Mostrando entradas con la etiqueta caza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta caza. Mostrar todas las entradas

3 de julio de 2014

"Mira, alguien está haciendo lo mismo que hacemos nosotros. ¿No es odioso?"




Al igual que ya sucediera en su momento con personajes públicos como Melissa BachmannJuan Carlos de Borbón, entre otros, recientemente se ha vuelto a abrir la polémica por la difusión de unas fotos en las que alguien posa jactanciosamente junto a animales asesinados durante un safari de caza. En esta ocasión, la protagonista resulta ser una cazadora llamada Kendall Jones.

A mí no me sorprende que quienes han sido educados en el especismo se comporten de esa forma con otros animales. Lo cual nos engloba a casi todos nosotros. Ese comportamiento es consecuente con la idea de que los demás animales existen para ser utilizados en nuestro beneficio.

Lo que sí resulta chocante es que millones de personas en todo el mundo reaccionen condenando esos actos de violencia al mismo tiempo que ellos participan en la explotación de animales en su vida diaria. Esto sólo se puede explicar suponiendo que esas personas no han pensando la conexión entre lo que hacen diariamente a los demás animales y sus intuiciones morales básicas.

También ocurre una polémica muy parecida cuando se difunden imágenes del asesinato de delfines en Japón o de la tauromaquia en España. La gente reacciona ante esto como si los mataderos no existieran. Reaccionan como si ellos mismos no dieran dinero todos los días para que otros esclavicen y maten a animales inocentes, para luego comerse sus cuerpos y secreciones, y vestirse con trozos arrancados de sus cuerpos mutilados.

Tal y como explicaba el profesor Gary Francione en sus ensayos sobre Michael Vick: no hay diferencia moral alguna entre usar y abusar de los animales. Todo uso de otros animales es un abuso, ya que se realiza siempre sin su consentimiento o contra su voluntad. Utilizar a los animales es abusar de ellos, porque al hacerlo vulneramos sus intereses para poder obtener un beneficio.

Esta conducta sobre seres humanos se considera un crimen, una injusticia, pero no se considera del mismo modo cuando las víctimas son otros animales. El único motivo real que se alega para intentar justificar esta diferencia de consideración es: «Nosotros somos humanos y ellos no"» Esto es lo mismo que decir: «Nosotros somos blancos y ellos no». O decir: «Nosotros somos hombres y ellas no».

No hay diferencia moral entre consumir animales y salir a cazarlos para divertirse. No hay diferencia entre disfrutar asistiendo a peleas de perros y disfrutar comiendo animales. No hay diferencia entre obtener placer torturando a gatos y obtener placer por llevar un bolso de piel o una chaqueta de cuero.

No hay diferencia porque en todos esos casos estaríamos causando daño, sufrimiento y muerte a otros animales por mero placer. Tenemos la misma necesidad de torturar perros para poder vivir que la de comer vacas. Es decir, ninguna.


Participamos en la explotación animal porque nos limitamos a repetir un hábito que se nos ha inculcado y que reforzamos gracias al placer que nos causa; sin pararnos a pensar en lo que esto implica a los animales que son utilizados para nuestro beneficio. Igual que tampoco lo piensan quienes se divierten cazando animales por diversión.




¿Por qué este tipo de escenas provocan tanto odio en quienes hacen lo mismo? Odian a otros por hacer lo mismo que ellos hacen a otros animales cada día. ¿Cómo se explica esto?

Esto puede ocurrir así porque no a todos nos han educado sobre las mismas formas de explotación animal.

A pesar de que casi todos aceptan la idea de que algunos animales están para servirnos de alimento, no se acepta igualmente la idea de que esté bien utilizar animales sólo para servirnos de entretenimiento. Cuando vemos prácticas de explotación especista que no pertenecen a nuestro contexto habitual es cuando se activa nuestro sentido moral que nos indica que aquello está mal. Por eso reaccionamos de esa manera.

No se trata de un suceso aislado. Cada actividad de explotación animal simboliza la opresión que los humanos ejercemos sistemáticamente sobre los demás animales. Nuestra cultura antropocéntrica permite y fomenta esa práctica opresiva. La diferencia sólo está en el criterio y el grado de crueldad que cada uno considera aceptable a la hora de ejercer la explotación sobre los animales. Pero casi nadie cuestiona esta dominación especista. Casi nadie excepto en quienes fundaron el veganismo.

Si de verdad creyéramos que los demás animales son meros objetos no reaccionaríamos de forma diferente a cuando vemos como alguien destruye un jarrón o un automóvil. Sin embargo, sabemos que hay una diferencia cualitativa entre un objeto [un mineral o un vegetal] y un sujeto, es decir, un animal sintiente. Por eso no reaccionamos del mismo modo.

Al ver estas imágenes es cuando nos damos cuenta de ello —cuando vemos desde fuera a otras personas hacer lo mismo que nosotros— y esto nos provoca una indignación moral. Vemos a alguien, de forma deliberada y consciente, provocar sufrimiento y muerte a individuos inocentes por mera diversión. A veces sólo nos damos cuenta del mal que hacemos cuando lo vemos en otras personas fuera de nuestro contexto habitual.

Pero esto es exactamente el modo en que nosotros estamos actuando cuando consumimos animales; cuando los comemos y nos vestimos con trozos de sus cuerpos.

Nos encontramos cara a cara con un espejo en donde nos reflejamos viendo lo que les estamos haciendo a los demás animales: destruimos su libertad y sus vidas por puro placer. Y esto se contradice con nuestras intuciones morales más básicas que nos dicen que está mal causar daño o sufrimiento a otros animales sin necesidad.

Esta reacción demuestra que no somos psicópatas. A pesar de toda la violencia sistemática que ejercemos sobre los demás animales, y a pesar de nuestro prejuicio especista contra ellos, somos conscientes de que está mal hacerles daño innecesariamente sin una razón que lo justifique.

El hecho de que formemos parte activa de la explotación animal no es una decisión que hayamos tomado nosotros sino que es consecuencia de una herencia cultural que nos han legado nuestros antepasados —igual que nos legaron el racismo, el sexismo y la homofobia, así como sus respectivas estructuras de opresión— y que se ha perpetuado mediante la educación y los hábitos sociales.

Si juzgáramos nuestra participación en la explotación animal con el mismo criterio que juzgamos la violencia contra los animales en la que no participamos entonces la única conclusión a la que podríamos llegar es que debemos dejar de consumir cualquier producto o actividad que implique utilizar a otros animales, pues todo esto significa infligirles daño inncesariamente y sólo por costumbre o por mero placer.

Todo el mundo se pregunta:

¿Cómo es posible que haya gente que cometa esos abusos contra los animales?

Cualquiera puede encontrar la respuesta por sí mismo reformulando la pregunta de este modo:

¿Por qué no soy vegano?

La respuesta en ambos casos es exactamente la misma.

23 de marzo de 2014

La caza

Un programa de televisión satiriza el intento por parte de asociaciones de cazadores de adoctrinar a los niños para que vean la caza como algo atractivo y necesario. Pero ¿acaso no estamos haciendo exactamente lo mismo cuando los adoctrinamos para que crean que es atractivo y necesario  utilizar a los animales para servirnos de comida, vestimenta y otros fines que implican esclavizarlos y asesinarlos?
Podemos observar que muchos animalistas se ponen a discutir sobre si actividades como la caza, o la pesca, pueden realmente encajar dentro de la categoría de deporte. No obstante, es fácil comprobar que esta actividad entra dentro de la definición general aceptada de deporte. Lo mismo sucede con la hípica. Otra cosa distinta es que el hecho de utilizar y matar animales por deporte sea inmoral; que sea injusto y e intencionalmente dañino para los animales. Entrar a cuestionar su condición de deporte aporta una problemática innecesaria que distrae la atención del verdadero problema aquí; que no es la definición de deporte sino que es la ética en nuestra conducta.

Ahora bien, la caza no es un mero divertimento ni una actividad propia de psicópatas, o un simple negocio, como suelen apuntar los análisis más superficiales al respecto. La caza moderna es sobre todo un ritual cultural de dominación, mediante el cual se practica y celebra la opresión del ser humano sobre los demás animales. No se basa realmente en la necesidad o el beneficio, sino en la afirmación de la supremacía humana sobre las otras especies a las que considera su propiedad. La caza es pues un síntoma: es otra consecuencia más del especismo.

La causa originaria de esta violencia reside en considerar a los demás animales como meros recursos para nuestro beneficio, ya sea para cazar, para comer o vestir. En esto, los cazadores no se diferencian del resto de la gente que participa en la explotación animal. El único motivo real que tenemos para intentar justificar la utilización de otros animales para comida —o el vestirnos con trozos de sus cuerpos— es la inercia de la costumbre o el mero placer que obtenemos de ello.

Rechazamos la caza porque no fuimos educados para ver la caza como algo normal. No rechazamos comer animales porque fuimos educados para ver el consumo de animales como algo normal. Pero la injusticia es exactamente la misma.

Si podemos reconocer que es injusto aplicar la explotación sobre otros individuos [estos es: usar a alguien como un mero recurso; como un simple medio para conseguir un fin] entonces podemos darnos cuenta de por qué no es moralmente aceptable utilizar a otros animales para servirnos de comida. No podemos justificar moralmente la explotación animal más de lo que podríamos justificar la explotación humana.

La caza dejó de ser una necesidad real a partir del Neolítico. Su práctica se continúa principalmente, casi exclusivamente, por tradición y diversión. Como los animales están excluidos de la comunidad moral, y son considerados como objetos y meros recursos, entonces la caza ha continuado hasta nuestros días a pesar de que no existe ninguna razón que justifique infligir ese daño a los animales. Es otra actividad que se mantiene por costumbre, al igual que muchas otras que implican violencia sobre los animales. Sucede lo mismo también con la práctica de comer animales, que se mantiene principalmente motivada por la costumbre y el placer, a pesar de que no tenemos necesidad de comer animales para estar sanos.

Si tenemos en cuenta que no tenemos necesidad nutricional de consumir animales entonces no hay excusa para usar a otros animales como comida. Si lo hacemos no es por necesidad, sino por seguir una tradición en la que hemos crecido; o para obtener un placer; o por creer que los demás animales no merecen el mismo respeto que nosotros por el simple hecho de no ser humanos.

Los otros animales, al igual que nosotros, son seres conscientes que tienen un interés propio en vivir, en continuar existiendo, además de su interés en evitar el sufrimiento y disfrutar de un bienestar. Estos intereses son intrínsecos a su capacidad de sentir.

El problema no es sólo el consumo de carne, sino todo lo que procede de otros animales: huevos, lácteos, miel, cuero, lana,.... No hay diferencia. Todos proceden de animales que han sido explotados y finalmente destruidos. Tampoco hay diferencia en el hecho de que podemos vivir sin tener que recurrir a ningún producto de la explotación animal.

Cualquier tipo de explotación animal trata a los animales como objetos para la producción. Tanto en una granja industrial como en una granja tradicional —o en un criadero o en un coto de caza— los animales no humanos están allí para que nosotros obtengamos algún beneficio utilizando sus cuerpos; a costa de su vida y su libertad. Todos ellos son confinados en recintos y finalmente se les arrebata la vida cuando sus propietarios lo deciden. Tratamos a los animales como nuestras propiedades. Esto es  la esclavitud.

Los demás animales son considerados nuestros esclavos. Si la esclavitud es injusta cuando nuestras víctimas son otros seres humanos entonces, en virtud del principio moral de igualdad, también resultaría injusto cuando la infligimos sobre los otros animales.

Cualquier argumento que pretenda justificar la caza de animales, en el caso de ser válido, serviría igualmente para justificar la caza de seres humanos. Si podemos comprender que cazar está moralmente mal entonces también podemos comprender que, por la misma razón, está mal consumir productos de la explotación animal.