En el año 1993, un grupo de académicos publicaron un libro de ensayos titulado «El Proyecto 'Gran Simio». Aquí afirman que los grandes simios son los parientes más cercanos de nuestra especie y que esos no individuos no humanos poseen unas facultades mentales y una vida emotiva suficientes como para justificar su inclusión en la comunidad de los iguales.
La idea que hay detrás de estos esfuerzos es que debemos brindar a los grandes simios ciertos derechos fundamentales, dado que son genéticamente similares a los humanos y poseen características consideradas exclusivas de los humanos, tales como la autoconsciencia, el pensamiento abstracto, las emociones y la habilidad para comunicarse mediante un lenguaje simbólico.
La idea que hay detrás de estos esfuerzos es que debemos brindar a los grandes simios ciertos derechos fundamentales, dado que son genéticamente similares a los humanos y poseen características consideradas exclusivas de los humanos, tales como la autoconsciencia, el pensamiento abstracto, las emociones y la habilidad para comunicarse mediante un lenguaje simbólico.
Dentro del generalizado apoyo que tuvo esta iniciativa, y que hasta el momento actual no ha conseguido ningún tipo de logro real, aparecieron después voces muy críticas contra ella. La más destacada fue la del profesor y activista Gary Francione, quien inicialmente había apoyado la iniciativa pero que después señalaba el error de su carácter antropocéntrico y proponía ahora un profundo cambio de perspectiva sobre la manera en que debemos afrontar la cuestión moral de los animales.
La idea central en el enfoque que presentaba Francione era la de que nuestro reconocimiento del estatus moral y legal de los animales no humanos debería estar basado únicamente en que ellos son sintientes. Ellos pueden sentir dolor y placer. Poseen voluntad y conciencia. Tienen intereses propios. No se necesita ninguna otra característica más que ésta. La idea de que el estatus moral requiere de ciertas características intelectivas, tales como la racionalidad, el pensamiento abstracto o la habilidad para usar el lenguaje, incurre en una falacia de petición de principio y no se puede justificar racionalmente.
Incluso si asumimos que los demás animales no poseen estados de intención equivalentes —una suposición que es en sí misma cuestionable bajo la teoría de la evolución, según la cual las diferencias entre humanos y no-humanos son cuantitativas y no cualitativas— ¿por qué se supone que esas diferencias aportarían un valor mayor en un sentido moral? Es decir ¿por qué la habilidad para las matemáticas o el uso de comunicación simbólica, es moralmente mejor que la habilidad para volar, respirar bajo el agua o cualquier otra característica que algunos no-humanos poseen y los humanos no?
Partimos ya de la base de que nuestras habilidades son moralmente más valiosas que sus habilidades. Sin embargo, no existe ninguna justificación para defender esta postura excepto que nosotros lo decimos así y es en nuestro interés hacerlo de ese modo. Además, incluso si todos los animales no humanos carecieran de una particular característica cognitiva, más allá de la capacidad para sentir, o la poseyeran en menor grado o de forma diferente a los humanos, esa diferencia no podría justificar que los tratemos como objetos, dado que ellos no son objetos, sino que son sujetos.
Puede ocurrir que las diferencias entre humanos y no-humanos sean relevantes para otros propósitos. Por ejemplo, nadie defiende que los no-humanos puedan conducir automóviles o participar en la política. Del mismo modo que nadie defiende que a todos los humanos sin distinción se les permita hacer tales cosas.
Sin embargo, tales diferencias no guardan relación ni justifican el uso de nohumanos como alimento o en experimentos. Esta apreciación queda clara cuando hablamos de humanos. Cualquier característica que identifiquemos como exclusivamente humana en realidad será también poseída en menor grado por algunos humanos y estará ausente en otros. Algunos humanos tendrán exactamente la misma carencia que atribuimos a los individuos no humanos. Esta carencia en algunos humanos puede ser relevante para algunos propósitos, pero no lo es para el hecho de esclavizarlos mi de tratarlos como mercancías o recursos sin valor moral inherente.
Consideremos la característica de la autocosciencia. Necesariamente todo ser sintiente debe ser autoconsciente en algún grado, porque ser sintiente significa ser la clase de individuo que reconoce que es ese individuo, y no ningún otro, el que está experimentando placer, dolor, alegría o angustia. Tal y como argumentó en su trabajo el biólogo Donald Griffin; si los animales son conscientes de algo entonces el propio cuerpo del animal y sus acciones deben quedar dentro del ámbito de su consciencia perceptiva y, por tanto, negar a los demás animales algún grado básico de autoconsciencia supondría una restricción arbitraria e injustificada.
Cuando un animal experimenta una sensación, cuando, por ejemplo, siente dolor, experimenta un estado mental que le dice: este dolor me está ocurriendo a mí. Para que la sensación pueda existir, algún ser consciente debe percibir que le está ocurriendo a él, y debe preferir mantener o evitar dicha sensación.
Pero incluso si requerimos la autoconsciencia en el sentido, peculiarmente antropocéntrico, de aquella habilidad para reflexionar mediante pensamientos, entonces muchísmos humanos, tales como bebés, ancianos seniles, o aquellos humanos que padecen discapacidad mental severa —los cuales carecen de dicha autoconsciencia intelectiva— quedarían excluídos de la consideración moral, igual que excluímos a otros animales porque nos parece que carecen de ese tipo de autoconsciencia.
La carencia del tipo de autoconsciencia que atribuimos a adultos humanos normales puede ser relevante para algunos propósitos. Podemos, por ejemplo, no estar dispuestos a aceptar que una persona con discapacidad psíquica grave conduzca un vehículo de motor. Sin embargo, la carencia de este tipo de autoconciencia en ciertos humanos no guarda relación con determinar si deberíamos, por ejemplo, usarlos en experimentos sin su consentimiento y para beneficio de otros.
Sea cual sea la característica que elijamos, algunos humanos la poseerán en menor grado que algunos individuos no humanos e incluso algunos humanos presentarán una carencia absoluta de la misma. La carencia de esta característica puede ser relevante para algunos propósitos, pero no justifica el trato de un humano sintiente como un objeto cuyos intereses fundamentales pueden ser ignorados si nos beneficia hacerlo.
Sea cual sea la característica que elijamos, algunos humanos la poseerán en menor grado que algunos individuos no humanos e incluso algunos humanos presentarán una carencia absoluta de la misma. La carencia de esta característica puede ser relevante para algunos propósitos, pero no justifica el trato de un humano sintiente como un objeto cuyos intereses fundamentales pueden ser ignorados si nos beneficia hacerlo.
El principal error de la perspectiva que hay detrás del Proyecto Gran Simio, y de cualquier otra iniciativa similar, es la idea de que los únicos animales que importan moralmente son aquellos que se asemejan más a los humanos. No existe una justificación lógica para llegar a esa conclusión.
De hecho, la única justificación que podemos ofrecer para justificar nuestra explotación sobre los animales es que nosotros somos humanos y ellos no. Pero esta afirmación es similar a la que arguye que nosotros somos blancos y ellos no; o que nosotros somos hombres y ellas no; o que nosotros somos heterosexuales y ellos no.
En resumen, el especismo —discriminar a individuos de la comunidad moral en base a una diferencia de especie— no posee mejores fundamentos que el racismo, el sexismo o la homofobia.
A menudo afirmamos que nos tomamos en serio los intereses de los animales y aseguramos que está mal infligirles daño o sufrimiento innecesario. Resulta que la inmensa mayoría del uso que hacemos de los animales no puede ser calificado como 'necesario' en ningún sentido razonable de la palabra. No necesitamos consumir animales ni cazarlos ni usarlos como entretenimiento. No podemos justificar moralmente nuestro uso de animales no humanos en el campo de la experimentación porque nunca creeríamos apropiado que, en ese campo, se utilizaron a aquellos humanos que están en condición mental o física similar a los individuos no humanos.
Por supuesto, deberíamos abolir la explotación de los grandes simios, pero las bases morales de esta postura no tienen que ver con el hecho de que sus mentes sean similares a las nuestras en algún sentido antropocéntrico. Un perro o un caballo adulto es claramente un animal más racional, además de un animal más comunicativo, que un bebé humano de un día, de una semana o incluso de un mes. Pero aun suponiendo que no fuera así, ¿qué diferencia supondría? La cuestión no es si pueden razonar o cuan inteligentes son. La única cuestión que importa es si pueden sentir.
En julio de 2012 una serie de acádemicos han firmaron un manifiesto titulado «La Declaración de Cambridge» en el que que los animales no humanos sintientes —más específicamente mamíferos y aves y pulpos aunque sin excluir a los demás animales— son seres conscientes y que este hecho debería conlelvar efectos morales y legales.
Esto significa que ya se ha producido un cambio de perspectiva. Ya no se trata de cuán parecidos a nosotros los humanos son otros animales, ya se trate de similitud genética o la capacidad de inteligencia. Se trata específicamente de reconocer que el hecho diferencial es la capacidad de sentir: la capacidad de experimentar sensaciones. Y ésta es la única razón que justifica la inclusión en la comunidad moral.
Si los demás animales son seres conscientes entonces este hecho tiene implicaciones morales. Si son individuos con voluntad e intereses propios entonces son sujetos; no son objetos. Por tanto, deberíamos tratarlos como personas y no como objetos.
Ese reconocimiento implica lógicamente dejar de verlos como nuestras propiedades, como meros recursos para satisfacer nuestras necesidades, y pasar a considerarlos como sujetos con derechos que debemos respetar; comenzando por el derecho absoluto de no ser esclavos.

