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17 de noviembre de 2022

»Psicología y objetivos a largo plazo en el activismo vegano«

El siguiente texto es un extracto del libro Motivational Methods for Vegan Advocacy: A Clinical Psychology Perspective escrito por el psicólogo clínico Casey Taft.

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Una gran cantidad de investigaciones en el campo de la motivación demuestran la importancia de establecer objetivos a largo plazo. [1] Cabe destacar que los objetivos no tienen por qué ser fáciles de alcanzar a corto plazo. De hecho, la premisa subyacente de la ampliamente estudiada y empíricamente apoyada »Teoría del establecimiento de objetivos« [2], [3] es que los objetivos específicos y difíciles conducen a un mayor cambio de comportamiento. Además, este conjunto de pruebas indica que cuando nos limitamos a pedir a los demás que 'hagan lo mejor que puedan', esto conduce a un menor cambio de comportamiento porque es difícil que uno se comprometa a autoevaluar su propio cambio sin un objetivo claro. [4]

Por supuesto, una de las primeras cosas que cualquier psicólogo clínico discutirá con un nuevo paciente durante la visita inicial es el establecimiento de objetivos a largo plazo. Cuando se trabaja con pacientes violentos, los clínicos promueven el objetivo final de ser y permanecer completamente no violentos. Un terapeuta nunca establecería un objetivo a largo plazo de acabar sólo con algo de violencia, o de acabar sólo con la violencia física pero no con la psicológica. Una vez que se establece el objetivo principal a largo plazo, se anima al paciente a idear formas de lograr ese objetivo a largo plazo, como una mejor comunicación y herramientas y estrategias para manejar de forma más eficaz las situaciones que provocan la ira.

Todos los grandes grupos animalistas se esfuerzan por llegar a los no veganos atrayéndolos con alternativas sin carne, promoviendo campañas de »Lunes sin carne«, reduciendo el consumo de carne, etc., pero les falta el componente más importante de cualquier estrategia de cambio de comportamiento: un objetivo final claramente definido. Es sorprendente la poca frecuencia con la que el veganismo es un objetivo declarado en los esfuerzos de defensa de los animales. ¿Cómo podemos esperar que la gente se haga vegana a gran escala y minimice todas las formas de violencia hacia los animales si rara vez es el objetivo de los esfuerzos destinados a cambiar el comportamiento? Nos será muy difícil engañar a la gente para que se haga vegana sugiriéndoles que reduzcan la carne u ofreciéndoles comida vegana sabrosa, y no hay pruebas de que este método sea eficaz para efectuar un cambio medible a largo plazo. Si queremos acabar con la violencia innecesaria hacia los animales y vemos ese objetivo como una cuestión de justicia social, entonces el veganismo debería ser lo que defendiéramos sin reparos. Sólo hay que imaginar una campaña contra la violencia doméstica que promueva »lunes sin maltrato« o »maltrato más humanitario« para ver cómo algunos métodos de persuasión utilizados para la defensa de los animales no son lógicos desde el punto de vista del cambio de comportamiento o la justicia social.

Ningún otro método de cambio de comportamiento —o movimiento de justicia social, para el caso— ha sufrido tal falta de un objetivo final claramente identificado. Si sugiriera a mis pacientes que una simple reducción de su violencia hacia las mujeres, o la utilización de menos estrategias de abuso, es aceptable y encomiable como objetivo final, estaría causando un gran perjuicio a las víctimas y debería perder mi empleo. Cuando trabajo con quienes ejercen la violencia, trabajamos juntos para establecer el objetivo de no ser violentos. Una vez más, si queremos que cambie un comportamiento concreto, acabar con la violencia y ayudar a los afectados, tenemos que tener claro cuál es ese comportamiento y por qué debe cambiar.

Reducir el consumo de carne y secreciones animales es un paso en la dirección correcta siempre que esta reducción forme parte de un esfuerzo por ser vegano. Si queremos promover un cambio real, deberíamos apoyar estos avances tanto como podamos, siempre que tengamos cuidado de no comunicar la idea de que algún uso de animales es moralmente justificable. Estos deben ser vistos como pasos hacia el veganismo más que como fines en sí mismos. Así que, para ser claros, apoyar a otros que trabajan para reducir el consumo de productos animales no es necesariamente una mala defensa desde la perspectiva del cambio de comportamiento, siempre y cuando esta reducción sea parte de una estrategia con el objetivo de volverse vegano, y no simplemente reducir el uso de animales como un objetivo final.

Aquí es donde los principales grupos animnalistas se equivocan fundamentalmente. Nunca debemos comprometer el mensaje vegano sugiriendo que algo menos que el veganismo es aceptable o ético como objetivo final. Esto hace un gran daño al movimiento y a aquellos que intentan promover el veganismo y el fin de todo uso de animales. Nunca es necesario debilitar nuestro mensaje, ya que toda la ciencia nos dice que tener objetivos claros a largo plazo es la mejor manera de facilitar la motivación y ayudar a provocar un cambio de comportamiento. Nuestro objetivo debe ser trabajar para motivar a la gente a hacerse vegana; entonces, una vez que se hayan comprometido a hacerlo, podemos ayudarles a dar los pasos necesarios para conseguirlo. Esa es una verdadera estrategia de cambio de comportamiento.

Muchos activistas y organizaciones animalistas temen promover el veganismo como objetivo final porque creen que si son demasiado insistentes perderán a la gente por completo. Éste es probablemente uno de los principales factores por los que no se ha producido un cambio cultural más amplio hacia el veganismo. De hecho, es posible -y óptimo- establecer claramente el objetivo de acabar con la violencia hacia los animales y trabajar con los no veganos de forma productiva y no agresiva para producir un cambio de comportamiento.

Muchos de nosotros, yo incluido, tardamos muchos años en hacernos veganos, y pasamos de reducir el consumo de animales a hacer la transición a una dieta basada en plantas y luego al veganismo. Algunos argumentan que, puesto que ellos adoptaron un enfoque gradual, esto es lo que deberíamos defender para los demás. Sin embargo, lo que no tienen en cuenta es que si hubieran recibido mensajes veganos claros para acabar con el uso de animales, podrían haberse hecho veganos mucho antes y haber evitado la muerte de muchos más animales. Cuando abogamos por el veganismo como objetivo final, la gente reducirá naturalmente su consumo de animales, pero probablemente lo hará a un ritmo más rápido y acabará haciéndose vegana. Algunos se volverán literalmente veganos de la noche a la mañana.

Algunos activistas animalistas también pueden argumentar que es simplemente más eficaz pedir a la gente que reduzca el uso de animales en lugar de pedirles que se hagan veganos. Es importante tener en cuenta que no hay absolutamente ninguna evidencia científica para tales afirmaciones, y esta perspectiva no se basa en ningún fundamento teórico sólido para el cambio de comportamiento a largo plazo. De hecho, estas nociones ignoran una gran cantidad de datos que demuestran que es importante establecer objetivos claros a largo plazo que impliquen una verdadera discrepancia entre ese objetivo y el comportamiento actual. [5] En otras palabras, es contraproducente conformarse con un objetivo fácil de alcanzar en el que el individuo probablemente cambiará sin nuestra intervención, cuando podríamos estar ayudando a establecer objetivos a largo plazo más desafiantes a los que aspirar, y que representarían un verdadero cambio conductual interno.

Puede que aún te preguntes: »Todo eso suena bien, pero ¿qué pasa si la persona con la que me comunico se niega a comprometerse a ser vegano?«. Mi respuesta es que yo esperaría que la otra persona no se comprometiera a ello cuando comiences a hablar de veganismo con ella en particular. Sin embargo, su resistencia a comprometerse con el veganismo no significa en absoluto que sea una causa perdida. Es posible que tu comunicación con ellos haya contribuido a estimular algunas reflexiones sobre el tema, y tal vez les abra la puerta a tener una discusión de seguimiento o a realizar alguna investigación por su cuenta. Pocas personas se vuelven veganas después de una interacción concreta, y no debemos presionarnos demasiado para que otros se vuelvan veganos después de cualquier interacción. Todo lo que podemos hacer es ayudarles a acercarse a la elección del veganismo, pero no podemos obligarles a cambiar, y no debemos emplear tácticas desesperadas como pedirles que reduzcan su uso de animales en lugar de promover el veganismo, porque es menos conducente al cambio a largo plazo.

También debemos tener en cuenta nuestro objetivo final más amplio a nivel social en nuestros esfuerzos de activismo. Si nuestro objetivo es, en última instancia, convencer a la población mundial de que debemos acabar con todo el uso de animales, deberíamos tratar el veganismo como una cuestión de justicia social y no deberíamos animar a otros a seguir pensando en los animales como productos que podemos seguir consumiendo con moderación. Debemos tener cuidado de que nuestra defensa de los animales no perpetúe las opiniones opresivas sobre los animales no humanos, lo que en última instancia iría en su detrimento.

[1] Mitchell, T., & Daniels, D. (2003). “Motivation” in W. Borman, D. Ilgen, J. Klimoski (Eds.), Comprehensive Handbook of Psychology: Industrial Organizational Psychology (Vol. 12, 225-254). New York, NY: Wiley.

[2] Locke, E., & Latham, G. (1990). A Theory of Goal Setting and Task Performance. Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.

[3] Locke, E. A., & Latham, G. P. (2002). “Building a practically useful theory of goal setting and task motivation. A 35-year odyssey.” American Psychologist, 57, 705-717. http://dx.doi.org/10.1037/0003-066X.57.9.705.

[4] Kanfer, R. (1990). “Motivation theory and industrial and organizational psychology” in M. D. Dunnette & L. M. Hough (Eds.), Handbook of Industrial and Organizational Psychology (2nd ed., vol. 1, 75-170). Palo Alto, CA: Consulting Psychologists Press.

[5] Locke, E. A Theory of Goal Setting.

Texto original en inglés: 

Psychology and Long-Term Goals in Vegan Advocacy

13 de abril de 2020

La racionalización y el uso de animales


Por lo general, los seres humanos necesitan tener una razón que justifique lo que hacen. Nuestra propia naturaleza racional nos exige conocer los motivos y objetivos en nuestras acciones. Si bien desde la infancia nos inculcan la idea de que los animales son seres inferiores —así como nos habitúan a utilizarlos— aun después de haber incorporado esta mentalidad buscamos las razones que justifiquen lo que hacemos. Es aquí cuando aparece la racionalización. Nuestra conciencia moral en particular necesita que haya una razón que justifique el daño que infligimos a otros. Infligir daño a otros individuos de manera gratuita repugna a nuestro sentido moral.

Una investigación liderada por el doctor Jared Piazza, del departamento de psicología de la universidad de Lancaster, señala que los consumidores de carne que asumen racionalizaciones para su conducta se sienten menos culpables respecto del daño que infligen a los animales. La investigación encontró que la racionalización de sus hábitos se basa principalmente en cuatro argumentos que en inglés comienzan con la letra ene: natural, normal, necessary and nice [natural, normal, necesario y delicioso] abreviados como 4N.

Estos cuatro argumentos son bien conocidos en este blog y se resumen así:

* Natural: los humanos son omnívoros.

* Necesario: comer carne es necesario para obtener nutrientes.

* Normal: hemos crecido comiendo animales y la mayoría hace lo mismo.

* Placentero: comer carne es delicioso.

El doctor Piazza explica que las objeciones éticas contra el consumo de carne son las que han motivado la aparición de estas justificaciones, como un intento de evitar el sentimiento de culpa y la inevitable condena moral que supone infligir daño a los animales sin una razón que lo justifique. También apunta a que la adhesión a las 4N viene asociada a un desprecio a la capacidad mental de los animales y una mayor tolerancia a la desigualdad social en la propia sociedad humana.

Estos resultado coinciden con los de otros estudios sobre psicología social que han mostrado que las personas que consumen carne tienden a menospreciar la sintiencia específicamente en aquellos animales que utilizan de comida; llegando a negar incluso que sufren. La mente usa mecanismos psicológicos para evitar el conflicto moral con nuestros hábitos. Preferimos pensar que los animales no sienten o no sufren porque así nos quedamos más tranquilos y no desafiamos la moralidad de nuestra propia conducta.

La investigación liderada por Piazza, centrada en la psicología moral, ha ido más allá del consumo de animales y expone cómo la estrategia de las 4N también es aplicada para intentar justificar el resto de uso de animales, y no sólo al consumo de carne. La aplicación de las 4N varía según el uso del que se trate. En áreas como el mascotismo, la vestimenta o la equitación, el argumento de la necesidad prevalece mucho menos frente al argumento del placer. Sólo en la alimentación y la investigación médica, la mayoría alega que sea necesario utilizar animales.

Hay que tener en cuenta que el defecto previo de la racionalización está en en el hecho de ser un falacia ad hoc, es decir, un argumento que postulamos después de haber ejecutado un comportamiento; intentando aparentar que ese argumento está en la causa de nuestro comportamiento cuando en realidad se trata de un argumento surgido posteriormente para intentar justificar lo que hacemos. Por ejemplo, alguien puede alegar que come animales porque es placentero. Pero ésa no es la causa por la que tiene esa costumbre. Come animales porque fue educado para ello desde niño. El placer puede ser un refuerzo pero no es la causa inicial. Aparte de que en realidad nunca tomó la decisión de comer animales sino que se limitó a continuar un hábito adquirido durante la educación y la socialización en la que estuvo involucrado desde su infancia.

La racionalización es un razonamiento aparente que pretende encontrar un argumento pero no pretende encontrar la verdad. Cuando digo verdad me refiero a la concordancia con la evidencia empírica y los principios de la lógica. Por ejemplo, todavía se sigue diciendo que comer animales es necesario por motivos de salud a pesar de que la evidencia científica indica que no es así. Además, la necesidad no justifica moralmente hacer daño a otros cuando los otros no tienen culpa de nuestra necesidad. El hecho de que necesitemos comer no justifica que utilicemos a otros individuos de comida.

Creo importante destacar que el estudio publicado por Piazza y su equipo también señala que junto a las 4N aparece otra racionalización a la que denominan "tratamiento humanitario", esto es, la creencia de que está bien utilizar animales si les proporciona un trato relativamente confortable. En el contexto de la filosofía animalista denominamos a esta idea como bienestarismo. Ahora bien, no es el único argumento que se añade a las 4N, puesto que el estudio también reconoce que los encuestados apelan a la creencia de que la vida humana tiene un mayor valor moral que la vida animal. Esta posición ideológica, además de encuadrarse en el especismo, puede ser catalogada dentro del gradualismo.  Y aun así, faltaría otra racionalización más, a la que en el estudio se refieren como *el argumento de la 'sostenibilidad*, esto es, la idea de que el uso de animales resulta más ecológico que la opción de no utilizarlos. Así pues, al final tendríamos 7 argumentos principales en total.

El trabajo del doctor Piazza expone el papel relevante que tiene el factor ideológico en el mantenimiento de prejuicios y hábitos en la sociedad. Frente a la teoría de que la dominación humana es principalmente un problema estructural, la investigación académica muestra la gran importancia  que tiene el aspecto psicológico. A mi modo de ver, esto avala la posición que defiende que el activismo educacional debe ser el foco principal y prioritario de nuestros esfuerzos si lo que buscamos es un cambio profundo en nuestra manera de relacionarnos con los otros animales.

28 de febrero de 2018

«Psicología del especismo: Cómo privilegiamos a unos animales sobre otros»


El especismo ha sido un fenómeno estudiado hasta ahora casi de forma exclusiva en el campo de la filosofía. A partir de la publicación en el año 1975 del libro «Liberación Animal» de Peter Singer, ha aparecido una muy profusa bibliografía filosófica sobre esta noción, y sobre la cuestión animalista en general, especialmente en el ámbito de lengua inglesa, aunque cada vez encontramos más publicaciones en otros idiomas.

Sin embargo, fuera del ámbito estricto de la filosofía sólo muy ocasionalmente han aparecido otros enfoques de estudio sobre el especismo. Así, ha sido analizado desde la jurídica por parte de Gary Francione, desde la sociología por parte de David Nibert y de Bob Torres,  y de Roger Yates, desde la biología por parte de Richard Dawkins y de Marc Bekoff, desde la historiografía por parte de Charles Patterson y de Marjorie Spiegel, desde la filología por parte de Joan Dunayer, desde la antropología [o antropozología] por parte de Hal Herzog, desde la teología por parte de Andrew Linzey. Estas menciones no aspiran a exponer una lista exhaustiva sino sólo reunir algunos ejemplos representativos. Creo que, incluso abarcando todos los documentos no filosóficos enfocados sobre el especismo, estaríamos de acuerdo en que apenas representan un minúsculo ámbito de investigación en comparación con el ingente volumen de la publicación filosófica.

Otra de las disciplinas de conocimiento que brilla por su ausencia en el estudio del especismo es la psicología. Curiosamente, fue un psicólogo, Richard Ryder, el primer académico en percatarse de la existencia de este prejuicio y acuñar el propio término que lo señala. Esta falta de atención por parte de la psicología académica es denunciada por Lucius Caviola en este ensayo titulado «The Psychology of Speciesism: How We Privilege Certain Animals Over Others», el cual he podido traducir aquí con el permiso de su autor, y que representa un resumen introductorio de un artículo académico del propio Caviola publicado de forma conjunta con otros especialistas. Creo que el enfoque psicológico es muy importante para afrontar el problema del especismo. Caviola y sus colegas han realizado un buen trabajo, aunque apenas iniciático, que debilita gravemente la posición de aquellos que niegan la propia existencia del especismo, y  pienso que es una excelente noticia que el estudio sobre el especismo continúe vivo y extendiéndose en todos los ámbitos.

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Psicología del especismo: Cómo privilegiamos a unos animales sobre otros

Lucius Caviola

Febrero 2018

Nuestra relación con los animales es compleja. Hay algunos animales a los que tratamos muy amablemente; los mantenemos como mascotas, les damos nombres, y los llevamos al veterinario cuando enferman. A otros animales, en contraste, parece que no merecen ese estatus privilegiado; los usamos como objetos para consumo humano, comerciamos con sus vidas, los usamos como sujetos involuntarios en experimentos, como equipamiento industrial, o como fuente de entretenimiento. Los perros tienen un mayor valor que los cerdos, los caballos valen más que las vacas, los gatos valen más que las ratas, pero de lejos la especie más valiosa es la nuestra propia. Los filósofos han denominado este fenómeno de discriminar individuos según su asignación a una especie como especismo [Singer, 1975]. Algunos de ellos han argumentado que el especismo es un prejuicio análogo al racismo o al sexismo.

No obstante, si el especismo existe realmente y la manera en que esté relacionado con otras formas de prejuicio no es sólo una cuestión filosófica. Fundamentalmente, hay hipótesis sobre la psicología humana que pueden ser exploradas y testadas empíricamente. Sin embargo, el especismo ha sido casi enteramente ignorado por los psicólogos —excepto algunos pocos. Hay apenas unas 30 publicaciones en los últimos 70 años acerca de este tema según revela una búsqueda en Web of Science de los términos especismo y relaciones humano-animal en todas las publicaciones de psicología. Aunque esta búsqueda podría no ser totalmente exhaustiva, palidece en comparación con las casi 3000 publicaciones sobre la psicología del racismo en el mismo marco de tiempo. El hecho de que la psicología se haya desinteresado por el especismo resulta extraño, teniendo en cuenta la relevancia de la cuestión —todos interactuamos con los animales o comemos carne—, la prevalencia del tema en la filosofía, y la especial atención que pone la psicología en los otros tipos de aparente prejuicio. Investigar sobre cómo asignamos un estatus moral a los animales debería ser un tema obvio de investigación por parte de la psicología.

Junto con mis colegas Jim A.C. Everett y Nadira S. Faber, publicamos recientemente un artículo sobre el especismo en el Journal of Personality and Social Psychology [Caviola, Everett, & Faber, 2018]. Nuestro propósito era establecer el especismo como un tema en el terreno. Para ese fin, desarrollamos una Escala de Especismo: un instrumento de medida estandarizado, validado y fiable que permita evaluar hasta qué grado una persona asume perspectivas especistas. Nuestra investigación muestra que de hecho existe un singular constructo psicológico —el especismo— que determina hasta dónde discrimina la gente a los individuos de acuerdo a su pertenencia a una especie. Este constructo no es captado por otras medidas de prejuicio o prosocialidad y muestra algunas características interesantes.

Nuestra investigación muestra que los filósofos estaban en lo correcto cuando establecieron una analogía entre el especismo y otras formas de prejuicio. El especismo tiene una correlación positiva con el racismo, el sexismo, la homofobia, y parece sostenido por las mismas creencias socio-ideológicas. Al igual que el racismo y el sexismo, el especismo parece ser la expresión de una Orientación Social Dominante: la creencia ideológica de que la desigualdad puede ser justificada y que los grupos más débiles deben ser dominados por los grupos más fuertes [Dhont, et al., 2016]. Además, el especismo tiene una correlación negativa tanto con la empatía como con el pensamiento abierto. Los varones son más proclives a ser especistas que las mujeres. Sin embargo, no hay correlaciones con la edad o la educación.

El especismo también se manifiesta en la conducta en el mundo real. En nuestro estudio, el especismo predecía cuáles personas era más proclives a ayudar a los humanos antes que a los animales, o a los animales "superiores" antes que a los "inferiores". Por ejemplo, si existe la opción de donar a caridad para ayudar a perros o gatos, la gente es más proclive a ayudar a los perros que a los cerdos de acuerdo a su mayor puntaje en especismo. De manera similar, las personas que puntuaban más alto en especismo eran más proclives a ayudar a la gente sin hogar que a ayudar a establecer derechos básicos para los chimpancés. Finalmente, el especismo está relacionado con el vegetarianismo ético. Aunque el estudio muestra que no todos los que rechazan el especismo creen que comer carne sea incorrecto, observamos que las personas con mayor puntaje en especismo tendían a preferir un producto cárnico antes que un producto vegetariano.

Los críticos con el concepto de especismo a veces argumentan que la razón por la que nos preocupamos menos por los animales no es debido a la pertenencia a una especie en sí misma sino debido a que los animales no son inteligentes o no son capaces de sufrir al mismo nivel que los humanos. No obstante, nuestra investigación muestra que esa objeción no se sostiene. Es cierto que la gente percibe a los animales o a los animales "inferiores" como menos inteligentes o menos capaces de sufrir que los humanos o los animales "superiores". Sin embargo, en nuestro estudio, las creencias de la gente sobre los niveles de inteligencia de los individuos y su capacidad de sufrir sólo explica una pequeña parte de su conducta dirigida hacia ellos. De lejos, la explicación más sólida sobre el comportamiento de la gente es el especismo en sí mismo. Por ejemplo, incluso aunque la gente sabe que perros y cerdos poseen una inteligencia aproximadamente similar y una similar capacidad de sufrir, siguen mostrándose más proclives a ayudar a los perros que a los cerdos. Y cuando se les pregunta a quién elegirían ayudar entre un chimpancé y un ser humano que tuviera una severa discapacidad mental, la gente es más proclive a ayudar al ser humano que al chimpancé, incluso si creen que el chimpancé es más inteligente y más capaz de sufrir que el ser humano. Esto claramente sugiere que la pertenencia del individuo a una especie es en sí mismo un elemento clave en el modo en que valoramos, percibimos y tratamos a un individuo.

¿Qué podemos hacer con estos hallazgos psicológicos? Es importante señalar que esta investigación es puramente descriptiva. Esto nos dice sobre todo que el especismo es una realidad psicológica y que se muestra en nuestras actitudes, emociones y conductas respecto de los animales. Así como los filosófos han argumentado, el especismo es en efecto psicológicamente análogo a otras formas de prejuicio. Lo que queramos hacer con estos hallazgos es una cuestión moral aparte. Si consideramos que el racismo es incorrecto, y sabemos que el especismo y el racismo están psicológicamente relacionados, esto podría motivarnos a cuestionar si el especismo no debería ser considerado igualmente incorrecto. En todo caso, apenas acabamos de empezar a comprender los aspectos psicológicos del especismo. Con suerte, más investigadores comenzarán a reconocerlo y ayudarán a explorar este fenómeno en una manera más profunda.

Caviola, L., Everett, J.A.C., Faber, N.S. (In Press). The Moral Status of Animals: Towards a Psychology of Speciesism. Journal of Personality and Social Psychology.

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POSDATA 30 diciembre de 2020

Un reciente estudio llevado a cabo por Matti Wilks, Lucius Caviola, Guy Kahane y Paul Bloom, de las universidades de Yale, Oxford y Harvard, revela que la tendencia por priorizar la vida de los humanos frente a la de otros animales es mucho más débil en los niños de entre 5 y 9 años que en los adultos. Los resultados sugieren que las inclinaciones antropocéntricas son de aparición tardía y de naturaleza fundamentalmente social:

«¿Es posible que la propensión a elegir a los seres humanos por encima de los animales a la hora de salvar a cualquiera de los dos se desarrolle más tarde en los niños? Según un reciente estudio de Matti Wilks y sus colegas publicado en Psychological Science, la respuesta a la pregunta anterior es, sí. Dos estudios pre-registrados en niños de entre 5 y 9 años y adultos (N = 622) mostraron que los niños tenían una menor propensión a priorizar a los humanos sobre los animales que los adultos. En los estudios, se presentaron a los sujetos dilemas de toma de decisiones morales, en los que se enfrentaba a varios seres humanos con varios animales (ya sea perros o cerdos), y se les pedía que decidieran a quién salvar. Se encontró que en ambos estudios los niños mostraron una menor propensión, en comparación con los adultos, a priorizar a los humanos sobre la seguridad de los perros tanto como salvar a 100 perros y 10 cerdos por encima de un humano. Esto demuestra que los niños consideraban la vida de un perro tan importante como la vida de un humano. Sin embargo, casi todos los adultos eligieron salvar la vida de un humano sobre 100 perros o cerdos. Según los autores, sus hallazgos revelan que la idea de que los humanos son más valiosos que los animales se adquiere mucho más tarde en el proceso de desarrollo y podría ser el resultado del aprendizaje social.» Wilks, M., Caviola, L., Kahane, G., & Bloom, P. (2021). Children prioritize humans over animals less than adults do. Psychological Science, 32(1), 27-38. https://doi.org/10.1177/0956797620960398

16 de abril de 2017

Nuestras excusas para explotar animales


En un artículo de la revista Investigación y Ciencia titulado «La paradoja de comer carne», escrito por Marta Zaraska, se expone la paradoja de que la gran mayoría de la gente está de acuerdo en que no debemos hacer daño a los animales sin necesidad, o sin una razón suficiente que lo justifique, pero al mismo tiempo participan en actividades que implican dañar intencionadamente a los animales y que no se pueden excusar apelando a la necesidad ni se pueden justificar desde un criterio moral.

Para intentar explicar esta paradoja, Zaraska recurre al análisis psicológico, en concreto señala el fenómeno conocido como disonancia cognitiva:

«Las personas que comen animales pero que también los aman y no quieren hacerles daño experimentan disonancia cognitiva, un estado de tensión que se origina al mantener o actuar conforme a creencias mutuamente incompatibles.

Aunque la solución más fácil para vencer la disonancia cognitiva sería cambiar de comportamiento, el vegetarianismo constituye una opción minoritaria. La mayoría de los amantes de los animales encuentran otros caminos para superar el dilema.

Estrategias psicológicas como la evitación, la disociación y el cambio de conducta percibido permiten que muchas personas dejen atrás su angustia y coman carne.»

Un lector, llamado Dough Griffith, expuso un comentario de respuesta en la misma revista que decía así:

«La lectura del artículo «La paradoja de comer carne» [por Marta Zaraska, Mente y Cerebro n.o 81, 2016] me ha parecido bastante interesante, sobre todo la información relacionada con las técnicas que empleamos los carnívoros para reducir nuestro dilema cognitivo respecto a los animales que cuidamos en casa. Creo, sin embargo, que la autora ha omitido una estrategia que yo empleo. En concreto, se trata de plantearse que esos animales no estarían vivos si no fuera por los consumidores de productos cárnicos. Su vida y su carne se perderían si no nos los comiéramos. Por otra parte, está claro que la crianza y matanza de estos animales deben estar estrictamente reguladas, no solo para que su corta vida sea más confortable, sino también para proteger la salud de los humanos.»

Me pareció que podría ser esclarecedor exponer algunas observaciones al respecto de este comentario.

En primer lugar, Griffith dice que "esos animales no estarían vivos si no fuera por los consumidores de productos cárnicos. Su vida y su carne se perderían si no nos los comiéramos." Pero esto es exactamente lo mismo que argumentar que estaría bien criar a seres humanos para usarlos de comida porque si no los hubiéramos criado para esto entonces ellos no habrían existido en primer lugar. ¿Esto es un argumento razonable?

Si un determinado argumento no puede justificar el canibalismo entonces tampoco puede justificar el consumo de animales. La diferencia de especie no establece una diferencia más relevante moralmente que la diferencia de raza o de sexo. Decir que no vamos a aplicar el mismo criterio moral a otros individuos porque no pertenecen a la especie humana es análogo a decir que no vamos a aplicar el mismo criterio moral a otros individuos porque no pertenecen a la raza blanca o porque no pertenecen al sexo masculino.

Los otros animales son seres conscientes con voluntad e intereses propios. Aunque no sean humanos, ellos tienen el mismo interés básico que tenemos nosotros en continuar existiendo y evitar el daño. ¿Por qué individualidad y sus intereses deberían ser discriminados por el simple hecho de ser de otra especie? No encontramos ningún argumento razonable que pueda justificar una discriminación moral.

En segundo lugar, Griffith afirma que "está claro que la crianza y matanza de estos animales deben estar estrictamente reguladas, no solo para que su corta vida sea más confortable, sino también para proteger la salud de los humanos." Pero este argumento ya parte de dar por supuesto que el uso de animales es moralmente aceptable en sí mismo. ¿Aceptaríamos que alguien propusiera regular el canibalismo para mejorar las condiciones en que son utilizados los humanos destinados al consumo alimenticio? Ya señalamos anteriormente que el uso de animales para comida no se puede intentar justificar sin al mismo tiempo hacer lo mismo con el canibalismo. Una supuesta mejora las condiciones en que hacemos algo malo no consigue que ese mal se convierta en un bien.

En verdad, no necesitamos consumir animales para estar sanos, así que la necesidad no puede servir de excusa. No necesitamos consumir sustancias que procedan de otros animales para tener buena salud y calidad de vida. Esto significa que cualquier daño y sufrimiento que les causemos por este motivo resulta innecesario. Si estamos en contra de infligir daño innecesario a los animales entonces, por coherencia, deberíamos dejar de consumirlos.

Ocurre que desde la infancia nos inculcan la creencia de que los demás animales son 'seres inferiores' que existen para servirnos de recursos. Cuando se nos cuestiona esta creencia entonces buscamos excusas para intentar convencernos de que nuestra actitud especista es necesaria y moralmente aceptable, aunque sin importarnos demasiado si esas excusas se ajustan la lógica y los hechos. Todos los argumentos esgrimidos hasta ahora para intentar justificar el uso de animales están basados en errores de lógica o en datos erróneos.

Como acertadamente señala Zaraska en su artículo, en lugar de razonar la mayoría de la gente prefiere racionalizar cuando se plantea la la moralidad del uso de animales.

Si defendemos el uso de animales no lo hacemos porque hayamos llegado a esta conclusión racionalmente, sino que primero fuimos educados para habituarnos a cosificar y consumir a los animales y sólo después intentamos justificar este hábito adquirido cuando alguien lo cuestiona.

17 de febrero de 2016

«¿Cuál Es La Mejor Forma De Promover El Veganismo?: La Perspectiva De Un Psicólogo»


El profesor Casey Taft analiza en este artículo sobre cuál podría ser la forma más efectiva de difundir el veganismo en la sociedad desde un punto de vista psicológico partiendo de su propia experiencia como terapeuta. Pienso que sus reflexiones pueden ser útiles para mejorar nuestro activismo en favor del respeto a los demás animales y merecen que las tengamos en cuenta.

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¿Cuál Es La Mejor Forma De Promover El Veganismo?: La Perspectiva De Un Psicólogo 
Casey Taft, Ph.D.
He sido responsable de una investigación clínica pionera en el ámbito de la prevención de la violencia. He desarrollado los únicos programas que muestran cómo prevenir y terminar con la violencia doméstica por parte de miembros del ejército y estos programas son ahora aplicados en los hospitales de todo el país. He sido asesor en la Naciones Unidas para un proyecto destinado a acabar con la violencia en países devastados por la guerra y he recibido premios internacionales por mi trabajo. Actualmente estoy escribiendo un libro para la Asociación Americana de Psicología centrado en la prevención del trauma y la violencia.

Menciono estas credenciales para sugerir que puedo saber algo acerca de cómo acabar con la violencia innecesaria. De hecho, hay un vasto campo de conocimiento acerca de promover el cambio en individuos no motivados que ha sido largamente ignorado por muchos activistas animalistas.

Ofrezco mi perspectiva sobre promover el cambio en una conducta violenta basándome en mi experiencia con la prevención de violencia y debido a que existe una conexión con nuestros esfuerzos en promover la no-violencia hacia los animales. Tengo ciertos conocimientos sobre motivar el cambio de conducta entre grupos considerados "resistentes al cambio" porque a diario he observado cambios profundos durante mi trabajo clínico, y quiero exponer cómo se podría aplicar esto en nuestra labor de promover el veganismo.

Las organizaciones animalistas hacen un gran esfuerzo para animar a los no-veganos ofreciéndoles alternativas sin carne, promoviendo la campaña del Lunes Sin Carne y el reducetarianismo,... pero olvidan el componente más importante de cualquier estrategia para el cambio de conducta: un objetivo claramente definido. Resulta sorprendente que el veganismo apenas aparezca mencionado como objetivo por parte de estas organizaciones. ¿Cómo esperamos conseguir que la gente se haga vegana a gran escala y minimizar todas las formas de violencia hacia los animales si esto no aparece como el objetivo que busca el cambio de conducta? Difícilmente vamos a conseguir que la gente se haga vegana animándoles a reducir su consumo de carne u ofreciéndoles deliciosa comida vegana, porque esto es un método más bien inefectivo para conseguir un cambio real a largo plazo. Si queremos que acabe la violencia innecesaria hacia los animales y vemos esto como una cuestión de justicia, entonces el veganismo debe ser promovido sin excusas.

No hay ningún método para el cambio de conducta —o movimiento social de justicia para el caso— que adolezca de semejante falta de claridad acerca de un objetivo definido. Si yo pensara que sugerir a mis pacientes que una simple reducción de la violencia hacia las mujeres, o que confiaran en estrategias para cometer menos abusos, fuera algo aceptable y recomendable como objetivo final, estaría haciendo un flaco servicio a las víctimas y merecería perder mi trabajo. Cuando trabajo sobre aquellos que están involucrados en la violencia y el abuso, dejo muy claro y explícito que el objetivo de nuestro programa es ser no-abusivos en ninguna forma y lo expongo de una manera en que sea aceptable para las personas sobre las que trabajo. Insisto en que si queremos ver un cambio de conducta específico y finalmente acabar con la violencia y ayudar a los que son afectados, necesitamos ser claros sobre qué es esa conducta y por qué necesitamos un cambio.

Algunos activistas y organizaciones tienen miedo de promover el veganismo como objetivo final porque sienten que si son muy "agresivos" perderán por completo a la gente. Esto es probablemente el principal motivo por el cual no ha ocurrido un mayor cambio cultural hacia el veganismo. De hecho, es posible establecer el objetivo claro de terminar con la violencia hacia los animales y trabajar con no-veganos de una forma productiva y no-agresiva para producir un cambio de conducta.

Yo comprendo por qué algunos activistas están preocupados por el hecho de perder a los no-veganos cuando realizan activismo. En la mayor parte de mis primeras investigaciones clínicas —así como en el enfoque de mi disertación doctoral— mostré la importancia de la relación terapéutica para tratar a los responsables de violencia doméstica. Mostré que cuanto mayor sea el lazo que une al paciente con el terapeuta, y cuanto mayor sea el ámbito de objetivos y actividades que compartan en el tratamiento, menor sería la violencia de los pacientes después del tratamiento. Cuanto más colaboremos y apoyemos con nuestro trabajo a aquellos que deseamos que cambien de conducta, mayor será el cambio que veremos como resultado. Aunque eso no significa que fallemos en establecer un objetivo para ese cambio al mismo tiempo. Hacerlo sería completamente contraproducente para la terapia.

En cualquier estrategia de cambio es importante ser honesto, sincero y directo acerca de aquello que se necesita cambiar, sin juzgar ni poner a los otros a la defensiva. Sí, esto es posible y en realidad muy simple y terapéutico. Podemos mostrar comprensión y empatía respecto de un problema de conducta, y lo que motiva dicho comportamiento, al mismo tiempo que mantenemos la postura de que toda violencia debe terminar. Ambos puntos no son mutuamente excluyentes y son necesarios para que el cambio suceda.

He comprobado que mis pacientes aprecian mi honestidad cuando observo que determinadas conductas son abusivas y problemáticas. También trato de reforzar los estímulos positivos en mis pacientes cuando tratan de controlar su ira y afrontar mejor las situaciones, aunque no lo hagan de manera perfecta. Por supuesto, cuando reforzamos su conducta positiva, esto tiene un impacto más poderoso que si sólo penalizamos su conducta negativa. Sin embargo, nunca debemos apoyar o excusar la conducta abusiva en ninguna forma, y debemos señalar el abuso cuando sucede.

Del mismo modo, en nuestro activismo, debemos promover el veganismo y reforzar los pasos hacia este objetivo. Eliminar la carne, eliminar los lácteos,... son pasos en la dirección correcta hacia el veganismo, y si queremos promover un cambio real debemos apoyar estos pasos todo lo que podamos. Pero esto debe ser visto como pasos hacia el veganismo y no como fines en sí mismos.

En resumen, lo que saco de mis experiencias de tantos años terminando y previniendo la violencia con mis pacientes es que hay dos claves para lograr el cambio real: [1] necesitamos tener un objetivo claro —terminar con la violencia— que es definido y expresado de forma absoluta y rotunda, y [2] debemos mantener una postura no-agresiva a la hora de promover el objetivo final —terminar con la violencia— asumiendo que el individuo puede estar dubitativo sobre cambiar su conducta, y apoyando los pasos hacia ese objetivo.

Alguien puede argüir que aquello que es efectivo en prevenir y acabar con la violencia interpersonal en pacientes o grupos no es relevante para promover cambios a gran escala en lo que se refiere a la violencia contra los animales. Sin embargo, el tipo de gente sobre la que trabajo posee muchas similitudes con quienes son cuestionados sobre su consumo de animales. Aunque muchos de ellos son coaccionados legalmente para someterse a terapia, a menudo no reconocen su conducta como un problema, tienden a reaccionar de forma defensiva e irascible cuando se les cuestiona, y esgrimen justificaciones irracionales sobre su comportamiento. Más aún, al igual que el activismo, la terapia es una forma de persuasión social, y nuestro mensaje en cada contexto tiene más similitudes que diferencias. Sólo tenemos que imaginar una campaña contra la violencia doméstica que promoviera un "lunes sin abusos" o "un abuso humanitario" para apreciar que determinados métodos de persuasión utilizados por el activismo animalista no son lógicos desde el punto de vista de la justicia o el de la psicología.

El cambio de conducta sigue unos principios básicos que se aplican a diversos problemas y grupos. Necesitamos un objetivo claro y una comunicación honesta y positiva. Ambos puntos pueden y deben acompañarse mutuamente para lograr una reducción a gran escala en la violencia contra los animales. Con el auge del veganismo en la sociedad y el apoyo ético y científico que lo avala, ahora más que nunca tenemos la oportunidad de conseguir un gran cambio. Necesitamos aprovechar esta oportunidad animando de manera explícita a los demás a que se hagan veganos y apoyando los pasos hacia ese objetivo.


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Pienso que el enfoque del profesor Casey Taft es muy acertado al centrar el énfasis tanto en la ética como en la psicología. Al contrario de lo que parecen opinar algunos activistas, otros entendemos que es importante que nuestro activismo se ajuste a los principios éticos, así como también tener en cuenta el impacto psicológico que causa en las personas. Hay estudios que apuntan a que apelar a valores morales ayuda a motivar una modificación en la conducta. Por esto, la psicología clínica puede servirnos de gran ayuda para mejorar nuestro activismo, en tanto que nuestro objetivo es generar la reflexión y el cambio de comportamiento en la gente.

31 de diciembre de 2013

La banalidad del mal


El hecho de que humanos normales y corrientes sean capaces de cometer crímenes y atrocidades en determinadas circunstancias es achacado por algunos a una supuesta maldad intrínseca en la naturaleza humana. Sin embargo, tal maldad no está demostrada, y cabe la posiblidad de que esto ocurre debido a la educación y el ambiente social en que vivimos.

La filósofa Hanna Arendt acuñó la expresión «banalidad del mal» como concepto para explicar por qué y cómo sucedía que personas mentalmente equilibradas, integradas en la sociedad, y que no estaban incapacitadas para la empatía ni el razonamiento moral, pudieran participar en sucesos terribles y asumirlo como algo aceptable y normal. Arendt utilizó el caso de Adolf Eichmann para ilustrar esta inquietante realidad. 

Podemos comprobar que estamos inmersos en una cultura de la violencia que nos dice que los fines justifican los medios. Esta ideología nos lleva a cometer actos que en el fondo sabemos que están mal con el objetivo de lograr esos fines que consideramos importantes, valiosos y/o necesarios. 

Aunque podamos razonar que hay principios éticos básicos —como el respeto por el valor inherente del individuo— que no deberían sacrificarse por ningún fin, esta noción moral es algo que todavía no se ha comprendido ni asimilado plenamente en nuestra cultura. Existe en permanente conflicto entre ambas posturas: la ética y el consecuencialismo.

La ideología del consecuencialismo, y sus efectos directos, podemos comprobarla nuestra relación con los demás animales. Consideramos que nuestros fines justifican que tratemos a los animales no humanos como simples medios para lograr los fines humanos. Esta forma de pensar nos ha conducido a cometer la domesticación de los animales.

Cuando rechazamos esa forma de pensar, y reconocemos el valor intrínseco de los individuos no humanos, es entonces cuando podemos cambiar nuestra conducta y dejar de participar en esas actividades de opresión. No sucede que fuéramos malvados y ahora seamos buenos por arte de magia. Sólo hemos modificado en parte nuestra forma de pensar. Los demás humanos que continúan participando en la explotación sobre los animales no son malvados sino que no han reflexionado o no han tomando conciencia lo que están haciendo. Es una cuestión de comprensión moral.

Puede ocurrir que a veces hay nociones que no comprendemos en su momento y que sólo después de un tiempo alcanzamos a entender y asimilar. Así, la comprensión generalizada o mayoritaria de que el especismo es injusto no puede suceder de un día para otro, pero progresivamente va aumentando cada día el número de personas que toman conciencia de ello y deciden actuar haciéndose veganas.

Claro que hay casos excepcionales de individuos que son sádicos o psicópatas de forma inherente a su naturaleza. Pero ésa no es la realidad de la mayoría de humanos. La gran mayoría son capaces de empatizar, de aplicar el principio de igualdad, y de comprender que los demás animales son seres sintientes que merecen respeto. Otra cosa es que esta moralidad no esté aún establecida en nuestra sociedad, y sólo sea defendida, de momento, por el movimiento de Derechos Animales.

Se nos educa desde niños para considerar inferiores a los demás animales; a creer que ellos existen en el mundo para satisfacer nuestras necesidades y deseos. Estamos continuamente inmersos en un ambiente cultural que reafirma una ideología de supremacismo humano hasta el punto que ni lo advertimos como tal. Muchos consideran el antropocentrismo como algo natural, sin darse cuenta que es un prejuicio ideológico como lo es también el racismo, el sexismo, o la homofobia. Esto no son tendencias naturales inamovibles —como la ley de la gravedad— sino que son formas de pensar y de actuar que podemos comprender y modificar.

Resultados empíricos como los que aporta el experimento Milgram aportan luz a este respecto, puesto que nos ayudan a entender por qué a veces actuamos contra nuestra propia intuición moral. Quizás esto pudiera ayudar a comprender que cuando somos especistas estamos actuando como los individuos que protagonizaron dichos experimento: estamos utilizando a otros individuos —a los otros animales— como simples medios para un fin; ignorando el daño y el sufrimiento que les infligimos intencionadamente. Actuamos así motivados por la inercia de obedecer la autoridad, como la autoridad de sus padres que nos educaron para comportarnos de cierta forma o la autoridad de la sociedad y las costumbres que fomentan unas conductas determinadas.

Así es cómo funcionan los prejuicios grupales a nivel psicológico. Permiten eliminar o anular la empatía para así poder discriminar y agredir a otras personas sin remordimiento. El especismo no funciona de manera esencialmente diferente del resto de prejuicios morales. Según explica la psicóloga Jennifer Delgado

«Solemos creer que sólo las personas 'enfermas' o con determinados rasgos de personalidad pueden ser capaces de exhibir este tipo de comportamientos; sin embargo, muchas personas que podrían ser calificadas como empáticas también pueden —en ciertos contextos— comportarse de esta forma.»

Cuando tenemos interiorizado el antropocentrismo, entonces no nos importa que los demás animales sientan, que sufran, que deseen vivir —nada de esto nos importa. Ellos no son de nuestra especie y con esto ya consideramos justificado utilizarlos y perjudicarlos en nuestro favor. No son humanos, por tanto, está bien hacerles lo que jamás querríamos que nadie nos hiciera a nosotros mismos o a otros humanos. Podemos explotar a los otros animales sin remordimiento; ignorando todo el daño y el sufrimiento que les causamos. El prejuicio del especismo nos permite anular nuestra empatía con la excusa de que ellos no son humanos.

Toda forma de opresión que ejercemos sobre los demás animales, como es utilizarlos de comida o de sujetos forzados en experimentos, también fueron cometidas sobre otros humanos. Lo único que cambia es la especie de las víctimas que son explotadas. Pero todas las víctimas son iguales en tanto que son seres conscientes —seres que sienten, sufren y tienen voluntad e intereses propios. 

Es cierto que cambiar una creencia arraigada en nuestra mente no es tan sencillo como cambiarse de camisa. Esto es algo que necesita tiempo y dedicación. Un prejuicio es una creencia que ha sido asumida sin razonamiento y, por tanto, es más difícil de erradicar que una creencia razonada. Pero en ningún caso es imposible. De la misma forma que el racismo y el sexismo se han ido eliminando progresivamente, lo mismo ocurrirá con el especismo, si trabajamos por ello. La tarea más importante que podemos emprender es la educación.

La bondad o el sentido moral no son facultades que se puedan aprender ni enseñar; son inherentes a cada individuo. Sin embargo, todo el conocimiento que necesitamos para desarrollar nuestra capacidad ética sí que tenemos que aprenderlo y difundirlo. Es precisamente esa falta de conocimiento la que nos lleva a no advertir nuestro especismo y a causar todo el daño injusto que infligimos a los demás animales. No porque seamos malos ni crueles, sino porque no somos conscientes de lo que estamos haciendo. La educación, y sólo la educación, puede remediar este problema.