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16 de julio de 2020

Otra vez la falacia naturalista


El autor Harvey Diamond publicó un libro sobre nutrición que tuvo bastante éxito en Estados Unidos y en el que defendía que la dieta natural para el ser humano está basada en vegetales. Para defender esta idea apuntó, entre otros argumentos, que un niño pequeño jamás comería instintivamente a un conejo mientras que sí comería una manzana. Esta alegoría ha sido exhibida por algunos activistas en favor del vegetarianismo y del veganismo.

Me gustaría exponer tres observaciones sobre este argumento.

La primera es que si pones a un cachorro de león en la misma situación tampoco es probable que se coma al conejo, puesto que no tiene desarrollado todavía su instinto predatorio y se alimenta de leche materna; al igual que el resto de mamíferos. Ciertamente esta situación no demuestra que el ser humano no sea carnívoro. Por no hablar de que si en lugar de un conejo colocaras a un animal mucho más pequeño, como un insecto, no sería de extrañar que el niño se lo llevara a la boca. Además, ¿desde cuándo el comportamiento de los niños representa un criterio moral? Plantear esta situación hipotética es un malgasto de tiempo que podría haber sido mejor empleado explicando que podemos vivir saludablemente con una dieta vegana bien planificada.

La segunda es que aunque los humanos fuéramos carnívoros esto no justificaría moralmente que comiéramos animales. Supongamos que en lugar de ser una especie de primates fuéramos una especie de felinos —seguiríamos estando obligados a no explotar a los animales en tanto que somos agentes morales. Aun siendo carnívoros podríamos diseñar una dieta saludable sin productos de origen animal, de la misma manera que miles de gatos —que son fisiológicamente carnívoros— viven saludablemente alimentados de forma vegana.

La tercera es que debemos evitar los argumentos falaces a la hora de defender una idea. Un activista puede esgrimir que no le importa si los argumentos son correctos sino que sólo le importa que funcionen para motivar a la gente a dejar de explotar animales. Pero ¿realmente funcionan? Dudemos de que un argumento que es fácilmente rebatible pueda funcionar en absoluto. Si usamos argumentos fraudulentos lo que estamos mostrando es que no nos importa la verdad sino sólo convencer a otros aunque sea con engaños. Esto es muy poco honesto. ¿Envenenar mortalmente a alguien funciona para conseguir que deje de explotar animales? Sin duda, pero esto no parece una acción moralmente aceptable. Argumentar es una forma de actuar y actuar inmoralmente no se justifica con la excusa de pretender lograr un supuesto bien.

Antes de utilizar un argumento hay que evaluar:

Si el argumento está basado en hechos empíricamente comprobados.

Si el argumento es formalmente coherente.

Si el argumento que usamos es deontológicamente aceptable.

En un contexto moral no vale sólo con que lo argumentamos sea verdadero desde un punto de vista empírico y formal sino que también debe ser éticamente correcto. Un ejemplo:

[1] X es de hecho más poderoso que Y

[2] Por tanto, X puede materialmente oprimir a Y

[3] Por tanto, es moralmente correcto que X oprima a Y

Este argumento puede ser correcto en sus presupuestos empíricos, pero es lógicamente erróneo porque de una situación de hecho no se puede inferir un juicio moral. Pretender inferir un juicio moral de una situación natural es como pretender justificar el estrangulamiento alegando que nuestras manos estarían naturalmente capacitadas para estrangular a otros.

Asimismo, el hecho de que X tenga más poder que Y no justifica que X someta a Y a su voluntad. Tener más fuerza, más poder, o cualquier otro elemento o capacidad que nos permita dominar o destruir a otros individuos, nunca es una razón que justifique actuar con violencia. Pensar que el poder otorga legitimidad incurre en un fallo ilógico que se conoce como falacia ad baculum.

Una causa justa es aquella que se apoya en razones. Pero el hecho de defender una causa que sea justa no convierte automáticamente en justo cualquier argumento que se usemos para defenderla. La veracidad de un argumento depende de si se ajusta a la lógica en todos sus aspectos [formal, material, normativo] y no de si se usa para defender una buena causa.

24 de abril de 2018

Un falso dilema y una dicotomía verdadera


Denominamos falso dilema al argumento que pretende forzar la existencia de dos únicas opciones ante un dilema cuando en realidad existen otras opciones posibles. Este argumento falaz también ha sido empleado para intentar justificar la explotación animal. Por ejemplo, cuando se dice que tenemos que comer animales o de lo contrario enfermaremos y moriremos. Este dilema es falso porque no necesitamos consumir productos de origen animal para tener buena salud. Por tanto, no estamos limitados a aquellas dos opciones planteadas.

Un artículo de el diario El País ofrece un manifiesto en defensa de la tauromaquia pregonado por el escritor Ildefonso Falcones, el cual plantea algunos argumentos que quisiera revisar concisamente aquí. El más curioso de todos me parece que sería el que intenta revertir un argumento central que se utiliza para condenar la tauromaquia, y la explotación animal en general, a saber: que los animales son seres sensibles —seres dotados de conciencia sensitiva. Así se expone en el artículo citado:

«“Son los propios animalistas -afirma Falcones- los que en un alarde de fantasía y quimera en la que acostumbra a caer todo movimiento populista y revolucionario, nos ofrecen los argumentos suficientes para defender, entiendo que con visos de éxito, los ataques a las corridas de toros”. “Asumamos que los toros bravos -añade- son seres sensible y sintientes, y como tales no solo tienen miedo, frío, placer, estrés, sino que también tienen orgullo, dignidad, valor, espíritu de lucha, arrogancia…”Llegado a este punto, el pregonero se pregunta: “¿Cuál es la preferencia de un toro bravo: morir en un matadero como un manso o hacerlo peleando en la plaza… de la que algunos, los mejores, salen vivos?”.»

Parece muy poco razonable suponer que un toro tenga una preferencia por morir en un matadero o por ser matado en una plaza. Un toro no quiere ser matado en ningún lugar. Todos los seres sintientes poseen un deseo inherente de continuar existiendo y no quieren ser dañados ni de una forma ni de otra. Así que parece claro que el autor está planteando esa falacia clásica conocida como falso dilema, o falsa dicotomía, que consiste en reducir injustificadamente las opciones a dos únicas posibles. Ni los toros tienen ninguna de esas preferencias ni nosotros estamos obligados de alguna manera a matar toros, dado que no necesitamos hacerlo para alimentarnos ni entretenernos. No hay ninguna clase de necesidad real que justifique hacer tal cosa. Concluimos pues que el dilema que plantea Falcones es empíricamente falso: es un falso dilema.

Si los toros son seres conscientes entonces la conclusión que se derivaría moralmente a partir de ese hecho es que no debemos tratarlos como propiedades. No es lógicamente correcto que un sujeto sea considerado y tratado como un objeto a disposición de los deseos de otros sujetos. Esto implica que deberíamos dejar de utilizar a los otros animales como medios para nuestros fines. En tanto seres dotados de sensación, ellos poseen un valor inherente que predomina frente al valor instrumental que tengan para nosotros.

Pero no acaba aquí la pretensión de Falcones de apelar a un falso dilema para intentar justificar la tauromaquia, puesto que al final del artículo afirma de nuevo que el toro tiene que acabar necesariamente o en la plaza o en el matadero, porque su existencia depende de que sea rentable económicamente para los humanos:

«El toro bravo -terminó- está destinado a luchar o a ser sacrificado; nadie va a alimentarlo sin la contrapartida de un rendimiento. Nadie, ni los ganaderos, ni el Estado, ni los animalistas, ni los abolicionistas…»

Creo que el señor Falcones se equivoca al afirmar que nadie cuidará de esos animales a no ser que obtenga un rendimiento económico de su utilización, porque muchos animales que han sido víctimas de la explotación ya están siendo cuidados de forma altruista en refugios y santuarios. Además, estamos hablando de animales que son criados deliberadamente por los humanos para que nos sirvan de recursos. Lo que deberíamos hacer es dejar de traer al mundo  a más animales para explotarlos. Así que, una vez más, vemos que el autor recurre a plantear una falsa dicotomía cuando en realidad el contexto nos permitiría elegir otras opciones.

Por todo esto, pienso que Falcones fracasa en su intento de defender la tauromaquia desde un punto de vista racional, así como han fracasado intelectualmente todos los intentos de defender la discriminación moral basada en la especie y la explotación sobre los animales. La racionalidad nos obliga a extender la consideración moral a todos los seres dotados de sensibilidad, sin importar su especie. Lo que esta consideración moral conlleve a nivel global es algo que quizás no está determinado de manera clara, pero sí parece claro que dicha consideración implica necesariamente que dejemos de considerar a los otros animales como nuestra propiedad.

Los animales están sometidos al estatus de propiedad humana. Esto es una situación equivalente a la de los humanos esclavizados; que son esclavos porque están sometidos como propiedades de otros humanos. Pretender que la esclavitud puede ser compatible con el respeto moral es como pretender que la violación sexual es compatible con el respeto a la libertad sexual. Es un completo absurdo. Es por esto que existe una amplia unanimidad en el rechazo a la esclavitud humana. La lógica nos exige aplicar ese mismo rechazo a la esclavitud sobre los otros animales.

Habría que advertir, no obstante, que no todos los dilemas son falsos intrínsicamente. Hay situaciones en las que en verdad pueden existir sólo dos opciones. Por ejemplo: ¿estamos a favor o estamos en contra de la esclavitud? Aquí no cabría la posibilidad lógica de términos medios. O consideramos que esclavizar a otros es una actividad aceptable o consideramos que es inaceptable. No hay un término medio aquí. La proposición *la esclavitud es aceptable* tiene que ser verdadera o tiene que ser falsa, y no puede haber una tercera opción.

Del mismo modo, también habría sólo dos opciones cuando se trata de la explotación de los animales. O consideramos que es aceptable explotar a los animales o consideramos que no es aceptable. Sin embargo, en el caso de que pensemos que explotar a los animales es una actividad aceptable, puede suceder que consideremos asimismo que dicha explotación debe estar controlada y regulada y limitada bajo ciertas condiciones. Pero esta posición regulacionista no es un término medio entre las opciones anteriores sino que es una derivación dentro de la posición que apoya como válida la existencia de la explotación animal.

Por tanto, no sería un falso dilema plantear que estamos obligados a elegir si queremos asumir el veganismo o si quieremos continuar apoyando la explotación animal. Esta dicotomía estaría correctamente planteada puesto que no habría otra opción disponible lógicamente. 

Ahora bien, el veganismo en sí mismo no es una opción sino que es una obligación moral. El veganismo es un imperativo moral, aunque nosotros, en tanto agentes morales, podemos decidir si queremos asumir el veganismo o si queremos continuar infligiendo un daño injustificado sobre los animales. Así pues, ¿qué vamos a elegir?

13 de enero de 2016

¿Cadena Alimenticia o Cadena de Esclavitud?


En esta nota me gustaría exponer dos conclusiones sobre la supuesta «cadena alimenticia» que en ocasiones se presenta como argumento para intentar justificar que utilicemos a otros animales de comida.

La primera conclusión es que no sería empíricamente correcto decir que el ser humano está en la cima de la cadena alimenticia o decir que comemos animales debido a alguna supuesta cadena alimenticia que nos condiciona a ello. 

La segunda conclusión es que este tipo de hecho en ningún caso justifica moralmente nuestra explotación de otros animales.

Mis razones para haber llegado a estas conclusiones son las siguientes:

Primero; los animales catalogados biológicamente como depredadores naturales [leones, tigres,...] y como parásitos [mosquitos, pulgas,...] se sitúan por encima de nosotros en la red trófica: en el estado natural ellos se alimentan de nosotros y no al contrario. Los humanos no estamos objetivamente en la cima de ninguna cadena o pirámide alimenticia natural.

Tal y como explica un estudio publicado sobre el nivel trófico en que se sitúan los seres humanos:

«La investigación, dirigida por Sylvain Bonhommeau, del Instituto Francés de Investigación para la Explotación del Mar, estima que el nivel trófico promedio de la población mundial era de 2,21 en 2009, lo que nos ubica en la misma categoría de otros omnívoros como los cerdos y las anchoas. De hecho, ''estamos más cerca de los herbívoros que de los carnívoros'', dice Bonhommeau. "Ello cambia nuestro prejuicio de que somos depredadores superiores".» [Eating up the world’s food web and the human trophic level, VV..AA, 2013]

Por tanto, desde un punto de vista científico, carece de todos sentido creer que los humanos somos "la cima de la cadena alimenticia" o que estamos determinados por alguna inercia biológica que nos obligue a comer animales.

Es cierto que los humanos somos omnívoros, pero esto sólo quiere decir que estamos capacitados fisiológicamente para obtener los nutrientes tanto de vegetales como de animales, pero no quiere decir que estemos obligados necesariamente a comer de ambos. Una dieta vegana correctamente planificada es apta y saludable en todas las etapas de la vida humana.

Segundo; apelar a la cadena alimenticia como argumento presupone que nuestra conducta alimenticia en tal cual hecho natural, obligado e inamovible. Sin embargo, nuestra explotación sobre los demás animales para servir de comida se sostiene mediante ideas y costumbres que son culturales y que podemos cambiar en gran medida a voluntad.

La cadena alimenticia en la que participamos la hemos creado nosotros mismos, así que, más allá de nuestro propio egoísmo o algún extravagante apego emocional, ¿qué impedimento podría encontrar alguien para su modificación?

Varios experimentos han comprobado que las personas tienden a descargarse de su responsabilidad moral cuando actúan siguiendo órdenes. Creo que ese mismo mecanismo psicológico funciona también con entidades abstractas o imaginarias como Dios o la Naturaleza. Uno se excusa de la responsabilidad de su conducta alegando que Dios lo ha mandado así o que la Naturaleza lo ha determinado de tal manera. De este modo, uno se ve a sí mismo como parte de un mecanismo inexorable que no puede cambiar en lugar de verse como un sujeto que puede elegir su conducta.

El hábito de comer es natural pero nuestra práctica de comer animales es cultural. La naturaleza no nos ha dispuesto con apéndices naturales para la depredación, ni tampoco nos ha proporcionado las armas, las granjas y los mataderos que usamos para explotar a otros animales. Todo esto lo creamos nosotros; son herramientas y artificios culturales. Los humanos decidimos hacerlo porque nos convenía, pero no porque necesitemos hacerlo o porque estemos obligados a ello por naturaleza.

Además, tampoco tendría sentido señalar que otros animales comen animales para intentar justificar que nosotros también lo hagamos. Desde un punto de vista moral, lo que otros animales hagan no puede ser un criterio de conducta para nosotros. Pretender justificar una conducta alegando que otros animales actúan de esa manera resulta tan absurdo como pretender justificar una conducta alegando que otros humanos actúan de esa manera. Así lo explica el profesor Gary Francione:

«El que los animales coman a otros animales es irrelevante. ¿Por qué debería importar que algunos animales coman a otros animales? Algunos animales son carnívoros y no pueden vivir libremente sin comer carne. Nosotros no entramos en esa categoría; podemos vivir sin comer animales, y cada vez más gente reconoce que nuestra salud y el medio ambiente se beneficiarían de una dieta sin productos de origen animal.»

Desde el punto de vista biológico, millones de humanos en todo el mundo vivimos saludablemente sin comer animales. Los estudios médicos muestran que los humanos no necesitamos comer a otros animales para vivir y estar saludables. Una alimentación vegana bien planificada nos aporta todos los nutrientes que necesitamos para gozar de buena salud.

En conclusión, no hay ninguna cadena alimenticia que nos obligue a comer a otros animales. Los seres humanos podemos llevar una vida saludable sin utilizar a otros animales de comida. Así comprobamos que no existe ningún hecho biológico que nos conduzca necesariamente a comer a otros animales. Nosotros podemos elegir.

Esa supuesta idea de una cadena alimenticia en la que domina el ser humano desde su cúspide es en realidad un producto ideológico surgido para justificar y mantener un estado de opresión. Es parte del adoctrinamiento cultural que nos inculcan desde la infancia para hacernos creer que somos `superiores' a los otros animales, así como se ha adoctrinado también en ideologías similares sobre la superioridad de unos individuos humanos sobre otros; como sucede con el racismo y el machismo. No comemos animales debido a una supuesta "cadena alimenticia" que nos obliga a ello sino debido a la errónea creencia de que el ser humano es dueño de los demás animales y tiene derecho a someterlos y usarlos para su beneficio.

La evolución biológica no justifica el antropocentrismo La idea de que la evolución es una pirámide jerárquica, con el ser humano en su cúspide, es un concepto ideológico y no un hecho científico. El antropocentrismo no tiene ninguna base científica; es sólo un prejuicio, como así aclara el biólogo Paul Patton
:

«Una de las ideas erróneas más difundidas sobre la evolución  cerebral es que constituye un proceso lineal que culmina con las asombrosas facultades cognitivas de los humanos; los cerebros de otras especies modernas son representativos tan sólo de estadios preliminares. Tales  ideas han influido incluso en el pensamiento de neurocientíficos y psicólogos al comparar los cerebros de especies diferentes utilizadas en el estudio biomédico.» [Un mundo, múltiples mentes, Paul Patton, 2010]

En contra de esa idea sobre la superioridad humana, que nos permite creernos legitimados para disponer de las vidas de los otros animales, podemos objetar que los animales son individuos que tienen los mismos intereses básicos que nosotros y, por tanto, no hay razón que justifique supeditar o menospreciar esos intereses frente a los nuestros, dado que son los mismos intereses.

Los demás animales son seres conscientes y, por tanto, poseen intereses relativos a su propia supervivencia y bienestar. Los humanos y los otros animales sintientes no somos esencialmente diferentes en esta característica.

Si un ser puede sentir entonces es un sujeto, y no un objeto. Por esto, lo correcto es respetarlo como un sujeto y no tratarlo como si fuera una objeto que sólo tiene un valor instrumental para nosotros.

Además de ser iguales empíricamente en el hecho particular de que sentimos, también lo somos moralmente en lo que se refiere a la consideración que merecemos. Somos iguales en lo que se refiere al único requisito necesario y suficiente para ser incluido como miembro de la comunidad moral: la sintiencia.

27 de septiembre de 2015

Una reflexión sobre la importancia y lo importante


Existe la dudosa la idea de que hay unas injusticias más importantes que otras. Pero incluso aceptando que algunas injusticias fueran más importantes que otras, esto no justificaría que decidamos ignorar o incurrir en algunas de ellas con la excusa de que hay otras más importantes. Si supuestamente la violación fuera un crimen menos importante que la tortura ¿acaso esto justificaría que cometamos violaciones? Parece evidente que no.

Incluso si uno piensa que las injusticias cometidos sobre humanos son más importantes que las cometidas sobre otros animales ¿cómo justificaría esto que cometamos injusticias con otros animales que no son humanos? No lo justifica de ningún modo. Si en efecto es injusto que utilicemos a otros animales como medios para nuestros fines entonces no es relevante el hecho de que consideremos que haya otras injusticias supuestamente peores o más importantes que la explotación animal. 

Si pensamos que el asesinato es una injusticia más importante que escupir a alguien a la cara ¿justificaría esto acaso que escupamos a otra persona a la cara sólo por diversión? El grado de daño que causan ambas acciones no es el mismo. Pero la injusticia de tratar a alguien como si fuera un objeto que es la misma injusticia. Por eso razonamos que está mal actuar así. Es un error considerar a una persona como si fuera una cosa y actuar sobre ella como si careciera de voluntad y de intereses propios. Este error moral es lo que denominamos cosificación.

Cuando señalamos que una injusticia es menos importante que otras, lo que estamos queriendo decir a menudo es que para nosotros es menos importante porque nos afecta menos o porque nos importa subjetivamente menos. Sin embargo, esto no implica que sea menos importante desde un punto de vista imparcial.

A los otros animales que son víctimas de una injusticia les importa tanto proteger su vida y su bienestar como nos importa a nosotros proteger la nuestra. Esta perspectiva igualitaria, más acorde con lo que la ciencia nos muestra acerca de la sintiencia en los animales no humanos, desafía la creencia de que nuestra consideración moral hacia ellos debe ser menos importante que la que tenemos por otros humanos.

Además, la moralidad de una acción se determina racionalmente por criterios objetivos. Si otros animales desean vivir, proteger su vida y estar libres de sometimiento, ¿por qué sus intereses básicos van a ser menos importantes que los nuestros si se trata de los mismos intereses? Si aplicamos el principio de igualdad debemos tener en consideración moral la individualidad, el bienestar y la libertad de los otros animales al mismo nivel que nuestra individualidad, nuestro bienestar y nuestra libertad. Así lo explica el profesor Gary Francione:

«El principio de igual consideración representa un componente indispensable de toda teoría moral. Cualquier teoría que mantenga que resulta permisible tratar de diferente modo supuestos similares  no  puede  ser  calificada  como  teoría  moral  admisible  por  esta  sola  razón.  Aunque  puedan existir numerosas diferencias entre los seres  humanos  y  los  animales,  nadie  duda  en  reconocer que al menos existe una importante similitud: nuestra capacidad de sufrir. En este sentido,  humanos  y  animales  son  semejantes  entre  ellos  y  diferentes  del  resto  del  universo  que carece de sensibilidad. Para que la supuesta prohibición de causar sufrimiento innecesario a los animales posea algún significado, debemos  dar  igual  consideración  a  los intereses de los animales en no sufrir.» Gary Francione; Animales: ¿propiedad o personas? [2009]

La doctrina del «mal menor» —que afirma que está bien elegir o aceptar un mal si supuestamente es menor que otro— sirve en realidad para justificar cualquier mal con la excusa de que siempre hay, o podría haber, otro peor. Por tanto, no se trata de hacer una escala de males para usar los más graves como excusa para cometer aquellos aparentemente menos graves. Se trata de evitar todo mal que esté en nuestra mano poder evitar. Uno de esos males que todos podemos evitar es la explotación animal, es decir, considerar y tratar a los otros animales como si fueron recursos para los humanos. Lo opuesto a la explotación animal es a lo que denominamos veganismo.

Asumir el veganismo no significa menospreciar o cometer otras injusticias que afectan a seres humanos; tal y como en ocasiones se suele decir. Los Derechos Animales y los Derechos Humanos son posiciones compatibles y no excluyentes. De la misma manera que respetar y preocuparse por los niños no significa ignorar o menospreciar a los adultos. Incluso aunque alguien creyera de alguna manera que las injusticias cometidas sobre niños son más importantes, o más graves, que las cometidas sobre adultos eso no justifica que discriminemos o explotemos a los adultos.

Independientemente de la lista de prioridades que consideremos que se deberían afrontar, esa posición no nos impide dejar de explotar a los animales. Aunque consideremos que los problemas humanos tienen prioridad, ya fuera el hambre, la guerra, la pobreza, o cualquier otro, podemos afrontarlos sin necesidad de explotar a los animales. Podemos ayudar a otros humanos y al mismo tiempo respetar a los animales en un sentido muy básico, que es el de no participar en su explotación. Uno puede involucrarse en cualquier labor humanitaria a la vez que decide dejar de consumir animales. No son posiciones incompatibles. Uno puede creer que acabar con la pobreza es una prioridad pero eso no es incompatible con respetar a las mujeres, o a los niños, y no participar en su explotación, ¿cierto? No hay razón para no aplicar el mismo criterio a los otros animales. Como señala el filósofo 
James Rachels:

«Los seres humanos, son sólo una de las especies que habitan este planeta. Como los seres humanos, los animales también tienen intereses que se ven afectados por lo que hacemos. Cuando los matamos o los torturamos son dañados, así como los seres humanos son dañados cuando se les trata en esas formas. [...] Excluir de nuestra consideración moral a otros seres por su especie no está más justificado que excluirlas por su raza, nacionalidad o sexo. La imparcialidad exige la expansión de la comunidad moral no sólo a través del espacio y del tiempo, sino también a través de las fronteras entre las especies.» James Rachels; Introducción a la filosofía moral [2005]

No necesitamos utilizar a otros animales ni para comer, ni para vestirnos, ni para divertirnos ni para todo lo que implica vivir y tener una buena calidad de vida. Es así de simple. Todo el daño que les causamos por este motivo es innecesario, es evitable y, lo más importante, es injusto.

Si los demás animales importan moralmente, si reconocemos que ellos tienen un valor moral, y no son cosas con un valor utilitario, y si nos importa la ética y la justicia, entonces el veganismo es la única conclusión racional desde aquella premisa.

Quizás no haya nada más importante, desde el punto de vista moral, que comprender y asumir estas nociones básicas que son necesarias para comprender todas las injusticias que se producen cada día.

31 de marzo de 2015

¿Una elección personal?



En respuesta al argumento de que explotar animales es una elección personal, aunque ya hay un artículo del activista Robert Grillo que explica la naturaleza moral de esta objeción, en este ensayo vamos a añadir algunas aclaraciones específicas al respecto que no estarían reflejadas en aquel texto.

Primero; el asunto en sí mismo no suele aparecer bien expresado. Lo que consideramos personal puede ser todo lo referido a la persona. Decir «personal» no es un adjetivo muy esclarecedor. En su lugar, sería más correcto decir privado. Esto es, aquel aspecto que concierne exclusivamente al ámbito íntimo de la voluntad del individuo y que no tiene por qué estar sometido a criterios objetivos o imparciales.

Por ejemplo, elegir el color de las paredes de mi casa es una elección privada porque es algo que no tiene por qué depender de nada más aparte de mi propia voluntad individual. Se nos pueden ocurrir muchos ejemplos, pero lo importante es tener claro es que sólo es privado el ámbito que afecta exclusivamente a uno mismo.

Segundo; la costumbre de consumir animales, y de explotarlos en general, no es un asunto privado porque no es fruto de una decisión individual independiente sino que se trata de un hábito heredado como consecuencia de haber vivido en una determinada cultura: una cultura antropocentrista que considera que los demás animales son seres inferiores que existen para satisfacer las necesidades y deseos humanos.


Así, el hábito de consumir animales no es una práctica que hayamos elegido libremente desde un principio sino que nos ha sido inculcada desde la infancia. Sin embargo, sucede después que nuestra mente lo asume de forma inconsciente como si nosotros hubiéramos elegido voluntariamente esta conducta en algún momento de nuestra vida.


Tercero; alegar que no debemos entrar en esta cuestión porque es privada resulta ser una contradicción en los términos porque quienes consumen a otros animales están invadiendo y destruyendo el ámbito privado de esos animales al decidir utilizarlos. Si explotamos a otros animales esto implica violar su libertad y su vida para satisfacer nuestros deseos.

Si nosotros no queremos que nadie invada nuestro espacio privado, nuestro cuerpo y nuestra voluntad, sin nuestro consentimiento expreso, entonces, por lógica, ¿no deberíamos actuar bajo ese mismo criterio respecto de los otros individuos que tienen el mismo interés básicos en ser respetados? Al referirnos a otros individuos esto incluye necesariamente también a los otros animales, que no son humanos pero que sí son seres conscientes —individuos con su propio cuerpo y su propia voluntad.

Cuarto; la excusa de que no debemos cuestionar la moralidad de la explotación animal porque es una actividad que corresponde al ámbito privado no siempre la encontramos aplicada a la cuestión de la explotación animal. El mismo argumento se ha usado en el contexto humano para intentar reprimir la crítica contra aquellas prácticas que atentaban contra los derechos de humanos en situación vulnerable; tal es el caso de la violencia machista contra las mujeres, según explican Esperanza Bosch Fiol y Victoria  Ferrer Pérez:

«En cuanto a la violencia doméstica, su consideración como fenómeno privado ha propiciado que durante siglos se considerara, primero un derecho del marido y algo normal, y, posteriormente algo que 'desgraciadamente' sucedía en algunos hogares pero que formaba parte de la vida privada de las parejas y en lo que por tanto no había que intervenir.» Esperanza Bosch Fiol y Victoria A. Ferrer Pérez; «La violencia de género: De cuestión privada a problema social»

En el momento en que nuestras decisiones afectan a otros individuos entonces ya no estamos en el terreno de lo privado sino en el ámbito de la moral. Que yo prefiera pintar las paredes de mi casa en color azul no atenta contra los intereses de otros individuos. Ahora bien, si decido que quiero decorarlas con pieles de animales entonces estoy atentando contra los intereses de los animales que quiero usar para mi beneficio.

Muchos están de acuerdo en que nuestras elecciones personales deben ajustarse a la ética básica... excepto cuando se trata de los otros animales. Esta excepción es una consecuencia más del prejuicio que denominamos especismo.


16 de octubre de 2014

La falacia de la imposición



1. ¿Quién impone a quién?

Una de las objeciones contra el veganismo que más aparece expresada habitualmente es aquella que dice que «no tenemos derecho a imponer nuestras creencias o ideas a los demás» y se acusa a los veganos de querer imponer el veganismo a los demás. En este ensayo voy a intentar aclarar si semejante argumento tiene alguna legitimidad racional.

En primer lugar, resulta más o menos evidente comprobar que quienes alegan semejante objeción estarían de hecho incumpliendo su propio criterio, puesto que ellos imponen sus ideas antropocentristas sobre los demás animales, es decir, someten a millones de animales a ser utilizados para servirles de comida, vestimenta, transporte, o entretenimiento, entre otros fines. Pero los animales no han dado su consentimiento para ser instrumentalizados en nuestro beneficio, es decir, para ser explotados, y además esta explotación implica una violación inherente de sus intereses más básicos —el deseo de vivir, el deseo de evitar el daño y el sufrimiento— que todos los seres conscientes compartimos.

Esa contradicción sucede porque la mayoría de la gente asume de partida como válido el prejuicio especista que discrimina a los demás animales de la comunidad moral por el mero hecho de no ser humanos, a pesar de que la diferencia de especie no supone una diferencia en los intereses básicos. Afirmar que es correcto que los otros animales estén excluidos de la categoría de sujetos de consideración moral porque no son humanos significa tratar de justificar el especismo con un argumento especista. Lo cual es una petición de principio —una falacia que consiste en usar como argumento la misma tesis que se debe demostrar.

La verdad es que no obligamos a nadie a ser vegano contra su voluntad. En cambio, quienes participan en la explotación animal están obligando a los animales a estar sometidos a la esclavitud, siendo así víctimas de un abuso contra su libertad, su vida y su integridad física. Si alguien considera que es válido el principio de que no debemos imponer nuestros deseos y necesidades a otros individuos, entonces debería, por coherencia, dejar de utilizar a los demás animales. Así pues, la objeción de que «no debemos imponer nuestras ideas a los demás» conduce necesariamente al veganismo.

2. La moralidad de la imposición

Si quienes alegan esta objeción pretenden implícitamente manifestar que no existe tal cosa como una moralidad objetiva, un código de conducta universal que debamos acatar, entonces debo aclarar que estarían incurriendo en una contradicción que es inherente a cualquier postura relativista. Es decir, si uno pretende afirmar que no hay verdades o principios objetivos universales entonces estaría pretendiendo afirmar un principio universal y objetivo: estaría diciendo que hay una verdad universal que dice que no debemos imponer nada a los demás. He ahí la inconsistencia intrínseca al relativismo que lo refuta como un absurdo lógico.

Hay otra razón, además, que explica por qué criticar una postura ética alegando simplemente que quienes la proponen buscan imponer su punto de vista a los demás no puede ser una crítica válida ni razonable.

Preguntémonos lo siguiente: ¿qué significa estar en contra del racismo si no es, al menos en parte, pretender que dejemos de discriminar a otros individuos por su raza o amonestar en su conducta a aquellas personas que lo hacen? ¿No es esto, acaso, una imposición en contra de la conducta racista? Obviamente lo es. ¿No estamos coartando las libertades de los racistas y siendo intolerantes con sus ideas y acciones? Claro que sí. Ahora bien, ¿es esta imposición éticamente justificable? Ésa sería la pregunta acertada.

Por la misma razón, no es una crítica honesta ni válida juzgar que una ética de respeto a todos los animales busca restringir las acciones de los demás mediante la imposición, ya que la aplicación de toda postura ética incluye una imposición y una restricción en nuestra conducta.

No hay postura moral, política o legal que no pretenda de alguna manera imponer sus ideas a otros. La imposición no es una característica que distinga a unas doctrinas de otras, sino que es inherente a todas ellas. Lo razonable, por tanto, es preguntarse dos puntos elementales: [1] cuál tipo de imposición prescribe, y [2] cuál supuesta razón justificaría tal imposición.

Pongamos otro ejemplo de imposición que se suele alegar contra el veganismo: el hecho de que los veganos alimentan a sus hijos de forma vegana. Por hijos entendamos aquí a los hijos naturales o a los que han sido adoptados —ya sean humanos o no humanos. ¿Hay imposición? Bueno, si realmente la hay no sería esencialmente diferente a la imposición que todos los padres practican respecto de sus hijos.

Todos los padres dictan a sus hijos una serie de pautas de comportamiento, sobre todo y especialmente cuando no pueden valerse por sí mismos como seres responsables de su conducta. Estas normas existen  para beneficiar a los hijos, para asegurar su vida y su bienestar. De nuevo comprobamos que hablar meramente de «imposición» no nos aclara nada en absoluto acerca de la legitimidad de la imposición.

3. El veganismo no se fundamenta en la imposición

Ahora bien, si por imposición queremos referirnos correctamente a forzar a otros sin su consentimiento, o contra su voluntad, para satisfacer nuestros deseos, en ese caso creo necesario señalar que la dinámica del veganismo como movimiento social no puede basarse en la imposición sino en la concienciación educativa.

Cuando llevamos a cabo activismo educacional —y creo que afortunadamente cada vez más veganos se están inclinando por este tipo de activismo— no estamos imponiendo; estamos meramente informado, dialogando y concienciando a la gente Estamos difundiendo información que apela a la razón y la conciencia moral de las personas.

No obstante, si educar sobre veganismo fuera algun tipo de imposición, entonces no lo sería menos la práctica de adoctrinar a los niños en prejuicios especistas a través de la educación que recibimos desde la infancia. Luego resultaría que todos practicaríamos la imposición, y así volveríamos de nuevo al punto señalado anteriormente: ¿se justifica moralmente la imposición que pretendemos o que practicamos?

No conozco ningún argumento que justifique racionalmente la explotación que ejercemos sobre los animales. En cambio, sí hay razones que explican por qué el veganismo es una obligación moral; comenzando por algo tan elemental como el principio de igualdad.

Si los animales son individuos que poseen voluntad e intereses propios entonces no se puede justificar moralmente que les impongamos nuestra voluntad y nuestros intereses sólo porque obtengamos un beneficio de ello. ¿Por qué debemos respetar la individualidad, la voluntad y los intereses humanos pero no debemos respetar igualmente la individualidad, la voluntad y los intereses de los animales? Se trata básicamente de la misma individualidad, voluntad e intereses. La diferencia de de especie no puede justificar una discriminación en la consideración moral así como tampoco puede justificarlo la diferencia de raza o de sexo.


No puede ser ético, desde un punto de vista racional, que impongamos nuestros deseos y necesidades sobre otros animales que tienen los mismos intereses básicos que nosotros. Y es inexcusable que lo continuemos haciendo cuando es un hecho demostrado que podemos vivir saludablemente sin utilizar a los animales.

Como activista, no es mi intención inicial imponer nada a nadie, sino todo lo contrario: que nadie que sea responsable de sus actos imponga sus deseos personales a otros; es decir, que todos los agentes morales actuemos de forma éticaLa ética no es una imposición; no es algo externo que se cierne sobre nosotros, sino que es el fruto de nuestra propia razón moral.

11 de marzo de 2014

Especismo de las consecuencias



La falacia ad consequientam [dirigida a las consecuencias] consiste básicamente en intentar demostrar o refutar un argumento apelando a sus supuestas consecuencias, en lugar de rebatir la validez del argumento mismo. En esta misma falacia es en la que se basa la ideología del consecuencialismo: la idea de que el bien y el mal se determinan por las consecuencias de nuestros actos.

Expondré tres ejemplos muy habituales que se suelen alegar para intentar refutar la validez del veganismo apelando a la falacia consecuencialista:

1. Está bien que comamos animales porque de lo contrario moriríamos.

Ante ese argumento hay dos respuestas. Una enfocada a la validez empírica y otra a su validez formal.

En lo empírico: es un hecho que los humanos no tenemos necesidad nutricional de utilizar a otros animales para alimentarnosUna alimentación vegana, que esté bien planificada, nos aporta todos los nutrientes que requiere nuestro organismo. Por tanto, las circunstancias no nos abocan a la necesidad de usar a otros animales. El cultivo agrícola nos suministra todo los alimentos que necesitamos.  Sí, también la vitamina B12.

En lo moral: la necesidad no es una justificación ética. 

El hecho de que tengamos necesidades alimenticias no nos legitima en utilizar a otros animales –u otros humanos– para satisfacerlas, del mismo modo que el hecho de tener necesidades sexuales no nos justifica en utilizar a otros humanos –u otros animales– para satisfacerlas sin su consentimiento o a costa de vulnerar su vida o su libertad. 


Una justificación moral es un razonamiento que se deduce a partir de aplicar los principios éticos básicos. Estos principios son la igualdad [el principio de igual consideración] y el valor intrínseco.


El hecho de utilizar a alguien para nuestro beneficio sin su consentimiento o vulnerando sus intereses básico no se ajusta e estos principios sino que, al contrario, los viola flagrantemente.


Por tanto, si la única forma de evitar la muerte fuera usar a otros animales como comida esto seguiría siendo moralmente incorrecto, del mismo modo que si la única forma de tener relaciones sexuales fuera violar a alguien esto seguiría estando igual de mal. La necesidad nunca justifica éticamente ninguna acción.


Hay otro argumento que reza así:

2. Si nos hacemos veganos entonces la civilización humana se colapsará y desaparecerá.

No hay prueba alguna de que el veganismo suponga una amenaza a la civilización humana. Nadie ha demostrado tal cosa. Ese argumento también se usó en el pasado para intentar atacar la emancipación de los esclavos humanos o el reconocimiento de igualdad de derechos a la mujer. Tanto los esclavistas como los defensores del patriarcado afirmaban que abolir la esclavitud y el sometimiento sobre las mujeres supondría, como consecuencia, el caos y la desaparición de la sociedad civilizada.

En relación con este argumento se suelen alegar a menudo toda clase de disparates como, por ejemplo, afirmar que si dejamos de comer a otros animales entonces su sobrepoblación invadiría el planeta y no nos dejaría espacio a nosotros. La asombrosa estulticia de tal pensamiento se evidencia al darnos cuenta de que la gran mayoría de animales que usamos para comida son traídos al mundo por los propios humanos. La utilización de animales para alimento –o para vestimenta– se produce mediante un sistema de cría que de forma sistemática embaraza forzosamente a las hembras para que nazcan más animales a los esclavizar y consumir. Nosotros los criamos para luego comerlos.

Hay otro argumento que afirma que si dejamos de usar animales –y todos comemos sólo vegetales– entonces no habrá suficiente terreno cultivable para alimentar a toda la población.  Sin embargo, los cálculos evidencian justo lo contrario. Aplicando el principio del veganismo al ámbito de la alimentación resulta que necesitaremos menos terreno de cultivo para alimentar a la humanidad. Entre otras cosas, por la sencilla razón de que en un mundo vegano ya no habría miles de millones de no-humanos esclavizados a los que tenemos que alimentar.


Existe un tercer argumento muy recurrente que se expresa en esta forma:

3. Está bien que utilicemos a los animales para hacer experimentos con ellos porque esto nos beneficia a los humanos.

Como ya vimos en el primer ejemplo, resulta que los beneficios no pueden justificar moralmente una acción. Además, si el beneficio fuera un argumento moral entonces cualquier cosa que nos beneficiara sería éticamente correcta. Pero eso es el egoísmo; no la ética. La ética no tiene que ver con el beneficio, ni con el placer o la felicidad, sino con el deber de hacer lo que es objetivamente correcto. O como diría Immanuel Kant: «La moral es en sí una práctica en sentido objetivo —es la totalidad de las leyes obligatorias sin condición según las cuales debemos actuar.» [La Paz Perpetua, Apéndice I, 1795]

Si vamos a actuar de acuerdo simplemente a lo que nos resulta provechoso entonces no tiene sentido que hablemos de la moral como si fuera un ámbito singular. Hay muchas cosas que sabemos que nos benefician y al mismo tiempo sabemos que no sería correcto hacerlas. No son correctas porque hacerlas supone dañar intencionadamente a otros individuos, ignorar sus intereses o tratarlos como objetos

Por último, antes de finalizar quisiera señalar tres puntos importantes acerca de esta falacia:

Primero; aunque los argumentos centrados en las consecuencias fueran empíricamente ciertos, no invalidarían sin embargo el veganismo. Si los argumentos éticos que fundamentan intrínsecamente el veganismo son correctos entonces no es moralmente relevante qué supuestas consecuencias conlleve el adoptarlos en la práctico. Lo contrario sería incurrir en una falacia. De todos modos, las objeciones contra el veganismo basadas en sus supuestas consecuencias negativas son empíricamente falsos.

Segundo; es importante no confundir las consecuencias con las implicaciones. Por ejemplo, asesinar a alguien no está mal porque tenga como consecuencia posterior la muerte sino porque implica la intención de destruir la vida de alguien para nuestro beneficio u objetivo. Esa intención destructiva no es una consecuencia derivada sino un hecho implícito al propio acto de asesinar. A veces se produce cierta confusión entre las implicaciones y las consecuencias. 

Tercero; seguro que más de uno al leer este texto pensará: «Ah, en ese caso, es lícito que actuemos sin tener en cuenta las consecuencias». Pero ese pensamiento está errado puesto que no hay nada de inapropiado en preocuparse por las consecuencias. 


Por ejemplo, si entendemos que el veganismo es lo correcto, entonces debemos llevarlo a cabo porque es un imperativo moral. Las consecuencias que pudiera traer no son relevantes para determinar nuestra obligación obligación moral. No obstante, es bien legítimo que nos informemos sobre cómo aplicar el veganismo de forma que no conlleve innecesarias consecuencias negativas para nosotros.


Si el veganismo es correcto entonces lógicamente la explotación sobre los animales es un error moral y debe dejar de existir, más allá de las consecuencias que pudiera acarrear su desaparición.


Ni las verdades de hecho [verdades empíricas] ni las verdades de razón [verdades lógicas] dependen de la consecuencias que tengan para nosotros el reconocerlas en su veracidad.


Es una verdad de hecho que todos somos mortales, independientemente de las consecuencias negativas que eso implique. Esto es una verdad empírica.

Del mismo modo, es una verdad moral que no debemos tratar a los sujetos como si fueron objetos. Esto es una verdad ética, pues la ética racional se fundamenta en la lógica

La corrección ética funciona independientemente de que sus consecuencias nos gusten o nos beneficien o nos perjudiquen. Aunque esto no implica, como ya señalé anteriormente, que no podamos o no debamos preocuparnos por evitar consecuencias perjudiciales innecesarias, dentro de los límites de la ética.

Por tanto, no estoy sugiriendo que las consecuencias no se deban tener en cuenta. Sin embargo, nunca pueden ser evaluadas al mismo nivel que las intenciones o las implicaciones de los actos. No están en la misma categoría.


Las consecuencias de una acción no pueden servir para juzgarla. Un acto puede tener innumerables consecuencias diferentes, muchas de ellas involuntarias. 


No podemos controlar las consecuencias de un acto; pero sí podemos controlar lo que hacemos y las intenciones con las que actuamos. Lo que determina la moralidad de un acto es lo que implica el acto en sí mismo y la intención con la que se lleva a cabo. Porque esto es lo que pertenece a nuestra ámbito de decisión; no las consecuencias.