En respuesta al argumento de que explotar animales es una elección personal, aunque ya hay un artículo del activista Robert Grillo que explica la naturaleza moral de esta objeción, en este ensayo vamos a añadir algunas aclaraciones específicas al respecto que no estarían reflejadas en aquel texto.
Primero; el asunto en sí mismo no suele aparecer bien expresado. Lo que consideramos personal puede ser todo lo referido a la persona. Decir «personal» no es un adjetivo muy esclarecedor. En su lugar, sería más correcto decir privado. Esto es, aquel aspecto que concierne exclusivamente al ámbito íntimo de la voluntad del individuo y que no tiene por qué estar sometido a criterios objetivos o imparciales.
Por ejemplo, elegir el color de las paredes de mi casa es una elección privada porque es algo que no tiene por qué depender de nada más aparte de mi propia voluntad individual. Se nos pueden ocurrir muchos ejemplos, pero lo importante es tener claro es que sólo es privado el ámbito que afecta exclusivamente a uno mismo.
Segundo; la costumbre de consumir animales, y de explotarlos en general, no es un asunto privado porque no es fruto de una decisión individual independiente sino que se trata de un hábito heredado como consecuencia de haber vivido en una determinada cultura: una cultura antropocentrista que considera que los demás animales son seres inferiores que existen para satisfacer las necesidades y deseos humanos.
Segundo; la costumbre de consumir animales, y de explotarlos en general, no es un asunto privado porque no es fruto de una decisión individual independiente sino que se trata de un hábito heredado como consecuencia de haber vivido en una determinada cultura: una cultura antropocentrista que considera que los demás animales son seres inferiores que existen para satisfacer las necesidades y deseos humanos.
Así, el hábito de consumir animales no es una práctica que hayamos elegido libremente desde un principio sino que nos ha sido inculcada desde la infancia. Sin embargo, sucede después que nuestra mente lo asume de forma inconsciente como si nosotros hubiéramos elegido voluntariamente esta conducta en algún momento de nuestra vida.
Tercero; alegar que no debemos entrar en esta cuestión porque es privada resulta ser una contradicción en los términos porque quienes consumen a otros animales están invadiendo y destruyendo el ámbito privado de esos animales al decidir utilizarlos. Si explotamos a otros animales esto implica violar su libertad y su vida para satisfacer nuestros deseos.
Tercero; alegar que no debemos entrar en esta cuestión porque es privada resulta ser una contradicción en los términos porque quienes consumen a otros animales están invadiendo y destruyendo el ámbito privado de esos animales al decidir utilizarlos. Si explotamos a otros animales esto implica violar su libertad y su vida para satisfacer nuestros deseos.
Si nosotros no queremos que nadie invada nuestro espacio privado, nuestro cuerpo y nuestra voluntad, sin nuestro consentimiento expreso, entonces, por lógica, ¿no deberíamos actuar bajo ese mismo criterio respecto de los otros individuos que tienen el mismo interés básicos en ser respetados? Al referirnos a otros individuos esto incluye necesariamente también a los otros animales, que no son humanos pero que sí son seres conscientes —individuos con su propio cuerpo y su propia voluntad.
Cuarto; la excusa de que no debemos cuestionar la moralidad de la explotación animal porque es una actividad que corresponde al ámbito privado no siempre la encontramos aplicada a la cuestión de la explotación animal. El mismo argumento se ha usado en el contexto humano para intentar reprimir la crítica contra aquellas prácticas que atentaban contra los derechos de humanos en situación vulnerable; tal es el caso de la violencia machista contra las mujeres, según explican Esperanza Bosch Fiol y Victoria Ferrer Pérez:
Cuarto; la excusa de que no debemos cuestionar la moralidad de la explotación animal porque es una actividad que corresponde al ámbito privado no siempre la encontramos aplicada a la cuestión de la explotación animal. El mismo argumento se ha usado en el contexto humano para intentar reprimir la crítica contra aquellas prácticas que atentaban contra los derechos de humanos en situación vulnerable; tal es el caso de la violencia machista contra las mujeres, según explican Esperanza Bosch Fiol y Victoria Ferrer Pérez:
«En cuanto a la violencia doméstica, su consideración como fenómeno privado ha propiciado que durante siglos se considerara, primero un derecho del marido y algo normal, y, posteriormente algo que 'desgraciadamente' sucedía en algunos hogares pero que formaba parte de la vida privada de las parejas y en lo que por tanto no había que intervenir.» Esperanza Bosch Fiol y Victoria A. Ferrer Pérez; «La violencia de género: De cuestión privada a problema social»
En el momento en que nuestras decisiones afectan a otros individuos entonces ya no estamos en el terreno de lo privado sino en el ámbito de la moral. Que yo prefiera pintar las paredes de mi casa en color azul no atenta contra los intereses de otros individuos. Ahora bien, si decido que quiero decorarlas con pieles de animales entonces estoy atentando contra los intereses de los animales que quiero usar para mi beneficio.
Muchos están de acuerdo en que nuestras elecciones personales deben ajustarse a la ética básica... excepto cuando se trata de los otros animales. Esta excepción es una consecuencia más del prejuicio que denominamos especismo.




