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30 de agosto de 2016

«Las Diferencias Entre Singer, Regan, y Francione»

Peter Singer, Tom Regan, y Gary Francione son probablemente los autores filosóficos animalistas más conocidos y difundidos, tanto a nivel informal como a nivel académico, debido a la singularidad y la calidad de sus trabajos acerca de la cuestión de nuestra relación moral con los demás animales.

Sin embargo, una lectura atenta de sus textos apreciará enseguida que existen diferencias notables entre sus ideas. Aunque si bien todos comparten la intención de incluir a los animales no humanos dentro del ámbito de consideración moral, el contenido de sus teorías difiere considerablemente sobre la forma y el contenido de dicha consideración. 

En este artículo, el profesor Gary Steiner expone un conciso análisis comparativo para ayudarnos a comprender mejor esas diferencias y podamos evaluar la teoría de cada autor con precisión. El texto es en realidad un extracto de una entrevista y he decidido traducirlo, con el beneplácito de su autor, por su claridad expositiva.

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Las diferencias entre Singer, Regan y Francione

por Gary Steiner


"Se dice que hay tres autores principales en la moderna ética animal: Singer, Regan y Francione. ¿Podría explicar las diferencias entre ellos tres?"

Singer es un pensador utilitarista, para quien la moralidad es una cuestión de lograr la posible mayor utilidad, placer, o felicidad para el mayor número de seres moralmente significativos. Jeremy Bentham, el predecesor dieciochesco de Singer, respondió a la pregunta de cuáles seres son moralmente significativos al observar que la clave del estatus moral no está en si un ser puede pensar o si puede usar un lenguaje sino en si ese ser es capaz de sufrimiento. Al plantear esto, Bentham cuestionó la creencia tradicional de que sólo los seres humanos son moralmente significativos. En tanto que los animales son sintientes —ellos pueden experimentar placer y dolor—, los intereses de esos animales deben ser tenidos en cuenta en nuestras consideraciones sobre cuáles posibles acciones serían moralmente obligatorias. Este enfoque sobre las cuestiones morales aparentemente parece conllevar la premisa de extender la igual consideración a los intereses de los animales. Pero Bentham se aparta de ello al sugerir que la muerte es un daño menos importante para los animales que para los seres humanos, y que por tanto es moralmente permisible para los humanos que maten y coman animales. De hecho, Bentham va más allá al señalar que es mejor para los animales que sean matados por los humanos que morir por muerte natural —la cual incluye posiblemente la perspectiva de ser matado por depredación.

Singer no rechaza ninguna de las premisas de Bentham sino que las afina. Según dice Singer, al igual que Bentham antes de él, los animales no humanos no pueden pensar sobre el futuro distante y, por tanto, ellos no pierden esencialmente nada al morir. Los animales tienen un interés en no sufrir, pero no tienen un interés en continuar existiendo. De este modo, aunque Singer considera que determinadas prácticas como la ganadería industrial son deplorables, él cree que no existe un impedimento moral absoluto de no comer animales. En Liberación Animal, él afirma que puede respetar a la gente que sólo come animales que hayan sido criados y matados indoloramente. Así, Singer establece una distinción básica entre seres humanos y animales no humanos: los primeros son individuos, mientras que los segundos —al menos aquellos que carecen de capacidades como la autoconciencia— pueden ser tratados como recursos reemplazables. Los seres humanos son capaces de experimentar un mayor sufrimiento —y presuntamente una mayor felicidad— que los animales, ya que los seres humanos pueden conceptualizar y reflexionar sobre los placeres, los dolores, los planes de futuro y otros eventos que los animales no pueden. Por lo tanto, aunque el punto de partida utilitarista reconoce que los intereses de los animales deben ser tenidos en cuenta junto con los intereses humanos dentro del cálculo moral, el utilitarismo de Singer esboza una jerarquía de seres moralmente significativos en la que los intereses de los seres humanos tienen un lugar privilegiado frente a los intereses de los animales.

Tom Regan adopta un enfoque absolutista o deontológico, según el cual todos los seres que poseen determinadas habilidades y características cognitivas deben ser reconocidos como seres que poseen un valor moral inherente. Regan toma ejemplo de Immanuel Kant, quien argumenta que el valor moral inherente es un valor que es absoluto e inviolable y que no tiene nada que ver con la capacidad de sentir placer o dolor. Determinados seres, sólo en virtud de su naturaleza esencial, merecen un respeto moral absoluto y nunca deben ser tratados como simples medios. Para Kant, sólo los seres racionales en su totalidad poseen valor inherente y merecen respeto moral absoluto; y sólo estos seres que pueden reflexionar sobre las normas morales y la idea del valor inherente son seres que poseen dicho valor inherente. Así, para Kant los animales no humanos no poseen valor moral inherente sino que son meras "cosas" con valor instrumental, mientras que los seres racionales son "personas" con pleno y directo estatus moral. Para Kant, él unico valor moral que poseen los animales es indirecto: debemos evitar maltratar a los animales no porque posean un valor moral en sí mismos, sino debido a que maltratar a los animales favorece que nos inclinemos a maltratar a los seres humanos.

Regan prosigue en términos general el enfoque absolutista o deontológico de Kant sobre la ética, además de la crítica de Kant al pensamiento utilitarista. Pero Regan pretende revisar el enfoque de Kant cambiando la suposición de que sólo los seres racionales poseen valor moral inherente. El error de Kant, según Regan, está en suponer que uno debe ser un agente racional para tener un estatus moral pleno y directo. Regan argumenta que el ámbito de consideración moral directa incluye correctamente a los pacientes morales y a los agentes morales: el estatus moral no depende de la habilidad para comprender reglas morales abstractas, y la idea del valor inherente, sino de la capacidad de ser un "sujeto-de-una-vida". Un ser es un sujeto-de-una-vida si tiene deseos, creencias, un sentido de futuro, una vida emocional, la capacidad de tener propósitos, y "una identidad psicofísica a lo largo del tiempo". En otras palabras, cualquier ser para quien su propia vida tiene un sentido, aunque no tenga sentido para los agentes racionales-lingüísticos humanos, es un sujeto-de-una-vida y posee valor moral inherente.

El enfoque de Regan aparentemente mantiene el compromiso de reconocer que el estatus moral de los animales es igual al de los seres humanos. Él argumenta que si los animales y los humanos poseen un valor moral inherente entonces no hay fundamento para atribuir un moral diferente a los seres humanos [agentes morales] y los animales [pacientes morales]. Pero en última instancia, Regan establece el mismo tipo de jerarquía moral que postulaba Bentham y Singer. Él señala que el estatus moral depende de las oportunidades de una futura satisfacción que posea un ser. El igual valor moral confiere solamente un derecho prima facie de no ser dañado. Este derecho puede ser obviado en determinados casos como el del escenario de la balsa que propone Regan, en el cual varios humanos y un perro están en una balsa salvavidas y un individuo debe ser echado por la borda para que los demás se puedan salvar. Dado que, según Regan, los humanos tienen mayores oportunidades de satisfacciones futuras que el perro, entonces es el perro quien debe ser incuestionablemente sacrificado. Más aun, el número de perros no tiene relevancia en el cálculo final; porque sería apropiado, según Regan, sacrificar a milllones de perros para salvar una sola vida humana en dichas circunstancias. Al igual que Singer, Regan considera que actividades como la ganadería industrial son deplorables por el sufrimiento gratuito que inflige a los animales; y aunque su enfoque parece ofrecer un mayor potencial que el utilitarismo para considerar los intereses de los animales igualitariamente junto con los intereses humanos, Regan al final recae en la tradicional jerarquía moral que privilegia a los seres humanos sobre los demás animales, al menos en los casos en los que parece haber un conflicto entre los intereses de ambos.

Gary Francione toma elementos tanto de Singer como de Regan y argumenta desde una perspectiva deontologista o absolutista que prescinde de las jerarquías morales. Al igual que Singer, Francione señala que la sintiencia —la capacidad de tener experiencias subjetivas como el placer y el dolor— es el único criterio relevante para el estatus moral. Al igual que Regan, Francione señala que el valor moral es inherente, lo que quiere decir que es compartido igualitariamente por todos los seres que posean aquella capacidad. Si un ser es sintiente entonces posee un valor moral inherente absoluto al igual que el resto de seres sintientes; pero si un ser carece de sintiencia entonces carece de valor moral. Ahora bien, a diferencia de Regan y Singer, Francione argumenta que el nivel de sofisticación cognitiva es completamente irrelevante en lo que se refiere al estatus de consideración moral. A diferencia de Regan, quien argumenta que ser un sujeto-de-una-vida es un requisito suficiente pero no necesario para tener estatus moral [por ejemplo: habría seres sin conciencia que tendrían estatus moral por otros motivos, como las montañas y los ecosistemas], Francione explica que la sintiencia es necesaria y suficiente para poseer un estatus moral directo; Francione considera que los seres sintientes pueden ser dañados en formas que los seres no-sintientes no pueden, y entiende que no puede haber un criterio que no sea arbitrario al privilegiar los intereses de un ser sintiente [por ejemplo, decir que uno es cognitivamente más sofisticado] sobre los intereses de otro.

Francione argumenta que todo ser sintiente merece igual consideración respecto de sus intereses en consonancia con la consideración de los intereses de los otros seres sintientes. Así, los intereses de un perro deben ser considerados igualmente a los de un ser humano. Esto no no quiere decir que el perro deba ser tratado exactamente en el modo en que tratamos a los seres humanos. Por ejemplo, la igual consideración de los intereses de un perro no equivale a que el perro tenga derecho a votar o a conducir. Pero sí significa que debemos considerar el interés del perro en no sufrir de forma igual al interés del ser humano en no sufrir. Más aún, debemos reconocer algo que ni Singer ni Regan parecen haber advertido: esto es, además del interés en no sufrir, todo ser sintiente tiene un interés en continuar existiendo. La muerte es un daño para un animal tanto como lo es para un ser humano; así que no hay base para argumentar que la vida de un ser humano posee un valor moral mayor que el de la vida de un no-humano sintiente.

Francione analiza el escenario de una emergencia para sacar las conclusiones de su posición. Si nos encontramos con una casa ardiendo en la que podemos salvar o a un ser humano [por ejemplo: un niño] o un perro, Francione señala que no hay un principio según el cual el humano debe ser salvado en lugar del perro. Podemos salvar al humano en lugar del perro, pero esto sucedería porque nos indentificamos más con el humano que con el perro, no porque el humano tenga más derecho que el perro de ser salvado. Más aún, Francione explica que la gran mayoría de situaciones de conflicto entre los intereses humanos y los intereses animales no pertenecen a la categoría de "emergencia", pero tratamos todos los casos de conflicto como si fueran situaciones de emergencia, y así racionalizamos que los animales estén obligados a satisfacer los deseos humanos.

Francione argumenta que la única manera de asegurar la igual consideración de los intereses animales, y evitar la tradicional jerarquía moral que privilegia a los humanos sobre los animales, es abolir el estatus legal de los animales como propiedad. Los intereses animales nunca serán considerados en igualdad con los intereses humanos mientras los animales sean categorizados legalmente como propiedad; una clasificación que tiene sus orígenes en el cristianismo y la filosofía de Locke acerca de la dominación humana sobre los animales. La abolición del estatus de propiedad de los animales va más allá de la obligación de eliminar actividades como la ganadería industrial. Esto conlleva la completa eliminación de todos los usos de animales como instrumentos para satisfacer los deseos humanos: la matanza de animales para consumo humano, la cría de animales para ser usados como vestimenta y otros productos, y todos los usos de animales para experimentación y entretenimiento.

El abolicionismo de Francione conlleva la total eliminación de toda forma de domesticación, incluyendo el uso de animales como mascotas, por la razón de que todas estas prácticas esencialmente tratan a los animales como objetos para el dominio humano. Al exigir la total eliminación de tales prácticas, la posición abolicionista de Francione se opone directamente al bienestarismo, que defiende que determinados usos de animales son permisibles siempre que tratemos bien a los animales al hacerlo. Los bienestaristas intentan justificar determinadas prácticas como la experimentación y la matanza de animales para consumo humano alegando que estas prácticas pueden realizarse humanitariamente. Francione explica que tales prácticas nunca pueden ser humanitarias y son fundamentalmente incompatibles con la igual consideración de los intereses animales al mismo nivel que los intereses humanos.


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16 de noviembre de 2015

Come Con Conciencia


«Todos opinamos que nos importan los animales y consideramos que tienen algún valor moral. Todos estamos de acuerdo en que está mal infligir sufrimiento y dar muerte innecesaria a los animales, y sin importar cualquier desacuerdo que pudiéramos tener con respecto a cuándo el uso de animales es necesario– todos estamos de acuerdo en que el placer humano, el entretenimiento, o la conveniencia no pueden justificar el sufrimiento y la muerte de animales.» ─ Anna Charlton & Gary Francione


En el libro «Come Con Conciencia» todas las principales cuestiones relacionadas con la aplicación del veganismo en el ámbito de la alimentación son respondidas en pareja por Anna CharltonGary Francione. Es un texto dirigido a un público general, por lo que resulta muy adecuado para recomendar o regalar a las personas de nuestro entorno para que conozcan mejor la postura vegana.

El texto responde de forma ordenada y didáctica a todas las principales cuestiones planteadas acerca de lo que supone rechazar el uso de animales para alimento; abarcando diferentes puntos de vista: ético, nutricional, medioambiental. Es quizás el texto más completo que podamos encontrar sobre este tema específico.

El objetivo del libro es demostrar argumentativamente que el rechazo a la utilización de animales es la única conclusión racional a la que podemos llegar si aceptamos que los demás animales no son cosas y tienen un valor moral, y que además ese rechazo no supone en ningún caso perjudicar nuestra salud y calidad de vida sino que incluso supone mejorarla. Asimismo, dejar de consumir animales no significa dejar de disfrutar del placer de la comida. La cocina vegana es rica y variada en sabores.

Si estamos de acuerdo en que no es correcta hacer daño a los animales innecesariamente entonces, por coherencia, debemos rechazar su utilización para servir de comida si no queremos caer en una flagrante contradicción entre nuestra forma de pensar y nuestra forma de vivir. El mismo razonamiento se podría aplicar el resto de fines [vestimenta, ocio,...] por los que son explotados los animales.

En definitiva, se trata de una herramienta muy útil tanto para quienes se inician en el veganismo, o tienen interés en conocerlo, como para aquellos veganos que desean tener recopiladas en un solo documento todas los principales objeciones que se suelen plantear acerca de este tema.

!Ah! y si después de terminarlo os quedan más ganas de lectura, no deberiáis perderos la estupenda recopilación realizada en el blog Lluvia Con Truenos, de libros relacionados con la filosofía del veganismo y su práctica.

31 de diciembre de 2012

Derechos Animales y el Futuro




En este artículo publicado en el año 1996, el abogado y activista Gary Francione argumentaba sobre la necesidad de un nuevo enfoque en el moderno movimiento por los derechos animales, surgido en la década de los 70. Un enfoque basado en la responsabilidad individual de cada uno de nosotros; en la decisiva importancia del activismo educacional; y en una verdadera coherencia con los principios éticos en los que se basan los ideales y aspiraciones que decimos defender.

Asimismo, también alertaba sobre el peligro en ciernes de que el movimiento fuera anulado desde dentro para convertirse en un negocio de las grandes corporaciones animalistas para su propio beneficio. A día de hoy, estimo que sus predicciones no podrían haber estado, por desgracia, más acertadas. Exceptuando algunos colectivos de base, en general el animalismo es una actividad económica más, asentada dentro de la propia explotación animal, y los grupos animalistas son empresas que venden compasión y soluciones negociadas con los explotadores, a cambio de socios y dinero. Y no tienen ninguna intención de erradicar el prejuicio especista y la cultura de la violencia que radica en el seno de nuestra sociedad.

Aparte de esto, Francione también reflexiona sobre otros asuntos no menos importantes. Y aunque la propuesta que presenta ya no es nueva en el tiempo cronológico, los puntos que reivindica siguen estando pendientes y conservan la misma validez y vigencia. Por eso, lo comparto aquí, con la esperanza de que cada vez más activista tomen conciencia de que no podemos solucionar el grave problema de la explotación animal si no no adoptamos antes el enfoque correcto y no solucionamos primero nuestros propios problemas internos. 

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DERECHOS ANIMALES Y EL FUTURO

Gary Francione 

1996

«Hay más personas que antes que piden que nos identifiquemos con el “movimiento pro derechos de los animales". Más y más gente está dejando la carne y productos animales; más y más rechazan el uso de animales en experimentos biomédicos; más y más ahora aceptan que cualesquiera que sean los beneficios educacionales que brinden los zoológicos, éstos no pueden justificar lo que los zoológicos realmente son: prisiones animales.

Recientes investigaciones demuestran que la mayoría de la población muestra apoyo a la posición de los derechos de los animales, y la mayoría se horrorizan cuando se enteran de los detalles exactos de cómo es llevada la carne a sus platos. Pero al mismo tiempo ahora hay más animales que nunca usados en maneras más horrorosas que antes.

Sólo en los EEUU, más de 8.000 millones de animales son utilizados como alimento al año. Esos animales son transformados en carne mediante un proceso conocido como ganadería intensiva, la cual se caracteriza por utilizar prácticas que no pueden ser descritas de otra manera más que barbáricas. Los cerdos pasan sus vidas en establos, incapaces de darse la vuelta o escapar a la lactancia de las continuas camadas que son obligadas a tener; los terneros viven confinados en pequeñas jaulas en la obscuridad, sin ventanas; las gallinas ponedoras son puestas cuatro por jaula, la cual mide 12 pulgadas cuadradas; los pollos destinados a servir como comida son almacenados de tal manera que el canibalismo y las enfermedades matan a muchas de estas aves.

Los animales continúan siendo utilizados en estrafalarios y a menudo horrorosos experimentos en los cuales son hacinados, disparados, electrocutados, quemados y mutilados. La ley dice que la anestesia no necesita ser utilizada si ésta interfiere con los resultados de los experimentos. Y son los investigadores mismos en quienes recae la decisión de qué mitigación del dolor puede interferir con sus experimentos.

Los investigadores dicen que los animales son como nosotros, y que necesitamos utlizarlos para entender y tratar nuestras enfermedades. Pero estos mismos investigadores dicen que los animales no son como nosotros, así que no debemos tener ninguna consideración moral sobre su explotación. Y, aunque haya casi una aceptación universal de la noción de que no podemos provocar sufrimiento innecesario a los animales, continuamos utilizándolos en toda clase de contextos en los cuales no podemos ni siquiera pretextar beneficio. Por ejemplo, cada año en el día del trabajo en Hegins [Pensilvania] los cazadores pagan alrededor de $100 cada uno por el privilegio de disparar, lisiar y finalmente golpear hasta la muerte a aproximadamente 8.000 palomas.

Las cortes de Pensilvania tienen que rehusarse a seguir soportando tal conducta que viola la ley anticrueldad del estado. Muchos defensores de los animales comprensiblemente tienen una sensación de derrota. El sistema no parece responderles, aun así hay más como nosotros que nunca antes, y aun así aquellos que apoyan la explotación animal todavía vienen con ninguna otra justificación del uso animal que la de que es tradicional o natural —las mismas explicaciones vacías que se han venido dando a través de la historia humana para justificar virtualmente cada forma de opresión social. Quizás los defensores de los animales hayamos fallado al apreciar la enormidad del problema.

El hecho es que este país y muchos otros países industrializados dependen profundamente de la explotación animal para sustentar su presente estructura económica. El hecho es que dependemos más de la explotación animal de lo que dependían los estados del sur de EEUU de la esclavitud humana. Los demás animales son nuestras propiedades, y muchos animales, como vacas, caballos, crianza de estirpe, animales transgénicos, y caballos de carreras, son particularmente valiosas formas de propiedad. Si bien hay leyes que supuestamente protegen a los animales no humanos, estas leyes en su mayoría requieren que los tribunales juzguen los intereses de propiedad de los dueños. Después de todo, los no-humanos son nuestra propiedad, !y qué sentido tiene permitir que nuestra propiedad se mantenga en conflicto con nosotros!

Así que, aunque haya más gente que se interese por los animales y el medio ambiente, pequeño es el progreso gracias a aquellos que apoyan la explotación animal y los gobiernos que existen para servir a sus intereses pues tienen mucho que perder y no están cediendo ni un centímetro. Pero hay señales de que el péndulo puede, en un contexto general, estar balanceándose de regreso.

La gente está empezando a darse cuenta que la democracia está siendo asaltada por los intereses especiales de las corporaciones. La gente se está cansando del resurgimiento del racismo y del anti-semitismo. La gente se está cansando del desenfrenado y poderoso sexismo que prevalece en nuestra cultura. La gente se está enterando cada vez más de que nuestros supuestos representantes en el congreso no son más que peones del más poderoso y son tan carentes de integridad que atacarán la asistencia social a las madres como una pérdida financiera en una economía que gasta más en unos pocos nuevos juguetes de guerra que lo que gasta en el sistema completo de bienestar social para un año. La gente quiere un cambio.

Más y más gente se preocupa de la importancia de la justicia social y la no-violencia general. Mucha gente se opuso a la guerra del Golfo; no nos enteramos de ello pues los medios de comunicación son controlados por las mismas corporaciones que hacen bombas y las tiran sobre muchísima gente y animales. El cambio va a venir, tarde o temprano. Sólo podemos esperar que sea más pronto que tarde. Sólo podemos esperar que sea sin violencia. Nos debemos cuestionar nosotros mismos, sin embargo, si esa esperanza es en sí misma moralmente justificable a la luz de la violencia que hemos causado y tolerado que fuese causada por aquellos que dicen actuar en nuestro favor.

Si el movimiento a favor de los derechos de los animales ha de sobrevivir al látigo de los explotadores de los animales, y si el movimiento ha de emparejar tanto su propia energía interna como el nivel general de desagrado político, el movimiento necesita una nueva estrategia y una reorganización a la luz del nuevo orden mundial. Este es el momento de desarrollar un acercamiento no violento y radical hacia los derechos de los animales como parte de un programa de justicia social de conjunto. La solución no va a ser simple, pero tenemos que empezar. Considera los siguientes consejos:

1. Debemos reconocer que si los derechos de los animales significan algo, eso significa que no hay justificación moral para cualquier institucionalización de la explotación animal. Mucha gente cree que cuanto más se preocupe una persona por los animales, ese cuidado lo convierte en un defensor de los derechos de los animales. Pero eso no es más que en el mismo sentido el preocuparse por las mujeres lo haga a uno feminista. Si los animales tienen derechos entonces los intereses protegidos por esos derechos deben recibir protección y no pueden sacrificarse simplemente porque los humanos crean que hay beneficios para ellos mismos que pesan más que el perjuicio para los animales. No podemos hablar simultáneamente de los derechos de los animales y de la matanza 'humanitaria' de animales.

2. Necesitamos revalorizar el movimiento como un movimiento de activistas populares y no activistas profesionales que buscan financiar sus propias organizaciones animalistas. Aunque es importante dar soporte financiero a los esfuerzos dignos; dar dinero no es suficiente y darlo a los grupos equivocados puede hacer más mal que bien. Principalmente, ayuda a grupos locales en los que trabajes o que operen en tu área. El cambio social significativo tiene que producirse a nivel local.

3. Necesitamos reconocer que el activismo se puede presentar en diferentes formas. Mucha gente cree que ellos no pueden ser buenos activistas si no pueden ayudar a que haya llamativas campañas, a veces envueltas en la promoción de la legislación o de grandes pleitos. Hay muchas formas de activismo y uno de las más poderosos es la educación. Todos nosotros fuimos educados y necesitamos educar a otros —uno por uno. Si cada uno de nosotros educáramos a cinco personas por año acerca de la no-violencia personal y social, los resultados multiplicados en 10 años serían asombrosos. Aquellos de nosotros involucrados debemos alcanzar mayores audiencias —en radio, o televisión, en los medios impresos, en las aulas educativas o en el contexto de manifestaciones pacíficas para enseñar acerca de la no-violencia como un paradigma de justicia. Pero es muy importante darnos cuenta de que estos problemas son demasiado importantes como para delegarlos a alguien más.

Nosotros —cada uno— tiene la obligación de velar por la justicia para todas las personas: humanos y no-humanos. Y nosotros —cada uno— podemos ayudar a este efecto en una lucha diaria compartiendo nuestras ideas con aquellos con quienes estamos en contacto. Nunca subestimes el poder individual o de pequeños grupos.

4. Si decidimos perseguir un cambio en las leyes, debemos dejar de perseguir soluciones bienestaristas al problema. El "bienestar animal" busca regular la atrocidad haciendo las jaulas más grandes o añadiendo mayores niveles de inspección burocrática para asegurarse de que esas atrocidades sean “humanitarias.” Debemos perseguir unas leyes que busquen abolir formas particulares de explotación. Los defensores de los animales siempre deben de llevar hasta las ultimas consecuencias su objetivo y utilizar todas las campañas como una oportunidad para enseñar acerca de la no-violencia y el rechazo a la explotación animal institucionalizada.

5. Debemos reconocer que existe una conexión necesaria entre el movimiento pro derechos de los animales y otros movimientos de justicia social. La explotación animal comporta prejuicios de especie, o especismo, y moralmente es tan inaceptable como otros criterios irrelevantes tales como la raza, el sexo, la preferencia sexual o la clase social, a la hora de determinar la pertenencia en el universo moral.

6. Los defensores de los animales deben dejar de preocuparse de formar parte de la 'corriente principal'. Cuánto nos falta para comprender que la corriente principal está irremediablemente corrupta. Los defensores de los animales tienen miedo de ser catalogados como "extremistas". !Pero qué significa extremista cuando gente como Newt Gingrich y Rush Limbaugh son seguidos por millones de personas! !Cuando un hombre negro en Harlem tiene menos esperanza de vida que un hombre que vive en una de las naciones más pobres! !Cuando muchos viven sin asistencia médica o siquiera un poco de abrigo o comida adecuada en la nación más rica del planeta! !Cuando millones de animales son asesinados sin ninguna otra razón más que porque "saben bien”! Quizás sea el momento de que los defensores de los animales se sientan orgullosos de ser llamados “extremistas.”

Como conclusión, enfatizo que lo más importante es que no podemos seguir esperando que los otros resuelvan el enorme problema al que nos enfrentamos. Debemos trabajar con otros que compartan nuestras ideas, pero no podemos jamás ignorar o subestimar nuestras capacidades o responsabilidades —de cada persona— para incidir con un cambio importante a nivel personal y social. Y no podemos esperar más a una moderación en el trabajo. El tiempo está corriendo para nosotros, para los animales no humanos y para el planeta.»
    
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14 de noviembre de 2012

«Introducción a los Derechos Animales»



Quiero dedicar esta entrada a un este importante texto escrito por el profesor Gary Francione, cuya lectura es especialmente recomendada para todos aquellos preocupados por nuestra relación moral con los demás animales y, en general, para quienes les interese la ética y la filosofía moral.

Dos tercios de los estadounidenses encuestados en el año 1999 estaban de acuerdo con la siguiente afirmación: "El derecho de un animal a vivir sin sufrir debería ser tan importante como el derecho de una persona a vivir sin sufrir". Más de la mitad de los estadounidenses creen que está mal matar animales para hacer abrigos de pieles o cazarlos por deporte. Pero estos mismos estadounidenses no ven un problema en el hecho de comer animales, asistir a circos y rodeos y que los animales sean utilizados en experimentos científicos.

Gary Francione afirma que la mayoría de nosotros padecemos «esquizofrenia moral» y argumenta que hay un gran abismo entre lo que afirmamos que se debe a otros animales y lo que realmente les hacemos. Francione sostiene que una perspectiva moral mínimamente racional nos exige reconocer que los animales no deben ser tratados como cosas; que sus vidas importan, que tienen intereses que debemos tener en consideración y que deberían estar incluidos en la comunidad moral.

Este libro ofrece una guía para examinar nuestras creencias éticas sociales y personales. Analiza nuestra relación con los animales a través de conceptos como la propiedad y la igualdad de consideración para defender una idea básica: que todos los seres sintientes —humanos y no humanos— tienen un derecho a no ser tratados como un simple medio para nuestros fines.

La teoría de los Derechos Animales propuesta por el profesor Francione sólo requiere la posesión de sintiencia o conciencia sensitiva, y ningún otro atributo cognitivo, para ser reconocido como un sujeto de derechos.

Lleno de información fascinante y argumentos convincentes,  nos encontramos con un libro que uno puede amar u odiar, pero cuyo objetivo es informar, reflexionar y educar.

En este vídeo se puede visionar una presentación introductoria:

16 de noviembre de 2011

«Un derecho para todos»



Tratamos a los animales no humanos como solíamos tratar a los esclavos humanos. ¿Existe alguna justificación posible para hacerlo? A esta cuestión responde el profesor Gary L. Francione


¿Los animales poseen derechos morales? ¿Qué tipo de status legal deberíamos concederles? Este debate se ha vuelto enormemente confuso. Algunos activistas por los derechos de los animales mantienen que debemos permitir que los animales tengan los mismos derechos que disfrutan los humanos. Por supuesto, esto es absurdo. Existen muchos derechos humanos que simplemente no son aplicables a los no-humanos.

Me gustaría proponer algo un poco diferente: que una teoría sensata y coherente sobre los derechos de los animales debería centrarse sólo en un derecho para todos los animales: el derecho a no ser tratado como propiedad de los seres humanos.

Permítanme explicar por qué esto tiene sentido. Actualmente, los animales son mercancías que poseemos de la misma manera que poseemos automóviles o mobiliario. Al igual que esas entidades inanimadas de propiedad, los animales poseen únicamente el valor que nosotros elegimos darles. Cualquier interés que un animal posea representa un coste económico que nosotros podemos decidir ignorar.

Tenemos leyes que supuestamente regulan el trato que hacemos de nuestra propiedad animal, y que prohíben infligirles un sufrimiento “innecesario”. Estas leyes requieren que coloquemos a un lado de la balanza los intereses de los humanos y al otro los intereses de los animales, con el fin de asegurar que los animales son tratados “humanitariamente”. Sin embargo, es una falacia suponer que podemos sopesar por un lado los intereses humanos, los cuales están protegidos por derechos en general y por el derecho de propiedad en particular, y por otro lado los intereses de los animales que, como propiedad, existen solo como medios para los fines humanos. El animal en cuestión es siempre una “mascota” o un “animal de laboratorio” o un “animal de caza” o un “animal de consumo alimentario” o un “animal de circo” o bien alguna otra forma de propiedad por la que el animal existe sólo para nuestro uso. Prohibimos el sufrimiento animal solo cuando no tiene beneficio económico. La balanza está desequilibrada desde el principio.

Existen aquí paralelismos con la institución de la esclavitud humana. Mientras que toleramos diferentes grados de explotación humana, ya no consideramos legítimo tratar a nadie, independientemente de sus características particulares, como propiedad de otros. En un mundo profundamente dividido en lo que a cuestiones morales se refiere, una de las pocas normas firmemente aprobadas por la comunidad internacional es la prohibición de la esclavitud humana. Algunas formas de esclavitud son peores que otras. Aun así, prohibimos todas —independientemente de lo “humanitarias” que sean— porque, en mayor o menor grado, permiten que se ignoren los intereses fundamentales de los esclavos si ello proporciona un beneficio a sus propietarios. Reconocemos que todos los humanos deben tener un derecho básico: el derecho a no ser tratados como propiedades de otros.

¿Hay una razón moral sólida para no extender este único derecho —el derecho a no ser tratado como propiedad— a los animales? Expresado de otra forma, ¿por qué consideramos aceptable comer animales, cazarlos, confinarlos y exhibirlos en circos y zoológicos, usarlos en experimentos o rodeos, en definitiva tratarlos de un modo que nunca consideraríamos aceptable para ningún humano independientemente de lo “humanitario” que sea el procedimiento?

La respuesta de que los animales carecen de alguna característica solo poseída por los humanos no sólo va en contra de la teoría de la evolución sino que es completamente irrelevante a la hora de plantear la cuestión de si es moralmente aceptable tratar a los no-humanos como mercancías —así como las diferencias entre humanos no servirían para justificar que se trate a algunos humanos como esclavos. Tampoco tiene sentido la respuesta de que es admisible para los humanos explotar a los no-humanos porque es “tradicional” o “natural” hacerlo así. Esto meramente expresa una conclusión y no constituye ningún argumento.

La cuestión es que no podemos justificar la dominación humana sobre los no-humanos excepto si apelamos a la superstición religiosa centrada en la supuesta superioridad espiritual de los humanos. Nosotros hemos creado la mayor parte de nuestros "conflictos" con los animales. Somos nosotros los que traemos a este mundo a miles de millones de animales sintientes con el propósito de matarlos por razones que son a menudo frívolas. Después tratamos de comprender la naturaleza de nuestras obligaciones morales para estos animales. Pero trayendo a estos animales al mundo por razones que nunca consideraríamos apropiadas para los humanos, ya hemos decidido que los animales están completamente fuera del ámbito de nuestra comunidad moral.

Aceptar que los animales tengan este derecho no supone permitir que las vacas, los pollos, los cerdos y los perros corran libres por las calles. Nosotros hemos traído a estos animales a este mundo y dependen de nosotros para su supervivencia. Debemos preocuparnos por los animales que actualmente existen pero debemos dejar de criarlos para servirnos de recursos. De este modo, eliminaríamos cualquier supuesto conflicto que tengamos con ellos. Podremos aún tener conflictos con animales independientes que viven en la naturaleza, y tendremos que abordar cuestiones difíciles sobre cómo aplicar el principio de igual consideración a humanos y animales en esas circunstancias.

Reconocer derechos para los animales significa en realidad aceptar que tenemos el deber de no tratar a los seres sintientes como recursos. La cuestión que interesa no es si la vaca debería poder demandar al granjero por un trato cruel, sino por qué la vaca está ahí en primer lugar.


6 de octubre de 2009

«La superioridad humana»




Febrero 1996

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de dirigirme a los estudiantes de la Facultad de Medicina de Hahnemann en Filadelfia. El motivo fue un debate entre un profesor de la Escuela de Medicina Veterinaria de la Universidad de Pensilvania llamado Adrian Morrison y yo. Morrison ha usado gatos en experimentos bastante terribles y con los años ha sido el blanco de diversas protestas por parte de los defensores de los Derechos Animales. Yo estaba en contra de dichos experimentos y él, como es de esperar, estaba a favor.

El debate comenzó con una pregunta hecha por el moderador: «¿Se puede justificar el uso de animales en experimentos?». Adrian Morrison respondió que estos experimentos están plenamente justificados como consecuencia de los beneficios que el uso de animales ha aportado a la salud humana.

Creo que hay que ser cauto al evaluar los beneficios de la investigación en animales. Una cantidad creciente de profesionales de la medicina ha expresado bastante escepticismo frente a la validez científica de los experimentos en animales. Pero incluso si nos beneficiamos de ello, el beneficio por sí solo no justifica moralmente la explotación de los animales.

Si beneficiarnos de la explotación animal en sí fuera una justificación sólida entonces ¿por qué este argumento no sirve cuando concierne a los seres humanos? Después de todo nadie podría negar que se obtendrían beneficios aún mayores si utilizáramos seres humanos en contra de su voluntad para dichos experimentos. ¿Entonces por qué no usar seres humanos en contra de su voluntad cuando esto nos beneficiaría mucho más a todos los demás?

La respuesta es obvia, no se usan seres humanos en contra de su voluntad porque como sociedad creemos que los seres humanos tienen ciertos intereses que se deberían proteger. Los seres humanos tienen ciertos derechos. Y el derecho fundamental es el de no ser tratados como propiedad o como instrumentos para los propósitos de sus dueños. Es por eso que casi todos los países están de acuerdo en que la esclavitud, o el trato legalmente sancionado y dictado de los seres humanos como objetos es un verdadero tabú moral universal que debe ser condenado.

¿Pero es posible justificar la esclavitud de los animales? No se trata de resolver situaciones generales, como si acaso es moralmente correcto matar a un animal que nos está atacando, o si acaso los animales tienen un «derecho a vivir» en abstracto. La pregunta es más sencilla que eso: ¿existe alguna justificación moral para masacrar, sólo en Estados Unidos, a más de ocho mil millones de animales al año para ser usados como alimento? ¿Existe alguna justificación moral para utilizar a más de cien millones de animales, anualmente y sólo en Estado Unidos, para experimentación que en su mayoría tiene un bajo impacto en la salud humana?  ¿Existe alguna justificación moral para utilizar a millones de animales para entretenimiento en rodeos, circos, zoológicos y películas?

La respuesta de Adrian Morrison de que la explotación animal pueda ser justificada por el beneficio de los seres humanos es ilógica, pues ya da por hecho precisamente la esencia del problema: si los animales, al igual que los seres humanos, tienen el derecho básico a no ser esclavizados para provecho de sus amos humanos.

Si debemos justificar esta explotación, es necesario que de alguna manera podamos distinguir a los otros animales de los humanos, y es más fácil decirlo que hacerlo. Después de todo, ¿qué característica o «defecto» tienen los animales que justifica nuestro trato hacia ellos como esclavos, como nuestras cosas, como propiedad que sólo existe para nuestro bien, los amos humanos?

Algunas personas argumentan que los animales son diferentes porque no piensan. Pero lo cierto es que esa aseveración es falsa. Es sabido, por ejemplo, que los mamíferos y las aves tienen capacidades mentales muy complejas. Y que además existen seres humanos que son incapaces de pensar. Algunas humanos nacen sin algunas partes del cerebro y sus capacidades cognitivas son menores a las de una rata sana. Algunos humanos como, el senador Phil Gramm, desarrollan una muerte cerebral durante su vida adulta y simplemente parecen estar funcionando.

Algunas personas dicen que los animales son diferentes porque no hablan. Pero los animales se comunican por sus propios medios, y además existen personas que no pueden hablar.

La lista es prácticamente interminable, pero el punto es uno sólo: no existe ningún «defecto» que tengan los animales que no sea también característica de algún grupo de seres humanos, y aun así uno jamás pensaría utilizar ese determinado grupo de seres humanos para experimentos o como alimento.

Los animales, al igual que los seres humanos, tienen ciertos intereses en sus propias vidas que trascienden lo que su denominado «sacrificio» puede servir para nosotros. Y son precisamente esos intereses los que nos impiden como cuestión moral tratarlos como simples objetos.

Volviendo al debate en la Facultad de Medicina, el Dr. Morrison aportó un criterio que, como declaró triunfalmente, separa a los seres humanos de los animales: los seres humanos son «superiores».

Esta es una respuesta curiosa viniendo de un científico. Después de todo, ¿dónde se encuentra la «superioridad» en el mundo natural? Lo siento, Dr. Morrison, la «superioridad» de las especies es al igual que la superioridad de una raza, o de un sexo, una construcción social y no científica. Es un concepto formulado y usado para sostener relaciones de poder jerárquicas. La superioridad no es un argumento en absoluto; es una conclusión que da por hecho el punto a demostrar. Da por sentada una afirmación que antes debe demostrar.

El Dr. Morrison señaló que los perros no escriben sinfonías y que los seres humanos sí. Respondí que jamás he escrito una sinfonía y que según lo que sé tampoco lo ha hecho el Dr. Morrison. ¿Quiere decir eso que es correcto que la gente nos coma o nos utilice en experimentos?

Y además, su ejemplo demuestra mi punto. Escribir una sinfonía sólo es un acto «superior» si tú eres un ser humano que valora dicha actividad. Algunos perros sin mayor impulso que el que les otorga su posición de sentados pueden llegar a saltar hasta casi dos metros. A eso sí que le llamo «superioridad. Pero la «superioridad», al igual que muchas de las palabras cliché de la vida moderna, como «mérito» y «belleza» están ligadas al juicio personal y no a los hechos.

Señalar que podemos explotar a los otros animales porque somos «superiores» no es más que decir que tenemos más poder que ellos. Y nada más. Y, exceptuando los partidos fascistas, la mayoría de nosotros rechazamos la visión de que el poder establece lo que es correcto. Así que por qué, díganme, está ese principio tan ciegamente aceptado cuando se trata de nuestro relación con los animales.

A nosotros los progresistas nos gusta pensar que nos hemos deshecho de todos los vestigios de la esclavitud en nuestras vidas, pero la realidad es que todos seguimos siendo esclavistas, la plantación es la tierra, sembrada con las semillas de la codicia, y los esclavos son nuestras hermanas y nuestros hermanos nohumanos.

A propósito, Morrison dio otra razón para la superioridad humana. Nombró el tamaño del cerebro humano. Pero de todas maneras gran parte del público ya había aceptado el hecho de que el tamaño de los órganos humanos no significa gran cosa.

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Texto original en inglés: Human superiority
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