. Podría ser necesario para el avance de la ciencia y la medicina, y el bienestar humano general, el usar a seres humanos del mismo modo que usamos a los demás animales, pero esa necesidad no justifica moralmente hacerlo. Igual que si yo necesitara un órgano para sobrevivir y sólo lo pudiera conseguirlo asesinando a alguien para quitárselo no estaría bien que lo hiciera, por mucho que lo necesitara. ¿O sí creemos que sería correcto actuar de esa manera?

Ciertamente el área de investigación científica en general es el único ámbito —a diferencia de otros como la alimentación o la vestimenta— en donde quizás se puede pretender con un mínimo de seriedad que actualmente exista alguna necesidad relevante de usar a otros animales. De todos modos, la necesidad por sí misma no puede justificar moralmente ninguna acción. De hecho, si atendemos meramente al criterio de necesidad entonces podríamos también justificar el uso forzado de unos seres humanos para beneficiar a otros. Toda clase de crímenes se han cometido apelando a una supuesta necesidad.

Si yo necesitara un trasplante de órganos para poder seguir viviendo y no pudiera conseguirlo mediante una donación ¿justificaría esto que utilizara a otros humanos sin su consentimiento para quitarles sus órganos? Obviamente no. ¿Entonces por qué va ser diferente cuando se trata de otros animales? ¿Por qué no consideramos los intereses de otros animales en la misma forma? Ésta es la cuestión central del asunto.

En definitiva, la necesidad nada tiene que ver con la ética, ni es un criterio que pueda aclarar si algo está moralmente bien o mal. Yo puedo necesitar urgentemente un órgano para poder seguir viviendo, pero esa necesidad no me legitima en usar sin su consentimiento a otras personas para mi beneficio y quitarles sus órganos a costa de su salud y su vida. La necesidad nunca justifica moralmente ninguna acción.

Si la necesidad fuera un criterio aceptable también se podría considerar necesario utilizar libremente a otros seres humanos —sin su consentimiento, y a costa de su vida y su salud— para avanzar en el conocimiento médico y científico.

La ética no se refiere a la necesidad sino a la dignidad, es decir, al valor intrínseco de cada persona que debe ser respetado. El respeto moral implica no utilizar a nadie sin su consentimiento, no usarlo como si fuera un objeto o un simple recurso. Pero precisamente esto es lo que hacemos con los demás animales cada día, ignorando su voluntad y sus intereses propios. Los tratamos como nuestras propiedades, como nuestros esclavos, los relegamos a la categoría de objetos, a pesar de que ellos no son objetos; son individuos que sienten, sufren y desean vivir y que no les hagan daño.

El especismo no se basa en una justificación racional

Algunas posturas especistas dicen que los humanos tenemos derechos porque nuestras leyes lo reconocen así. Pero ¿y si las leyes no lo reconocieran? Las leyes pueden diferir muchísimo de un país a otro y de una época a otra.

Lo mismo se podría señalar respecto de la opinión de la gente. ¿Tenemos derechos sólo porque la gente así lo cree? Entonces sí la gente cree que un dios existe eso significa que efectivamente dios existe ¿no? Pues no. Tal afirmación incurre en la recurrente falacia ad populum —que afirma que algo es verdad simplemente porque mucha gente así lo cree. Y los razonamientos morales no están exentos de respetar la lógica igual que cualquier otro razonamiento.

¿Por qué las personas tenemos derechos, más allá de lo que la gente piense o lo de que las leyes digan? Considero que las personas tenemos derechos precisamente por el hecho de ser personas.

Ahora bien, la cuestión es que no solamente los humanos somos personas, ni tampoco somos personas por el hecho de ser humanos —porque entonces los embriones o los cadáveres humanos serían personas. Cualquier individuo que tenga capacidad de sentir, es decir, que experimente sensaciones y tenga intereses y voluntad propia, es una persona. Lo que diferencia a una persona de una cosa [un objeto inerte o un vegetal] es precisamente la facultad de sentir.

La razón por la que no es aceptable experimentar con seres humanos sin su consentimiento es porque los seres humanos, al igual que los demás animales, no son cosas sino personas, es decir seres con capacidad de sentir y consciencia de sí mismos, y esto significa que tienen un interés fundamental en conservar su vida y que no ser dañados. Del mismo modo, otros animales tienen igualmente la capacidad de sentir, y el interés en conservar su propia vida y que no les hagan daño. Es por esto que la misma razón que justifica respetar a los seres humanos —tratarlos como personas, no como propiedades o recursos— vale también para los demás animales.

La explotación sobre otros animales sólo se puede defender apelando a que nos beneficia. Pero entonces ¿también está bien explotar a otros humanos si eso nos beneficia?

La ética racional se basa en la consideración de los intereses de todos los implicados o afectados por una acción. La ética racional sigue criterios fundamentados en la lógica, en hechos empíricamente demostrables y que sean moralmente relevantes; no en los prejuicios y la irracionalidad. Y es un prejuicio creer que solamente los humanos merecen consideración moral, y ser tratados como personas y no como meros medios para lograr algún fin. Esta discriminación especista es algo que no puede defenderse racionalmente, y por tanto es un creencia irracional.

El problema de fondo reside en creer que el respeto por los demás animales debe estar supeditado a la necesidad que nosotros tengamos de satisfacer nuestros intereses. Pero la ética implica todo lo contrario: vivir nuestra vida dentro del respeto por las vidas de las demás personas. Así es generalmente como actuamos —o como deberíamos actuar— cuando se refiere a seres humanos. Y no existe ninguna razón válida que nos justifique excluir a los demás animales dentro del mismo ámbito de consideración moral.

La supuesta necesidad no es moralmente relevante

No voy a entrar a debatir sobre si la experimentación con otros animales es en verdad necesaria para la ciencia y la medicina. Éste es no el lugar apropiado para ello. Sólo quisiera señalar que hay muchos científicos y médicos que al menos cuestionan seriamente su utilidad. Aun así, se afirma que ese tipo de experimentación es necesaria, pero nunca queda claro por qué motivo. Aunque a menudo se dice que no podemos arriesgarnos a probar la misma sustancia en humanos existiendo la posibilidad de que murieran a causa de ello. Y yo me pregunto si esa reticencia por parte de quienes se dedican a la investigación se debe a una sincera preocupación y respeto por las vidas de los seres humanos o más bien al miedo a ser demandados judicialmente o castigados.

A pesar de todo, nadie razonable sostiene que los investigadores que utilizan a los animales no humanos lo hacen meramente por gusto o por placer. Si lo hacen es porque están convencidos que las vidas de los seres humanos tiene mayor valor que la de los demás animales. Pero esa creencia no es moralmente aceptable. Como tampoco lo es creer que las vidas de los blancos valen más que la de los negros o que la vida de los varones valen más que las de las mujeres. Las vidas de todos aquellos seres dotados de la capacidad de sentir poseen igual valor moral, puesto que todos son individuos que tienen un interés fundamental en conservar su propia vida y en no ser dañados. Ellos no se limitan a vivir sino que valoran su vida, su existencia, por eso tienen un valor intrínseco en sí mismos.

Cuando los defensores del especismo afirman que, a pesar de todo, un investigador que experimenta con animales no humanos se preocupa por el 'bienestar' de estos animales que utiliza; los motivos al respecto aclaran que ese interés es meramente utilitario. Es decir, le interesa fomentar el bienestar de los animales esclavizados pero no porque esté preocupado por el individuo mismo sobre el que está experimentando, sino solamente porque le conviene que le dure más tiempo sin morirse o sin degradarse demasiado su salud. Esto es lo mismo que decir que tenemos un interés por el "bienestar" de nuestro coche, o nuestra casa, porque procuramos que no se estropeen durante el mayor tiempo posible.

Como ya señalé anteriormente, el hecho de que supuestamente necesitáramos usar a otros animales no lo justifica moralmente. Pero ¿en la realidad tenemos tal necesidad? En ciencia y medicina ya existen modelos informáticos e investigación con células madre, que demuestran que prescindir de utilizar a otros animales no supone prescindir del avance científico. Y si viviéramos en un mundo donde se respetara los derechos de los demás animales existiría una mayor presión e inversión para innovar con nuevas técnicas y terapias que no necesiten del uso de animales no humanos.

Lo cierto es que la investigación científica puede funcionar y progresar sin tener que usar a otros animales. Hay evidencias que lo demuestran.

El problema de fondo en realidad no es pues de tipo técnico, sino que tiene una causa moral. Es el prejuicio del especismo el que motiva a que los no-humanos sigan siendo utilizados. Aquí es donde radica la verdadera causa. Al igual que sucede en la alimentación y demás ámbitos.

Aparte de esto, aunque fuera cierto que necesitáramos experimentar con animales no humanos —un dato que sin embargo no lo haría algo moralmente aceptable— lo que sí es de hecho una verdad comprobada es que no necesitamos utilizar animales para alimentarnos, para vestirnos, ni para entretenernos.

Teniendo esto en cuenta, y siguiendo aquel criterio de necesidad, lo coherente sería que no comiéramos animales, ni nos vistiéramos con trozos de sus cuerpos, ni que tampoco asistiéramos a eventos donde se les utilice como entretenimiento.

No es aceptable el criterio de necesidad como moralmente válido, pero incluso quien lo aceptara como tal no tendrá justificación basada en la necesidad para comer animales ni vestirse con trozos de ellos. Y si se dedica a la ciencia, en el ámbito de la experimentación, creo que lo coherente sería centrar todos sus esfuerzos, si es que verdaderamente le preocupan los demás animales, en desarrollar alternativas que eviten la supuesta necesidad de utilizar animales no humanos.

Por cierto, también es habitual alegar que nuestra esperanza de vida ha aumentado considerablemente debido a la experimentación con animales no humanos. Ignorando por completo otros factores relevantes [higiene, transporte, agricultura, nutrición,...] que han influido decisivamente en ese aspecto. Esto demuestra un sesgo parcial en los argumentos en favor de la explotación animal.

Si eventualmente no hubiera opciones a los experimentos en animales no humanos seguiría siendo injustificable experimentar con ellos, pero ocurre que hay opciones que no implican utilizar a animales, y una parte del enorme gasto económico que cuesta anualmente la experimentación en animales se podría utilizar en buscar y desarrollar las opciones que no utilizan a otros animales.

Por tanto, está por demostrar objetivamente que los experimentos con animales no humanos sean algo necesario, ya que no tenemos otro mundo sin experimentación para comparar si habríamos avanzado más o menos sin experimentar en los demás animales.

La ética de Derechos Animales

Es importante resaltar que la ética de Derechos Animales no denuncia la experimentación con animales no humanos —o cualquier otro uso que hagamos de ellos— porque cause sufrimiento a los animales.

La ética de Derechos Animales se opone a que usemos a otros animales para nuestros fines independientemente del propósito y de la manera en que se haga. La razón para ello es exactamente la misma que se puede alegar para el caso de utilizar a otros seres humanos: nunca es justo utilizar a alguien sin su consentimiento para nuestro propio beneficio; más aún cuando esa utilización les causa algún tipo de daño o perjuicio. Como los demás animales no pueden darnos su consentimiento, explícito e informado, para que les utilicemos, entonces no es ético utilizarlos para nuestros propósitos.

Señalo ese importante punto debido a que otro error habitual de los argumentos especistas está el hecho de tomar una parte por el todo. Se basan en lo que algunos determinados activistas o colectivos animalistas hayan dicho sobre el tema de la experimentación con animales no humanos —por ejemplo, denunciar las condiciones en que se realiza la explotación— para luego atribuir sus argumentos en general a todo el movimiento en favor de los derechos de los animales. Eso es una clara falacia, porque la postura de Derechos Animales no se centra en las condiciones de la explotación, ni en la crueldad de las prácticas o la crueldad los explotadores, ni en el hecho de que existan alternativas al uso de animales no humanos.

Conviene no confundir la postura utilitarista con la ética de derechos. Dentro del ámbito animalista hay una gran preponderancia de partidarios del utilitarismo, pero la postura ética de los derechos nada tiene que ver con el utilitarismo.

El argumento central de la ética de Derechos Animales es que los demás animales poseen un valor moral y es por esto que merecen el mismo respeto básico que deseamos para nosotros y no está éticamente justificado discriminarlos por el hecho de no pertenecer a nuestra especie ni tratarlos como simples medios para nuestros fines.

Discriminar a otros individuos por no ser humanos —ignorando que todos igualmente sentimos y tenemos intereses propios— es igual que discriminarlos por no ser blancos o por no ser varones. He ahí el error en el que se basa el especismo y que lo equipara a otros prejuicios como el racismo y el sexismo.

La cuestión es que nosotros nunca querríamos que nos utilizaran en un experimento en contra de nuestra voluntad y a costa de nuestra salud. Los demás animales tienen el mismo interés que nosotros en continuar viviendo y evitar que les hagan daño. Así que discriminarlos del mismo respeto básico que deseamos para nosotros es injusto e inaceptable. Esto es el especismo.

Nuestra coherencia personal

Es importante aclarar un punto que a menudo surge en este debate: no tiene relevancia moral lo que hagamos o dejemos de hacer a nivel personal para demostrar si algo está bien o mal.

Una persona puede razonar perfectamente que, por ejemplo, el asesinato o la violación sexual son actos inmorales, y para ello presentar los hechos y los argumentos apropiados. Si ese alguien luego practica aquello que demuestra que está mal entonces se trataría sin duda un problema de coherencia, pero que no afectaría a la validez de los argumentos expuestos.

Por supuesto no digo que ése sea mi caso o en general de los defensores de los Derechos Animales. Todo lo contrario. Sólo quiero dejar claro que lo haga cada uno en su vida personal es una cuestión aparte de la validez moral de nuestras ideas y razonamientos. Aunque lo que hacemos en nuestra vida personal obviamente tiene relevancia moral y debería estar supeditado a la ética.

Que en algún momento de nuestra vida no tomemos ahora un medicamento que en su momento fuera probado en algún animal no humano no va a cambiar nada; no van a probar en más individuos el medicamento si yo lo consumo ahora y no significa que yo acepte que lo hayan hecho. Han probado en animales no humanos hasta el agua que sale del grifo. Pero seamos justos y dejemos de utilizar a los demás animales de aquí en adelante. Otra cosa sería que el medicamento llevara ingredientes de origen animal, en ese caso sí deberíamos buscar alternativas.

Experimentando con seres humanos, sin su consentimiento, los nazis lograron grandes avances, por ejemplo en el campo de la genética. Sabiendo que el daño que se causó a las víctimas no se puede reparar, ¿deberíamos haber quemado esa información? No. Lo que tenemos que hacer es, a partir de ahora, no permitir nada parecido.

Conclusión

Una cosa queda clara: no tenemos necesidad de usar a otros animales de comida, vestimenta o entretenimiento. Pero sin embargo lo seguimos haciendo. ¿Por qué? Porque en el fondo la supuesta necesidad no es la causa real de que utilicemos a los otros animales.

La verdadera causa de que explotemos a otros animales reside en ese prejuicio especista que nos hace considerarnos «superiores» a los demás animales y con derecho a utilizarlos para satisfacer nuestros fines; en lugar de respetarlos como personas, como individuos que tienen un valor intrínseco por el hecho mismo de que pueden sentir, experimentar sensaciones, tener voluntad propia e intereses.

Esa característica —la sintiencia— es la única que debería importar para respetar a alguien, para respetarlo igual que deseamos nosotros ser respetados; y no el tamaño, el aspecto, ni la especie o la raza de la persona. Si los otros animales son seres conscientes esto implica que debemos considerarlos como tales — que debemos respetarlos como sujetos y no cosificarlos como objetos— y no ser excluidos de nuestra consideración moral por el mero hecho de que no sean humanos.

Prescindir de utilizar a los demás animales como comida, y otros fines, es perfectamente realizable en la práctica. Somos millones de personas en el mundo que vivimos cada día de forma vegana. Es sólo cuestión de informarse y de querer hacerlo. Nada más que esto. No supone ningún tipo de sacrificio ni esfuerzo adicional. 

Ahora, la verdadera cuestión estriba precisamente en salir de esa falsa dicotomía especista del *o ellos o nosotros* que nos han inculcado desde la infancia basada en creer que somos superiores y que tenemos derecho a explotar a otros animales para nuestro beneficio.

Referencias:


*  Gary Francione; «The Use of Nonhuman Animals in Biomedical Research: Necessity and Justification»



3 de marzo de 2013

Un derecho absoluto




«Un derecho es absoluto cuando no puede ser desplazado en ninguna circunstancia de forma tal que nunca puede ser infringido justificadamente y debe ser satisfecho sin ninguna excepción.» ~

En el artículo titulado «Un derecho para todos» el profesor Gary Francione explica las razones por las que un movimiento de Derechos Animales debe enfocarse en defender un solo derecho: el derecho de los animales de no ser propiedad de los humanos. Esto implica que los humanos nunca debemos tratar a los animales como recursos. No debemos criarlos, comerciar con sus vidas ni en general utilizarlos para conseguir nuestros fines.

La filosofía de los Derechos Animales defiende que todos los seres sintientes —ya sean humanos o no humanos— poseen, al menos, un derecho absoluto: el derecho a no ser propiedad. Esto no significa que no puedan tener reconocidos otros derechos. Lo que quiere decir es que no pueden gozar de ningún derecho mientras no dejen de ser considerados objetos y se les reconozca en primer lugar como sujetos de derechos y dejen por tanto de estar sometidos a la esclavitud, es decir, a la condición de propiedad.

Los derechos de los que hablamos aquí no son derechos de tipo contractual; es decir, derechos convencionales nacidos del acuerdo libre y consentido entre individuos responsables. Los derechos a los que nos referimos aquí son derechos morales. Y esta clase de derechos no surgen del acuerdo voluntario sino que pertenecen al ámbito de la ética y se deducen a partir del razonamiento moral.

Los derechos morales son principios objetivos y por lo tanto no dependen de los gustos u opiniones. Además, los derechos morales son inherentes al individuo por el hecho de ser persona en tanto que la persona posee un valor intrínseco que no puede ser vulnerado por fines instrumentales.

La expresión de tener un derecho es una forma abreviada para referirnos a nuestra obligación como agentes morales de respetar determinados intereses de los individuos que no debemos vulnerar para satisfacer algún objetivo o deseo nuestro.

Reconocer a los seres sintientes como personas implica necesariamente que no debemos usarlos como un mero recurso para satisfacer nuestros fines, supeditando así sus intereses básicos a los nuestros. En esto consiste la esencia del estatus de propiedad cuando se aplica a los individuos. Cuando tratamos a individuos como nuestra propiedad estamos ejerciendo la esclavitud.

Es claro que la ética de Derechos Animales puede reconocer varios derechos diferentes a los individuos, y no solamente un único derecho. Sin embargo, no todos esos derechos son absolutos.

El derecho a no ser propiedad sí sería un derecho absoluto, pues debe ser respetado de manera absoluta, es decir, debe ser respetado siempre, para todos los individuos sin distinción y en todas las situaciones. Es un derecho que debe ser respetado y protegido independientemente de las consecuencias.

Hay derechos que son básicos o fundamentales pero no absolutos. El derecho a la vida es un ejemplo de este tipo de derecho; así como el derecho a la integridad física o a la libertad de movimiento.

El derecho a la vida puede ser vulnerado en casos muy específicos y concretos en donde la eutanasia o la auto-defensa esté moralmente justificada.

El derecho a la integridad física puede ser obviado en parte cuando se trata de realizar una operación médica con el fin de salvaguardar la salud del propio individuo.

El derecho a la libertad de movimiento puede ser limitado en el caso de individuos tutelados o de agentes morales que han cometido un delito grave y suponen una evidente amenaza para otros.

En cambio, el derecho a no ser propiedad nunca puede ser violado de manera justificada, bajo ningún propósito ni circunstancia. Es un derecho absoluto que se deriva directamente del estatus de persona. Así señala Gary Francione que:

«En el caso de que el interés de los animales en no sufrir sea moralmente relevante, debemos aplicar el principio de igual consideración y extender a ellos el derecho básico de no ser tratado como una cosa, como nuestra propiedad.»

Una vez que reconocemos que los seres sintientes son personas, y por lo tanto no deben ser tratados nunca como propiedad o meros recursos, entonces podemos reconocer otros derechos que aunque no sean absolutos sí son derechos básicos o fundamentales. Estos derechos son básicos porque fundamentan la posibilidad de poseer y ejercer cualquier otro derecho.

Por ejemplo, el derecho a la vida es reconocido universalmente como un derecho básico o fundamental porque es condición necesaria gozar del derecho a la vida para disfrutar de cualquier otro derecho. Este derecho no se reconoce cuando se considera que podemos violar ese derecho para obtener un beneficio.

No es coherente decir que un movimiento está orientado a la defensa de los derechos animales —como autoproclaman muchos grupos animalistas— y la vez ignorar el derecho fundamental a la vida. Si negamos a los animales su derecho a vivir, convertimos en imposible el cumplir cualquier otro derecho.

Tanto en un sentido filosófico como empírico, todo lo que los animales realmente tienen es su vida. Si se la quitas, no les queda nada. Una vez destruidos, los animales ya no pueden pensar ni sentir ni correr ni jugar ni comer ni dormir ni ronronear ni ladrar ni querer ni ser queridos. Todo se acabó. Por eso, todos los animales deben tener reconocidos unos derechos básicos o fundamentales, comenzando por el derecho a la vida.

Ahora bien, mientras los animales no humanos sigan siendo considerados como propiedad de los seres humanos no podrán gozar de ningún tipo de derecho a nivel legal.

No se trata de una cuestión de amabilidad o compasión. Se trata de justicia básica.

Solamente los seres considerados personas pueden ser sujetos de derechos. Y en nuestra sociedad especista dicha condición de persona solamente se le reconoce a los humanos.

Por esa razón es tan importante concienciar sobre el prejuicio del especismo —que discrimina a los demás animales e impide que puedan tener derechos reconocidos— y por eso considero que Francione acierta al sugerir que debemos enfocar nuestro activismo en abolir el estatus de propiedad de los animales, que es consecuencia directa de la cosificación que nuestra cultura especista ejerce sobre los demás animales.

Este principio abolicionista es el fundamento del veganismo y de ahí la prioritaria importancia de difundir el veganismo mediante el activismo educacional.

En palabras del profesor Francione:

«El sistema legal nunca responderá de modo diferente a cuestiones relacionadas con animales a menos que y hasta que haya un cambio social significativo de manera que haya más gente que acepte la legitimidad de la abolición —el veganismo— en su vida cotidiana. Sólo entonces el sistema legal empezará a ser una herramienta útil para la lucha.»

El primer y necesario paso para lograr que los animales no humanos tengan derechos reconocidos y protegidos es el veganismo.

Bibliografía:

Alan Gewirth, 1982, Are there any absolute rights?

Priscilla Cohn, 1999, Una concepción inherentista de los animales

Gary Francione, 2020, Animales, ¿propiedad o personas?

28 de febrero de 2013

Derechos Legales y Derechos Morales


Un valioso artículo, por su concisión y claridad argumental, escrito por el filósofo y activista Tom Regan, donde se explica básicamente en qué consiste la noción esencial de lo que es un derecho y la diferencia entre las categorías de derecho moral y derecho legal.

*********
Derechos Legales y Derechos Morales 

Tom Regan

Junio 2011

Los filósofos distinguen entre derechos legales y derechos morales. Los derechos legales son libertades o protecciones que tienen los individuos debido a que las leyes se los otorgan. Por ejemplo, los ciudadanos norteamericanos que tienen dieciocho años, o más, tienen el derecho al voto. Es evidente que los derechos legales no aparecen por sí mismos sino que son creados por la ley; mediante dos maneras distintas: debido a los caprichos de un déspota, o debido la voluntad de una asamblea democráticamente elegida. Por tanto, una de las características definitorias de los derechos legales es que son hechos por los seres humanos; y del mismo modo, los humanos pueden también deshacerlos.

Esto nos conduce a otra característica definitoria: los derechos legales varían según el país, y también varían con el tiempo dentro del propio país. Por ejemplo, el derecho que tienen los ciudadanos norteamericanos a la libertad de religión y el derecho a ser juzgados por un jurado no son derechos universales a todas las naciones. Y el derecho al voto que tienen negros y mujeres actualmente en los Estados Unidos es el mismo derecho que les fue sistemáticamente denegado durante gran parte de la historia del país.

Dos de las características definidas de los derechos morales, las otras serán expuestas más adelante, contradicen lo que hemos dicho acerca de los derechos legales. Primero, los seres humanos no creamos los derechos morales, ni tampoco podemos deshacerlos. Segundo, los derechos morales no están limitados a los ciudadanos de una nación particular, o de un momento particular. Los derechos morales [por ejemplo: nuestro derecho a la vida, a la libertad, a la integridad física] son universales e intemporales.

La creencia en los derechos morales ha estado muy presente en las democracias parlamentarias. Los autores de la Declaración de Independencia de Estados Unidos ciertamente creían en ellos. Ellos defendían que la única razón para tener un gobierno en primer lugar es el de proteger los derechos de los ciudadanos. Derechos que al ser independientes, y previos, a los derechos legales, tienen el estatus de derechos morales.

Como defensor de los derechos morales, comparto la postura de los Padres Fundadores. Aquellos jóvenes que fueron enviados a luchar en Vietnam tenían derechos morales, incluyendo el derecho a la vida, a la libertad y a la integridad física. Así como también los tenían los niños vietnamitas que fueron asesinados y heridos durante el conflicto. Y cada individuo tenía esos derechos, tanto si el gobierno norteamericano, o cualquier otro gobierno, los reconoce como si no.

Pero ¿qué significa decir que «ellos tenían derechos»? Supongamos que decimos como respuesta: «Bueno, los derechos que ellos tenían eran derechos morales, los cuales son universales e intemporales.» Esto es verdad, sin duda, pero no nos lleva muy lejos. ¿Qué más podríamos decir sobre los derechos morales que nos ayude a entender lo que son y por qué son importantes?

Hay seis características definitorias adicionales que nos ayudan a elaborar una respuesta:

1. Derechos y Deberes: Dos Caras De Una Misma Moneda

El primer elemento a destacar es la relación entre obligaciones morales, por un lado, y derechos morales, por el otro lado. Algunos de nuestros deberes morales son de tal importancia que llevan aparejados con ellos unos derechos. Los deberes asumidos son una cara de la moneda; los derechos que se tienen son la otra cara de la moneda. Permítanme explicarlo:

Cuando decimos que algo es un deber moral, estamos diciendo que es algo que debemos hacer; algo que no sería correcto que no hiciéramos. Por supuesto, podemos no hacerlo. En tanto seres limitados que somos, hay algunas cosas que debemos hacer pero que no conseguimos hacer. Sin embargo, todo el mundo entiende la idea de lo que es tener un deber —por ejemplo: el deber de decir la verdad; o el deber de mantener la palabra dicha. Cuando queremos saber cuáles son nuestros deberes más importantes, la respuesta en parte es simple. Algunos de nuestros deberes son importantes porque permiten que existan los derechos.

2. Estatus Moral: *No Traspasar*

Otra característica definitoria de los derechos morales se refiere al estatus moral. La posesión de derechos morales confiere un estatus moral distintivo a todos aquellos que los tienen. Poseer estos derechos implica tener una especie de escudo moral; algo que podemos describir como una señal invisible en la que pusiera: "No Traspasar"

¿Qué es lo que esta señal invisible prohíbe? Dos cosas, en general. Primero, otros individuos no están moralmente legitimados para hacernos daño. Esto significa que otros individuos no pueden quitarnos la vida o dañar nuestro cuerpo porque ellos quieran hacerlo. Segundo, otros individuos no está legitimados a interferir en nuestra libre voluntad. Esto significa que otros no están legitimados para limitar nuestra voluntad sólo porque ellos lo quieran así. En ambos casos, la señal de *No Traspasar* proteger nuestros bienes más preciados [nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra libertad] limitando moralmente la conducta de otros individuos.

¿Significa todo esto que siempre está mal quitarle la vida a alguien, dañarle o restringir su libertad? No. Cuando alguien se excede de sus derechos violando los nuestros, estamos legitimados dentro de nuestros derechos a responder de maneras que pueden causar un daño o limitar la libertad de quienes vulneran nuestros derechos. Por ejemplo: supongamos que un ladrón te ataca. En ese caso, actúas dentro de tus derechos si utilizas la fuerza para defenderte a ti mismo, incluso si fuera necesario causar un daño a tu agresor.

Afortunadamente, en el mundo en el que vivimos esos casos son excepciones, no lo habitual. La mayor parte de la gente, durante la mayor parte del tiempo, actúa respetando los derechos de otros seres humanos. Pero incluso, si el mundo fuera diferente al respecto, el punto central seguiría siendo el mismo: lo que estamos moralmente legitimados en hacer cuando alguien viola nuestros derechos no se traduce en una excusa permanente para violar sus derechos.

3. Peso Moral: *Prevalencia*

Cualquier defensor serio de los derechos humanos no sólo cree que los derechos individuales son importantes; sino que, más aún, creemos que nuestros derechos son la consideración moral más importante que podamos imaginar. Utilizando una analogía del juego de carta llamado brigde: los derechos individuales son lo que se denomina un 'triunfo'. Lo cual significa lo siguiente:

El juego de brigdge consta de cuatro jugadores, y cincuenta y dos cartas; y se juega cada ronda con trece cartas de cada tipo: picas, corazones, diamantes, tréboles. Hay trece rondas en cada mano, y siempre gana la carta de mayor valor en cada ronda. Normalmente, la carta ganadora es la de más alto valor de cada tipo. El as de tréboles prevalece sobre cualquier otro tipo de trébol, el as de diamantes prevale sobre cada cualquier otro tipo de diamante, y así sucesivamente. Sin embargo, los jugadores pueden decidir que un tipo concreto es el que prevalece, es el 'triunfo', dentro de una ronda particular. Una vez que lo deciden, las cartas que pertenecen a ese tipo concreto adquieren un valor añadido.

Por ejemplo, supongamos que los corazones son el "triunfo", y que las tres primeras cartas jugadas son la reina de picas, el rey de picas y el as de picas. Ahora tú eres el siguiente en jugar. No tienes picas en tu baraja. Sin embargo, tienes el dos de corazones. Como los corazones son el 'triunfo' en esta ronda, tu dos de corazones prevalece frente a la reina de picas, el rey de picas, e incluso el as de picas. Así es como funciona la prevalencia en el juego del brigde.

La analogía entre el juego de bridge y los derechos individuales en el contexto moral debería resultar razonablemente clarificadora. Existen diversas consideraciones que son relevantes a la hora de tomar una decisión moral. ¿Cómo nos afectara personalmente dependiendo de la decisión que tomemos? ¿Qué podrá pasar con nuestra familia, amigos, compañeros y conciudadanos? No es difícil escribir una larga lista al respecto. Cuando decimos que los derechos deben prevalecer, esto significa que nuestro deber de respetar los derechos individuales es la consideración más importante en el contexto moral. Esto significa que las consecuencias deseables que podamos obtener, para nosotros o nuestros allegados, nunca justifican violar los derechos de otros. Esto significa que el beneficio que otros puedan obtener violando los derechos de alguien nunca puede justificar el hecho de violarlos.

4. Derechos Morales e Igualdad Moral

La siguiente característica de los derechos morales concierne a la igualdad. Los derechos morales son iguales para todos los que los poseen. Por lo cual, nadie puede denegar derechos por motivos arbitrarios, prejuiciosos o moralmente irrelevantes. La raza sería una de estas razones. Determinar cuales individuos tienen derechos en base a su raza representa especialmente una virulenta forma de prejuicio. La raza a la que pertenecemos no nos dice nada acerca de los derechos que tengamos.

Lo mismo vale para otras diferencias entre nosotros. Podemos trazar nuestra línea ancestral hacia diferentes lugares: algunos provienen de Irlanda, otros de Lituania, otros de África. Algunos son cristianos, otros judíos, otros musulmanes. Otros son agnósticos o son ateos. Algunos pocos son muy ricos, y otros muchos son pobres. Y así en general. Nuestras diferencias son muchas y reales. No tiene sentido negarlo.

Sin embargo, nadie que crea en los derechos piensa que estas diferencias establezcan diferencias moralmente relevantes. Si de verdad la idea de los derechos morales significa algo, quiere decir que los individuos que tienen derechos morales los tienen por igual. Y los poseemos en igualdad de condiciones sin importar nuestras muchas diferencias, ya se trate de diferencias, por ejemplo, sobre la raza, el género, la inteligencia, las creencias religiosas, el nivel de vida, el lugar de nacimiento.

5. Reclamar Derechos: Exigencias, No Favores.

La quinta característica sobre los derechos se refiere a lo que significan cuando los reclamamos. Este punto se entiende mejor contrastando la reivindicación de derechos con la caridad o la generosidad. Es decir, a veces pedimos cosas que no merecemos. Si yo quiero un coche deportivo y tú tienes suficiente dinero para comprármelo, puedo decirte: «Oye, ¿no te importaría comprarme un Ferrari?». Una cosa está clara sobre esto y es que yo no tengo legitimidad para exigir que me compres un Ferrari. El hecho de que me compres un coche,  cualquier coche, no es algo que yo merezca, no es algo que me debas. El hecho de que me regalaras un coche sería precisamente eso: un regalo. Tu regalo podría servir para calificarte como alguien extraordinariamente generoso, no como alguien extraordinariamente justo.

Cuando reclamamos nuestros derechos, no estamos apelando a la generosidad de nadie. No estamos diciendo: «Por favor, ¿te importaría darme algo que no merezco?». No estamos pidiendo favores. Al contrario, cuando reclamamos nuestros derechos estamos exigiendo un trato justo, pidiendo aquello que nos pertenece. Por supuesto, no hay garantía de que lo recibamos. Los ciudadanos tiene derecho a exigir seguridad cuando van paseando por un parque, pero, desgraciadamente, es un derecho que los asaltantes vulneran. En todo caso, entendemos que no estamos pidiendo algo que no merecemos cuando queremos dar un paseo sin que nadie nos asalte.

6. Violación De Derechos y el Deber de Ayudar

A veces ocurre que las víctimas cuyos derechos son violados no comprenden la injusticia que se comete contra ellas. Lo que les sucede a los niños, así como a quienes padecen alguna grave discapacidad mental, sin importar su edad, son ejemplos evidentes de cómo eso puede ocurrir. Debido a su vulnerabilidad, estos individuos son víctimas fáciles para quienes buscan algún beneficio, ya sea personal o colectivo. Cuando son utilizados como medios para tales fines, no solamente los derechos de esas víctimas son violados; sino que también todos aquellos que pueden comprender la injusticia que se ha cometido, tienen el deber de intervenir en favor de la víctima, actuando y alegando en su defensa. De hecho, este deber es en sí mismo una demanda de justicia, no una apelación a la generosidad. Estas víctimas merecen que las auxiliemos. Ayudarles es algo que merecen, no simplemente algo que sería 'bonito' por nuestra parte. Consecuentemente, cuanto menos capaces sean de defender por sí mismos sus derechos, mayor es nuestro deber de hacerlo por ellos.

Todos entendemos que hay un límite a lo que podemos hacer para ayudar a las víctimas de la injusticia. No podemos hacer todo por cada víctima. Sin embargo, nuestro límite no es cero. Que no podamos hacerlo todo no significa que debamos contentarnos con hacer nada.
----------------------------------------------------
Traducido del texto original: "Legal Rights And Moral Rights" 
-----------------------------------------------------

5 de febrero de 2013

El principio de identidad


El filósofo Franz Brentano categorizó el universo en dos tipos de entes: los que poseen intencionalidad y los que no. Los primeros tienen iniciativa, poseen fines y deseos; los segundos sólo obedecen a las leyes físicas. Los primeros son sujetos [son seres conscientes; son alguien] y los segundos son objetos, cosas.

Aunque la reciente Declaración de Cambridge confirma específicamente la existencia de conciencia [en particular la existencia de conciencia sensitiva] en los mamíferos y las aves, no niega que la conciencia también se produzca en los demás animales, y las evidencias actuales cada vez apuntan de manera más clara a corroborar la tesis —avalada por Gary Francione y por Joan Dunayer— de que todos los seres que tienen un sistema nervioso activo —ya fueran moluscos, peces, reptiles o insectos— pueden experimentar sensaciones y poseen, al menos, una conciencia básica de sí mismos y de lo que les ocurre. Denominamos conciencia a la capacidad de generar experiencias subjetivas: sensaciones, emociones, sentimientos, deseos, pensamientos.

Puede ser importante advertir que la presencia del utilitarismo ha distorsionado el conocimiento correcto dentro del ámbito animalista —y en general sobre toda la sociedad— acerca del fenómeno de la sintiencia, acerca de lo que realmente significa sentir, y sus implicaciones morales. Al utilitarismo sólo le importa el dolor y a veces el placer. Al utilitarismo le resulta irrelevante la individualidad y la voluntad propia de cada sujeto sintiente. Por esto comprobaremos que sentir se confunde a menudo con el de solo hecho sentir dolor o sentir placer —también veremos que se dice 'sufrir y disfrutar'. Este punto, además de no corresponder con la realidad de los hechos, abre una brecha moral insalvable entre el utilitarismo y la ética de derechos individuales.

Es un error considerar la sintiencia como solamente la capacidad para experimentar sensaciones [dolor, placer,...] olvidando o ignorando que la sintiencia se define por la aparición de la subjetividad (toda sensación hace referencia necesariamente a un sujeto). La subjetividad es el fundamento de la individualidad. Todo ser sintiente tiene conciencia de sí mismo como un ser único y diferenciado del resto de seres —individuos o cosas— que lo rodean. Este rasgo, de acuerdo con las evidencias que  se pueden encontrar en el trabajo de los científicos Donald Griffin y Rodolfo Llinás es común a todos los organismos que poseen un sistema nervioso.

Esta individualidad se define por la afirmación de la autonomía e independencia del individuo. Es decir, el individuo tiene su propia voluntad y sus propios intereses. Aunque esos intereses a nivel básico pueden ser comunes al resto de seres sintientes. Todo ser sintiente por el hecho de ser un individuo desea su propia conservación y desarrollo. La sintiencia es una facultad surgida evolutivamente en los animales para lograr la supervivencia. Los animales sintientes deseamos, entre otras cosas, perseverar en nuestra existencia y satisfacer nuestras necesidades. Así lo describe el catedrático Nolasc Acarín:

«Al igual que el resto de animales tenemos dos objetivos básicos en la vida, de forma que los impulsos que nos gobiernan tienden a conseguirlos. Son la perpetuación y la satisfacción del ansia de placer. Son los dos grandes estímulos que nos hacen vivir. (...) podría ser equivalente a lo que algunas escuelas psicológicas caracterizan como instinto de vida.»

Placer y dolor sólo son medios, instrumentos, para conseguir nuestros fines. Cuando nos encontramos abocados a una situación de grave peligro y amenaza para nuestra vida, emplearemos todo nuestro empeño y energía en resolver o salir de dicha situación, por mucho sufrimiento y dolor que nos conlleve. Deseamos vivir, conservar nuestra existencia individual, y deseamos protegernos tanto del daño como de las intromisiones que pretenden someternos. Queremos que nuestra voluntad —el otro rasgo fundamental de la sintiencia— no se vea anulada o sometida a la voluntad de otros.

Esta característica básica de la sintiencia que es la subjetividad, la consciencia de uno mismo, y lo que conlleva —el deseo de autonomía y de supervivencia— no es menos importante que la capacidad de experimentar sensaciones [dolor, placer, imágenes, sonidos] y además, ambos fenómenos están intrínsecamente relacionados.

Por supuesto, el verdadero problema moral de esta cuestión consiste en que reconocer la sintiencia en los demás animales no deriva automáticamente en respetar a los demás animales. De hecho, este dato en realidad no se trata de ninguna novedad. Desde hace miles de años podemos encontrar testimonios acerca de como los humanos reconocían y asumían que otros animales también sentían —o que también razonaban. La ciencia actual no ha hecho más que confirmar con evidencias algo que en realidad ya se intuía desde hace milenios. En palabras del neurofisiólogo Antonio Damasio:

«La conciencia no es algo únicamente humano, sino un proceso gradual que se ha desarrollado a lo largo de la evolución en muchas especies.»

Y sin embargo reconocer que otros animales sienten no ha sido óbice para que los humanos les exploten. Porque para convertir este dato en un hecho moral necesitamos aplicar correctamente la lógica. Empezando por una aplicación inconsciente o emocional como es la empatía —lo que yo siento también lo sienten otros: A=A] hasta llegar al principio ético de igualdad [la igual consideración]  y el respeto por la persona.

En su prestigioso diccionario de filosofía, el académico José Ferrater Mora explica como el principio de identidad se refiere tanto a la existencia en sí misma [el ser] como a la lógica y también la psicología. Tienes al menos tres aspectos de aplicación. Precisamente lo que yo defiendo aquí es que el principio lógico de identidad no sólo está necesariamente unido con el principio ontológico de identidad sino que también correspondería con el principio psicológico de identidad, es decir, la conciencia entendida como conciencia sensitiva. "La identidad de la persona es formalmente identidad de conciencia" afirma el filósofo David Sánchez Meca. 

En resumen, y sin menoscabo de nada de lo expuesto anteriormente, la tesis que presento aquí, y que pretende sustentar una fundamentación objetiva de la ética y solucionar el problema filosófico del "ser y el deber ser", se podría resumir sustancialmente en tres pasos:

* Cada ser sintiente, por el hecho de ser sintiente, posee necesariamente, al menos, una conciencia básica, una conciencia sensitiva. Esta conciencia significa que se reconoce a sí mismo, que experimenta sensaciones, y que tiene una serie de intereses básicos como el interés en auto-conservarse, en evitar aquello que atente contra su integridad física. Es decir, todo ser sintiente posee identidad [A=A]. Se reconoce a sí mismo diferenciado del resto de seres que le rodean. Cuando siente, experimenta una sensación, es él mismo, y no otro, quien siente. Las sensaciones no se producen en un vacío impersonal, sino que requieren por definición la aparición de un sujeto, una identidad, a la que se refieren.

* El principio lógico de identidad expresa que cada ente es él mismo [A=A] y no otro distinto. Esto se corresponde en el ámbito empírico con lo que entendemos por sintiencia o conciencia sensitiva. No se corresponde meramente con la existencia ni con la vida como proceso biológico. Ya que ni la existencia ni la vida implican de por sí el tener conciencia de sí mismas. La existencia es el fenómeno primordial [el ser] y la vida no es en esencia más que un mecanismo natural —como la digestión. Tanto la existencia en sí misma y como vida se expresan simplemente como 'A'. Solamente aquella existencia que se reconoce a sí misma como existente, se puede expresar como A=A, es decir, como identidad.

*Por lo tanto, si el respeto por la lógica, inherente a nuestra naturaleza y razonamiento, significa inevitablemente respetar el principio lógico de identidad, de ello se deriva también el respeto por el principio psicológico de identidad (que serían lo mismo en ámbitos diferentes), esto es, la sintiencia o conciencia sensitiva. Nuestra obligación racional de respetar la lógica implica el respeto moral por la persona. Esto fundamenta objetivamente la ética y desecha cualquier otro tipo de fundamentación distinta, que por necesidad sería arbitraria.

En realidad, no hay nada especialmente novedoso en esta argumentación, excepto, quizás, el hecho de conectar el principio lógico de identidad con el principio psicológico de identidad —la mente o conciencia de cada individuo. Otras propuestas filosóficas han apelado al principio de identidad y al respeto por la persona, pero no tengo constancia de que ninguna haya conectado ambos principios en el sentido mencionado.

No obstante, esta conexión me parece singularmente importante pues fundamenta de manera racional e inapelable la objetividad de la ética, al mismo tiempo que excluye, por un lado, la irracional pretensión de que toda fundamentación es siempre necesariamente arbitraria, y, por otro lado, refuta prejuicios morales como el especismo o el utilitarismo antes señalado. Ya no se trata de que el respeto por la persona —al que muchos llegamos en principio a través de la empatía y de la intuición— sea una propuesta más entre otras, sino que es la única postura racional que podemos mantener en la ética. 

Algunos esfuerzos modernos a favor de la objetividad en la ética, como es el reciente caso de Derek Parfitt, no han satisfecho realmente a nadie, puesto que Parfitt no soluciona el problema esencial de cómo encontrar un fundamento universal a las cuestiones morales, y simplemente se dedica a razonar sobre la coherencia interna, o la posibilidad práctica, de cada teoría moral.

Por supuesto, aunque bien soluciona algunos problemas esenciales, este planteamiento que he expuesto no está exento de complejidades en su aplicación, las cuales tengo intención de solucionar en sucesivas notas. En todo caso, lo importante es que nadie que razone, que acepte la lógica y la racionalidad, puede proponer otra postura sin que ella resulte evidentemente arbitraria y sin fundamento objetivo. Si aspiramos a que sea la razón, y no la violencia, quien gobierne nuestras vidas, de acuerdo a la lógica, sólo puede ser satisfactorio este principio de argumentación.

Solamente si por capricho o por beneficio pretendemos que la ética siga siendo una especie de bufé en donde cualquier teoría cabe, y cada uno se sirve a su gusto, nos resultará hostil la idea de que no podremos por más tiempo tolerar el hecho de que existan varias teorías morales distintas y contrapuestas. Este relativismo no puede ser racionalmente aceptable, así como no lo es en la ciencia.

Ya es hora de que la ética, y la filosofía en general, partan de la evidencia y se basen sólo en la evidencia, y en la lógica; no más en prejuicios, gustos o fantasías que nos han conducido al desastre moral; a causar víctimas inocentes que podrían haberse evitado. Claro que si no queremos aceptar que el respeto por la lógica y, por tanto el respeto por la persona, es el centro de la ética entonces obviamente no veremos aquello como un problema.