28 de febrero de 2015

Fobias


«Un miedo persistente e irracional a un determinado objeto, animal, actividad o situación que ofrece poco o ningún peligro real.»


Hace poco me escribió una vegana preocupada porque decía no poder superar el especismo respecto de las arañas. Yo le expliqué que, a mi modo de ver y de acuerdo a lo que me contaba, no se trataría de un problema de prejuicio moral sino de un caso psicológico de fobia.

Hay determinados casos de rechazo hacia otros animales en los que se puede confundir el especismo —que es un prejuicio moral— con alguna clase de fobia —que es un trastorno psicológico. Es importante saber distinguirlos para poder remediarlos porque cada uno tiene una naturaleza y un tratamiento diferente.

Una fobia no es lo mismo que un prejuicio. El prejuicio no es una fobia ni está motivado por una fobia. La fobia es una reacción emotiva —pertenece al ámbito del sentimiento— mientras que el prejuicio es una creencia —pertenece al ámbito del pensamiento.

La fobia es una respuesta emocional que provoca temor desmesurado y sin fundamento. La fobia es un fenómeno que no implica ningún tipo de creencia ni razonamiento. 

A diferencia de la fobia, el prejuicio no es un hecho propiamente emocional, aunque sí condiciona las emociones, ni implica necesariamento miedo o alguna emoción similar. El prejuicio pudiera tener una base instintiva de tipo grupal pero el pre-juicio es ante todo un juicio, es decir, es un pensamiento o una creencia. Por ejemplo: creemos que los individuos que no pertenecen a nuestro grupo —raza, sexo, especie, clase— no merecen consideración igualitaria o que los de nuestro grupo tienen derecho a explotar a otros. Como así sucede en el caso del especismo.

Si bien es cierto que un prejuicio podría llegar originar una fobia —por ejemplo: la xenofobia— parece que la fobia específica contra determinados animales concretos —insectos, reptiles, aves— puede no tener su origen en el prejuicio, ya que personas que rechazan el especismo sigan padeciéndola a pesar de todo. Por tanto, debe de achacarse a un tipo de trastorno psicológico similar al de las personas que padecen fobia al color rojo o a las flores.

Pienso que es importante tener estos puntos en consideración a la hora de enfrentarnos con el problema de la fobia:


[1] La fobia no está justificada. Tener un miedo razonable está justificado pero la fobia es un temor sin fundamento. Debe de tener sin duda algún origen o causa, pero no lo provoca un razonamiento basado en evidencias.

[2] La fobia se puede, y se debería, intentar remediar o controlar. Hay técnicas y terapias para poder afrontarla y así evitar que nos dañemos o hagamos daño a otros. Aquellas que son leves suelen ser fácilmente canalizables. Las graves son las que resultan más problemáticas.

[3] Ellos no tienen la culpa. En lugar de pensar en aquella característica –sobre todo suele ser el aspecto– que nos provoca fobia respecto de otros animales, deberíamos intentar pensar que es un ser sintiente y que no tiene intención deliberada de causarnos daño.
Estas fobias hacia otros animales se encuadran dentro de las llamadas fobias específicas, en las que un ser determinado, en este caso un animal, representa un peligro inminente para la persona que padece la fobia, a pesar de que el ser en cuestión no conlleve objetivamente ninguna amenaza ni quien la padece pueda explicar siquiera el motivo de su miedo.

Además de todos, también me gustaría señalar que existe un tipo de miedo irracional que es la fobia al veganismo o veganofobia. La cual entraría dentro de las fobias específicamente sociales y se caracteriza por un miedo o rechazo visceral contra el veganismo y todo lo relacionado con él. Incluso podría considerarse una fobia grave en algunos casos, cuando se trata de una reacción visceral en la que el sujeto en cuestión no atiende a razones y adopta una actitud agresiva.



El miedo al veganismo es una fobia porque se trata siempre de un rechazo injustificado. El veganismo no supone ninguna amenaza para la civilización, el progreso científico, la salud humana o la calidad de vida en general.

La fobia contra el veganismo podemos categorizarla junto con la oposición irracional a otros movimientos sociales de progreso moral como son el feminismo o el laicismo.




Este rechazo tiene siempre su origen en el prejuicio, en la falta de información o la información distorsionada.

Algunas personas creen erróneamente que llevar el veganismo a la práctica supone, por ejemplo, morir por desnutrición o también creen de la misma manera errónea que ya no podrían disfrutar del placer de la comida o que tendrían que ir desnudas sin ropa o que deberían dejarse agredir sin más en el caso hipotético de ser atacado por algún animal. Entre otros disparates parecidos.

Pero lo único que conlleva el veganismo es rechazar la explotación de los animales no humanos. Esto no conlleva ningún perjuicio para nosotros. Quienes somos ya veganos seguimos disfrutando de la misma calidad de vida con la única salvedad de que no apoyamos la violencia innecesaria e injustificada contra otros animales.

23 de febrero de 2015

Los moluscos son seres sintientes



«Experimentamos conductas básicas como comer, beber o emparejarnos como placenteras porque sirven para sobrevivir y reproducirnos. Y no sólo los humanos sino prácticamente todos los animales.» ~ Pablo Malo

En anteriores artículos, dentro de la categoría de sintiencia, dediqué un espacio a hablar sobre animales cuya sintiencia todavía causaba cierta controversia: peces, reptiles, crustáceos, insectos, aportando evidencias que confirman su capacidad de sentir. Con esta entrada quisiera terminar de momento la serie exponiendo como ejemplo a los moluscos y los celentéros.

Sabemos que las plantas no sienten porque no tienen neuronas ni sistema nervioso. No tienen sensaciones ni deseos, porque no pueden tener intenciones ni deseos. Simplemente reaccionan a estímulos externos de forma automática o inconsciente sin que haya ningún proceso de sensación de por medio, puesto que carecen del órgano necesario para ello.

Sabemos que el sistema nervioso es el órgano que produce las sensaciones y que, por tanto, genera la conciencia y todo aquello que forma parte de ésta, a lo que denominamos deseos, intereses, voluntad, intenciones. Sabemos que los demás animales también tienen sistema nervioso, y que en dicho sistema nervioso se realiza de forma similar la misma actividad eléctrica y química que en el nuestro, es decir: conexiones neuronales y secreción de sustancias neurotransmisoras.

Parece que es mucho más fácil reconocer la sintiencia en otros animales muy parecidos a nosotros morfológicamente que en el caso de otros que son muy distintos a nosotros en aspecto y tamaño —como es el caso de los peces, los insectos y los moluscos. La ciencia nos ayuda a conocer y confirmar objetivamente si otros animales sienten. Las evidencias apuntan cada vez más claramente que un sistema nervioso centralizado implica sintiencia. De ahí su especial relevancia para el movimiento de Derechos Animales. A pesar de que, por desgracia, los científicos hayan utilizado y asesinado animales no humanos para confirmarlo.

El grupo denominado «moluscos» es uno de los diversificados morfológicamente en el reino animal. Dentro de este grupo existen diferencias notables. En un extremo tenemos a los pulpos que han sido mencionados explícitamente en la Declaración de Cambridge como un ejemplo de animal, fuera del grupo de mamíferos y aves, sobre el que tenemos evidencias muy consistentes acerca de su capacidad de sentir. En el otro extremo, tenemos a las almejas, las ostras y las medusas; que hasta ahora no habían sido reconocido como sintientes, pero respecto de algunos de los cuales contamos con evidencias que apuntan a que su capacidad de sentir sería más que un simple posibilidad.

Si lo demás animales pueden sentir, esto significa que experimentan sensaciones [dolor, placer,...] y tienen intereses —desean proteger su vida, buscar lo que les beneficia y evitar lo que les perjudica. Por tanto, de acuerdo al principio ético de igualdad, ellos merecen igual consideración, sin importar que sean humanos o de qué especie sean. De ahí radica la relevancia de cononocer empíricamente si otros seres son sintientes o no. Éste el motivo de este ensayo.

Antes de nada, nunca está de más recordar que la capacidad de sentir implica conciencia. Los seres sintientes son seres conscientes por la propia naturaleza de la sintiencia. 

¿Cómo podría un animal sentir dolor sin ser él mismo quien lo siente? Eso sería una contradicción lógica y empírica. El dolor no puede darse en un vacío impersonal, sino que requiere y necesita de la subjetividad. El neurofisiólogo Rodolfo Llinás lo explica de manera bastante clara y detallado cuando señala que "la subjetividad es la esencia constitutiva del sistema nervioso." Llinás especifica que la conciencia sería una característica intrínseca de todos los seres con sistema nervioso y que su origen no está en el pensamiento cognitivo o conceptual, sino que está en las sensaciones.

Si un ser puede experimentar dolor entonces tendrá el interés en evitar dicho dolor o la causa o fuente que lo provoca. Si un ser puede experimentar placer entonces tendrá interés en repetir aquella conducta que le causa placer. Así ocurre con todas las sensaciones. Decir que alguien puede sentir dolor, o sentir placer, pero que no tiene interés en evitar o buscar dicho dolor o placer, es contradictorio en los términos. Por tanto, en todo ser sintiente hay intencionalidad.

Como señala, de nuevo, Llinás; una característica peculiar de los animales es el movimiento, y para poder movernos con éxito necesitamos tener una mente que genere una representación interna del mundo exterior a nuestro organismo para poder dirigirnos en él evitando los peligros y buscando los beneficios. Esto es lo que denominamos sentidos: vista, oído, olfato, tacto,...

A menudo se dice que otros animales se mueven por "instintos", pero hablar de instintos es lo mismo que hablar de sensaciones. Cuando mencionamos, por ejemplo, el instinto de supervivencia o el instinto sexual, nos referimos a determinadas sensaciones, emociones y deseos que experimentamos. Luego si otros animales tienen instintos entonces son seres sintientes por definición. Decir que poseen instintos es decir que experimentan deseos e intenciones. Y no se pueden tener deseos e intenciones sin una conciencia básica de dichas experiencias.

Podemos decir que todos los seres sintientes son también inteligentes en el sentido de que poseen pensamientos y memoria. Aunque ambas son funciones autónomas, están directamente interrelacionadas. No hablamos de inteligencia como pensamiento abstracto, conceptual o discursivo, sino más bien como estados intencionales.

¿Cómo sabemos que los moluscos son seres sintientes? En algunas especies dentro del grupo de los moluscos contamos con evidencias claras acerca de su capacidad de poder experimentar sensaciones.

Las almejas son moluscos y también son uno de los animales que tienen un sistema nervioso más básico o sencillo. Si se demuestra que ellas efectivamente sienten —y teniendo en cuenta todos los datos que se han recopilado durante décadas de investigación neurocientífica en animales no humanos— entonces lo más razonable es deducir que todos los demás animales con sistema nervioso también sienten en efecto.

Una de las maneras más fiables de reconocer la sintiencia en otros animales es la comprobar si efectivamente sienten dolor —aunque la sintiencia abarca muchas otras más experiencias subjetiva aparte del dolor.

Para poder sentir dolor es necesario tener receptores nociceptivos. La nocicepción es una modalidad sensorial somática que tiene una importante función protectora, ya que focaliza la atención en un estímulo nocivo que amenaza la integridad del organismo y que debe, por ende, ser evitado.

La capacidad para responder a estímulos nocivos es una característica básica de todos los organismos de la escala filogenética, desde los unicelulares hasta los mamíferos. Por ejemplo, en anélidos existe un grupo celular [células N] considerado como nociceptor; los pulpos tienen vías nerviosas que conducen información nociceptiva. En otros phyla que poseen un sistema nervioso similar al de los moluscos —como es el caso de los cefalópodos— también se han descrito conductas que pueden considerarse antinociceptivas.

Sabemos que las almejas poseen ganglios donde se han centralizado las neuronas aferentes —las neuronas que realizan la función específica de procesar percepciones subjetivas. Sabemos que segregan neurontransmisores como la dopamina y sustancia opiáceas que están directamente asociadas a la regulación del placer y del dolor. También sabemos que son capaces de reconocer estímulos dañinos y procuran evitarlos de forma deliberada. Cuando se les administran sustancias narcotizantes, sus reacciones antes estímulos dañinos cambian notablemente, lo que sugiere sin duda que su reacción está mediatizada por el dolor, es decir, por una experiencia consciente.

¿A pesar de todo eso tenemos que suponer que ellas no sienten cuando todas las evidencias apuntan claramente a que son seres conscientes? No veo argumento que refute la interpretación de estas evidencias en favor de la conciencia. Tal y como explica Carlos Piñeiro:
«Ocurre que, incluso las almejas, tienen su pequeño sistema nervioso. Y si analizamos lo que ocurre en él, vemos que al detectar sal en el agua, ese sistema nervioso “intuye” la presencia de alimento, y prentende “motivar” a su cuerpo para buscar comida, y para eso libera dopamina. Es su sistema de recompensa, a la almeja “le gusta” la sal, y ese es el placer que la moviliza para buscar alimento. ¿Estoy diciendo que sienten placer las almejas? No voy a entrar en discusiones filosóficas sobre como viven el placer las almejas, pero lo cierto es que se trata de un sistema de recompensa mucho más simple y reducido, pero de función muy similar al nuestro. De hecho comparte el mismo neurotransmisor, nuestra vieja amiga la dopamina.»



Es cierto que la dopamina realiza varias funciones en el sistema nervioso. Pero ¿por qué suponer que sólo en los vertebrados realiza la función de regular las sensaciones, y no también en los invertebrados cuando ya contamos evidencias que muestran que la supresión de la dopamina ralentiza e inhibe las reacciones ante estímulos dañinos? Eso parece una discriminación arbitraria, prejuiciosa. Tendemos a suponer, sin una buena razón, que sólo los animales más similares a nosotros son capaces de sentir. 

En otros moluscos —concretamente en los caracoles— se ha encontrado que los opioides modulan la respuesta ante estímulos térmicos nociceptivos así como la actividad de algunos grupos neuronales. Es decir, poseen los receptores necesarios para poder sentir dolor y, además, segregan las sustancias neurotransmisores que el organismo utiliza para aliviar la sensación de dolor.

Junto con los moluscos hay otro grupo de animales muy parecidos en fisiología que son los celentéreos. El animal más conocido dentro este grupo es la medusa.

A pesar de ser más difuso y no contar con un cerebro propiamente hablando, el sistema nervioso de las medusas no está carente de centralización en forma de núcleos neuronales donde se da la integración y procesamiento de la información sensorial. De hecho, una de las maneras en las que tiene lugar la sintiencia de las medusas es a través de sus primitivos ojos, que les permiten, cuanto menos, captar las diferentes longitudes de ondas electromagnéticas de su entorno: el color. En función de lo que ven, las medusas pueden identificar y buscar lo que les es favorable y alejarse de las amenazas, una facultad que les ha permitido sobrevivir durante millones de años.

No es necesario poseer propiamente un cerebro para poder sentir. El cerebro es solamente una parte sofisticada del sistema nervioso, es decir, es un desarrollo de grado. Pero la capacidad de sentir es una cualidad, no una cuestión de grado —aunque la sintiencia como tal admite grados en su contenido. En cualquier caso, casi todos los sistemas nerviosos poseen algún tipo de centralización que podría hacer las funciones que realiza el cerebro en aquellos sistemas nerviosos en los que está presente y que generan la conciencia.

Lo que llamamos cerebro es un tipo específico de concentración neuronal. En realidad, no hay ningún cerebro igual a otro, cada cerebro individual es único. Dentro del cerebro, la zona que procesa las sensaciones es el diencéfalo. Y dentro del diencéfalo el proceso lo realizan determinadas interacciones de neuronas aferentes. Un cerebro que fuera dañado en la zona del diencéfelo perdería la capacidad de sentir y el organismo ya no podría sobrevivir por sí solo. Luego no es el cerebro sino todo el sistema nervioso en general quien realiza la función de la sintiencia, aunque el proceso se centralice específicamente en las neuronas aferentes.

Creer que un ser con sistema nervioso tiene que tener una concentración neuronal como la nuestra para poder sentir es absurdo porque ignora el verdadero proceso según el cual se origina la sintiencia. De hecho, se ha intentado negar que otros animales no podían ser conscientes porque carecían de neocórtex [aves, reptiles, peces,...] pero se ha descubierto que el neocórtex realiza funciones puramente cognitivas —tal y como explica Antonio Damasio— y que no tienen que ver con la existencia de la sintiencia como tal. Por lo que la conciencia puede existir perfectamente sin necesidad de neocórtex.

Pretender negar la sintiencia en otros animales que poseen una centralización nerviosa de diferente estructura a la nuestra no es razonable cuando sabemos ya que la conciencia se origina por las interacciones de las neuronas. Y esa interacción puede realizarse en concentraciones neuronales que no exactamente como las de nuestro cerebro humano.

Ahora bien, si cuando hablamos de "cerebro" nos referimos a cualquier centralización neuronal, entonces de acuerdo: sólo quien tiene cerebro puede sentir. Es decir, todos los seres con sistema nervioso exceptuando quizás sólo a las estrellas de mar y las anémonas, pues carecen de centralización conocida y su sistema nervioso pudiera ser que sólo realice una función refleja. Así aparece expresado además en los modernos manuales sobre fisiología animal.

Es evidente que el mero hecho biológico de la vida, o las evidencias etológicas por sí solas, no justifican deducir que un ser puede sentir. Pero los argumentos que se exponen aquí para explicar la sintiencia no están basados en ninguno de esos puntos. Los argumentos se fundamentan en las evidencias neurofisiológicas. Y si se menciona la conducta, en algún momento, ésta se conecta con la actividad específica del sistema nervioso que la genera.

Por otra parte, si bien la complejidad del sistema nervioso puede tener en efecto relación con la complejidad del fenómeno de la sintiencia, eso no implica que, una vez dados los requisitos neurológicos necesarios para que exista la subjetividad, las percepciones sensoriales sean menos intensas o menos importantes para el sujeto que las experimenta. La idea de que existe una supuesta jerarquía sensitiva entre seres sintientes no se justifica.

¿Por qué deberíamos suponer que un bebé humano siente "menos" dolor o "menos" placer que un adulto en plenas facultades? Es razonable deducir que los bebés carecen de la capacidad de generar sentimientos complejos, pero eso no significa que sus sensaciones y emociones sean menos intensas que las nuestras, o que les importen menos que a nosotros. De hecho, recientes estudios han descubierto que los bebés experimentan el dolor de forma tan intensa o más que los adultos. Entonces ¿por qué deberíamos suponer que otros animales con sistemas nerviosos menos complejos no experimentan sensaciones y deseos tan intensos como los nuestros?

No hay ninguna razón que justifique asegurar que la sensación tenga que ser diferente según la especie del individuo. Si el individuo en cuestión posee un sistema nervioso centralizado —con el tipo específico de neuronas que procesan percepciones en forma subjetiva— y además sabemos que generan neurotransmisores asociados a la experiencia sensitiva, entonces lo que no sería razonable en ningún caso es suponer que no sienten o que sienten de forma radicalmente distinta.

A la luz de las evidencias, negar la sintiencia en animales que tienen un sistema nervioso centralizado no me parece justificado y sugiere una negación motivada por prejuicios especistas contra otros animales sólo porque ellos son muy diferentes a nosotros en aspecto y tamaño, o porque la complejidad de su sistema nervioso no es similar a la nuestra.

En definitiva, si bien es cierto que no podemos tener una certeza completa al respecto, parece bastante claro que todas las evidencias apuntan a que lo más razonable sería deducir que los moluscos son seres sintientes, por las razones expuestas anteriormente basadas en todos los datos empíricos que tenemos a nuestra disposicion. Lo mismo se podría suponer de todos los demás animales que posean similarmente un sistema nervioso centralizado.

La opción más razonable está en concluir que sí están dotados de conciencia. Y si son seres conscientes entonces deberíamos respetarlos como personas, y no tratarlos como propiedades.


Referencias:

Misael Bañuelos García; «Psicofisiologia Del Dolor» [1915]

Rodolfo Llinás; I of the Vortex, From Neurons to Self [2001]

León-Olea &, Miller-Pérez & Cruz & Antón & Vega & Soto; «Immunohistochemical localization and electrophysiological action of nociceptin/orphanin-FQ in the snail (Helix aspersa) neurons.» [2001]

Marta León Olea; «Evolución filogenética del dolor» [2002]

Hill & Wyse & Anderson; «Fisiología Animal» [2004]

Jennifer Mather; «Cephalopod consciousness: Behavioural evidence. Consciousness and Cognition» [2008]

Walters & Moroz; «Molluscan Memory of Injury: Evolutionary Insights into Chronic Pain and Neurological Disorders» [2009]

Antonio Damasio; «Self Comes to Mind» [2010]

Crook & Walters; Nociceptive Behavior and Physiology of Molluscs: Animal Welfare Implications [2011]

Feinberg & Mallat; «The Ancient Origins of Consciousness: How the Brain Created Experience» [2016]

5 de febrero de 2015

Una explicación naturalista del especismo



Un fundamento biológico en la existencia de los prejuicios

Nuestra actual relación con los demás animales está basada en pautas y costumbres que hemos heredado del Paleolítico y que continuamos por inercia social. A pesar de que la cultura y el contexto han cambiado profundamente, nuestra actitud con los otros animales apenas ha evolucionado desde entonces.

Mucha gente parece convencida de que la explotación animal es un fenómeno natural que surge espontáneamente pero lo cierto es que desde la infancia nos inculcan que los animales son "seres inferiores" que existen como meros recursos para nuestro beneficio. Este adoctrinamiento moldea nuestra visión del mundo. No obstante, la idea de que este prejuicio especista cosifica a los animales sólo tiene un origen en la cultura y la educación, y tienen poco o nada que ver con la biología, podría ser equivocada.

Podemos reconocer el decisivo papel que poseen la educación y el contexto social a la hora de perpetuar la mentalidad especista. Sin embargo, esto no quiere decir que el especismo sea un prejuicio de origen puramente cultural. Considero razonable suponer que haber una cierta tendencia natural o biológica detrás de este comportamiento.

Pienso que lo mismo serviría para explicar —pero no para justificar— el racismo y el sexismo. De hecho, no creo que pueda producirse ningún fenómeno ideológico o cultural sin que exista sin alguna clase de base biológica en su origen; en tanto que somos esencialmente seres biológicos. Lo contrario sería asumir irracionalmente que las cosas surgen de la nada, pero de la nada no puede surgir nada.

Las ideologías nunca surgen del vacío sino que tienen siempre un fundamento previo que no depende del pensamiento.

Por supuesto que nuestra mentalidad se configura en gran medida según la educación y el ambiente en el que crecemos y vivimos. Sin embargo, eso sólo explica cómo se inculcan las ideas pero no explicaría cómo surgen originariamente. Explicar esto último es acerca de lo que trata este ensayo.

En lugar de dictaminar con tosquedad apelando a la maldad, a la estupidez o a la simple ignorancia; comprenderemos mejor los problemas que están ocurriendo si los estudiamos de forma imparcial y objetiva. Y de este modo podremos afrontarlos y solucionarlos de manera más efectiva.

Las evidencias muestran que parece haber cierta tendencia biológica a favorecer a quienes son más semejantes que nosotros, lo cual implica desfavorecer a los más diferentes, y es algo que está presente en el comportamiento instintivo de muchos animales.

Este rasgo innato explicaría en parte la facilidad con la que los prejuicios grupalistas han predominado a lo largo de la historia. La tendencia básica de la que hablamos sería la misma en todos los casos, pero se manifestaría en diversas formas y modos.

Dado lo extendido y arraigado que siempre ha estado el especismo entre la humanidad, una explicación biológica ayudaría a comprender la causa de esta situación. La explicación se basaría en el hecho de que tenemos una preferencia por aquellos individuos que se parecen genéticamente más a nosotros dada la ventaja evolutiva que ello supone.

Bajo esta perspectiva, así como tendemos a considerar a un familiar antes que un desconocido, o a un paisano antes que a un extranjero, igualmente es comprensible que tengamos una disposición a considerar a los humanos antes que al resto de animales por cierta simpatía de semejanza.

De hecho, incluso entre animalistas —incluso entre veganos— parecen inevitablemente surgir estas tendencias, pues parece que no es inusual que se considere más a los mamíferos, y especialmente primates, que a los peces o los insectos. De ahí que comprobemos que las campañas animalistas estén casi siempre centradas en aquéllos.

Por tanto, bien podemos explicar el origen del especismo apelando a cierta tendencia biológica. Aunque es importante tener en cuenta siempre que los individuos no somos clones ni productos de fábrica y que cada uno es diferente y hay diversos grados en una tendencia que es meramente general.

Las tendencias biológicas no son criterios morales

Antes de que nos dejemos llevar por la tentación de caer en la  falacia naturalista, es necesario aclarar que, incluso suponiendo que el especismo tuviera una causa natural, de esto no se sigue que debamos ser especistas o que está bien que seamos especistas. Así como aclara Pere Estupinyà:

«Conocer este innatismo no nos debe servir para justificar nuestras acciones ni aceptarnos tal y como somos, sino para saber qué cualidades podemos potenciar y cuáles ofrecerán resistencia cuando intentemos corregirlas a fin de conseguir el bienestar individual y común.» [Pere Estupinyá, El ladrón de cerebros, 2010]

Ahora, suponiendo que las explicaciones biológicas del especismo sean creíbles, ¿qué dice ello de la posibilidad de superar el especismo?

Si en efecto existen, siempre han existido, y puede que siempre existirán, conflictos grupales entre humanos motivados por instintos discriminatorios —racismo, sexismo, nacionalismo— ¿por qué no se podría señalar lo mismo, con mayor razón, de nuestra desconsideración hacia otros animales?

Si nuestra desconsideración moral hacia los no-humanos fuera algo meramente adquirido entonces la solución a este problema no da lugar a controversia, pues lo adquirido se puede eliminar de la misma manera. Ahora bien, si el especismo es un prejuicio que tiene su fundamento también en nuestra biología entonces debemos tenerlo en cuenta y no verlo solamente como un constructo cultural, si en verdad deseamos evitarlo.

Estoy de acuerdo con la tesis de Steven Pinker acerca de que es errónea la creencia de la naturaleza humana es una "tabla rasa". No surgimos como hojas en blanco sino nacemos con una estructura natural inherente que incluye tanto nuestro cuerpo como nuestra mente. También estoy de acuerdo en que el papel que juega el ambiente y la cultura en el desarrollo de nuestra personalidad son decisivos. Todos estos factores —naturaleza, ambiente, cultura— intervienen igualmente en la formación de nuestra mentalidad. Incluso esos mismos factores influyen entre ellos. Se trata de una vía de dos direcciones. Si bien la biología influye decididamente en la cultura, ésta a su vez puede influir en la biología.

El ambiente moldea parte de nuestra biología, es cierto; pero, debemos comprender que, en tanto que no somos una tabla rasa, no somos infinitamente moldeables. Hay ciertos limites que debemos asumir.

Pero en lugar de cometer el error maniqueo de cambiar el mito de la "tabla rasa" por el mito de la "tabla determinata", deberíamos forjar una nueva visión que equilibre de forma inteligente todos los elementos implicados, que se acerca más a la realidad y nos permita afrontar el progreso moral con mayor éxito.

Aunque fuera efectivamente cierto que existe una cierta predisposición biológica a la discriminación especista esto no quiere decir que dicha predisposición sea un destino. Una predisposición no es una determinación. El ambiente y la educación que recibimos enfoca nuestra base biológica.

Creo que el problema está en cómo interpretamos la presencia de esa tendencia a la afinidad con los semejantes. A mi modo de ver, nos equivocamos si equiparamos una tendencia como una determinación. No son lo mismo. Que pudiera haber una tendencia no significa que estemos obligados a que esa tendencia determine nuestra forma de pensar y de actuar.

¿Nos sentimos más identificados con quienes nos son más cercanos genéticamente? Quizás, en cierto modo, en ciertas ocasiones, no siempre. Si aquello fuera una tendencia determinista entraría en contradicción con el hecho de que podemos comprobar que surgen amores, amistades o consideración entre individuos de diferente raza o especie. ¿Acaso no hay muchos humanos que se preocupan altruistamente por individuos no-humanos y dedican su vida a ellos?

Tenemos más preocupación personal por nuestros allegados: amigos, familiares, compañeros. Los hechos lo indican claramente. Pero hay niveles de consideración. La moral igualitaria no es incompatible con la existencia de un ámbito privado. Podemos preocuparnos de forma especial por nuestra familia y al mismo tiempo respetar a los demás individuos como personas y no tratarlos como objetos.

Nuestra conducta no está determinada por la biología

No veo por qué razón el especismo es diferente del resto de prejuicios. Si podemos superar el racismo, el sexismo, o la homofobia, ¿por qué no vamos a poder superar el especismo?

Claro que la biología fundamenta y condiciona todo nuestro comportamiento, pero esto no equivale a que la biología determine todo lo que hacemos. Nuestra configuración biológica puede, por ejemplo, hacernos tender a la ira, pero el autocontrol aprendido gracias a la educación que recibimos consigue que reconozcamos esta ira y podamos controlarla y atenuarla y, finalmente, anularla.

Una tendencia no equivale a una inevitabilidad. ¿Existe una tendencia inherente a favorecer a quienes son más parecidos a nosotros? Puede que sí ¿Esta tendencia implica que estamos determinados a ella? Me parece que no. De acuerdo a lo que señala Stuart Sutherland en su destacado estudio sobre la irracionalidad:

«Posiblemente el desagrado hacia los exogrupos sea hasta cierto punto innato y se remonte a nuestra historia tribal. Pero eso ni lo justifica ni implica necesariamente que se imposible de controlar.» [Suart Sutherland, Irracionalidad, 1992]

En la obra del profesor Konrad Lorenz se postula que en los animales por lo general existe un instinto de agresión —una predisposición agresiva innata. Pero aunque esa tendencia es inherente no es unívoca. Se puede dirigir tanto a la guerra —y otras formas de violencia— como hacia actividades civilizadas y constructivas como son el arte, el deporte y la cultura en general. Pensemos en el heavy metal, en las artes marciales y en los juegos de consola.

Por todo ello, no deberíamos caer en el pesimismo: el pesimismo de creer que no podemos dejar de ser especistas o que nunca podremos conseguir que la sociedad deje de ser especista.

El pesimismo no lo considero una postura razonable puesto que no me parece justificado. Es decir, si lo que pretendemos es que el especismo desaparezca en la nada absoluta, esto sería imposible. Alguien que pretenda tal cosa es consecuente que se abisme en el pesimismo. Pero es una postura absurda. Es como deprimirse porque nunca podremos ser inmortales. Lo que sí podemos conseguir es vivir existencias más largas que las de nuestros antepasados, más acordes con la ética, y razonablemente felices. Nuestra actitud ante las vicisitudes de la vida depende en gran medida de la visión y el objetivo que nos marquemos previamente.

Si en efecto el prejuicio se trata de una tendencia que aparece de forma inherente entonces no podemos erradicarlo hasta hacerla desaparecer. Ahora bien, esto no significa que educando a la gente no podamos evitar que haya menos personas que asuman ese prejuicio como parte de su forma de pensar que las que habría sin esa educación igualitaria. La cultura sirve entre otras cosas para controlar estas tendencias innatas. En palabras de Manuel Garrido Lora«La biología nos hace agresivos, pero es la cultura la que nos hace pacíficos o violentos

Veamos el caso del machismo. La práctica del machismo puede aarecer como:

[1] Un prejuicio sistemático asentada en la corriente de la mentalidad predominante y en la propia estructura de la sociedad.

[2] Un caso marginal y excepcional; algo que sucede ocasionalmente pero que es rechazado por la mayoría de la sociedad.

Creo que podemos comprobar que hay una abismal diferencia entre ambas situaciones. Según lo veo yo, el especismo puede ser afrontado de forma similar. 

Que el especismo no es una tendencia determinista está claro, pues millones de personas veganas lo demuestran cada día mediante sus ideas y acciones.

Una nueva perspectiva sobre un problema antiguo

En conclusión, plantear el problema del especismo desde un punto de vista naturalista no sirve para justificarlo ni tampoco para despreciar la explicación cultural.

La explicación naturalista sirve para complementar la explicación cultural. Sirve para comprender el porqué ocurre lo que ocurre. Y sirve para que nos planteemos la posibilidad de que el cambio de mentalidad —aunque necesario e importante— puede no ser suficiente para hacerlo desaparecer y que debemos estar vigilantes ante la posibilidad de que esta tendencia inherente se manifieste en cualquier momento y forma.

Ser conscientes de que la semilla del especismo está dentro de nosotros es un conocimiento que nos ayudará a evitar que surja y nos domine. Sólo así lo podremos entender y controlar y conseguir que no rija nuestra vida, tal y como está ocurriendo actualmente.

Creo que no es ilusorio pensar que podemos superar el especismo como la ideología dominante en nuestras vidas, al igual que podemos superar el resto de prejuicios. Citando al profesor António Damasio:

«La naturaleza por sí misma no tiene valores morales. Sin embargo, tenemos la cultura, la posibilidad de reflexionar sobre nuestras vidas y de cambiar las cosas. Le pondré un ejemplo relacionado con la esclavitud: desde el punto de vista de quien se beneficiaba de ella, podía ser buena, pero los seres humanos hemos descubierto que la esclavitud no es buena y la hemos abolido. Eso no surge de la evolución biológica. Es algo cultural.» [Entrevista a António Damasio, El Periódico de Catalunya, 11 de octubre del 2010]

Por todo ello, si bien el especismo —al igual que el racismo u otros prejuicios— tal vez nunca pudiera ser completamente erradicado del todo, dado que en su origen habría un factor biológico intrínseco, sí que puede ser desterrado en una gran medida y pienso que sería un imperativo moral que nos esforcemos para conseguirlo.


17 de enero de 2015

El veganismo no es un sacrificio



Este ensayo pretende ofrecer una concisa argumentación en contra de esa errónea idea que dice que el veganismo es un 'sacrificio'.

Hay personas que consideran que el veganismo es un ejercicio de autonegación y de auto-sacrificio, pero comprobaremos que la verdad es justamente al contrario.

El diccionario define sacrificar como «poner a alguien o algo en algún riesgo o trabajo o abandonarlo a muerte, destrucción o daño, en provecho de un fin o interés que se estima de mayor importancia» y también como «renunciar a algo para conseguir otra cosa». Este concepto implica que aquello estimado como valioso que es entregado pertenece a la persona que realiza el sacrificio. Por tanto, no puede ser un sacrificio legítimo el entregar la posesión de otra persona, que no es nuestra.

Considerar que el veganismo es un sacrificio es consecuencia de creer que tenemos derecho a someter y utilizar a otros animales para satisfacer nuestras necesidades y deseos. Esta creencia proviene directamente del prejuicio que representa el especismo. Discriminamos y denigramos a los otros animales por no estar clasificados en la categoría de los humanos.

Utilizar a otros animales y consumir productos de origen animal es un acto injusto que implica violencia hacia seres inocentes. Nosotros forzamos a los demás animales para que sus intereses sean supeditados y anulados en favor de los nuestros. Si esto se puede denominar como un sacrificio se trata sin duda de un sacrificio forzado.

Sin embargo, el veganismo no puede ser un sacrificio para nosotros porque no se trata acerca de perder algo que es nuestro sino que se trata acerca de respetar las vidas y la libertad de los demás animales. ¿Qué argumento tenemos para justificar nuestra dominación sobre los animales no humanos? Ninguno que sea razonable.

No podemos justificar éticamente la explotación que ejercemos sobre otros animales. Es así de simple. Lo hacemos sólo porque podemos someterlos, ellos no se pueden defender, y porque obtenemos un beneficio de ello. Lo mismo podríamos decir de cualquier abuso o crimen cometido contra seres humanos.

Dicho en pocas palabras: no es un sacrificio dejar algo que nunca fue legítimamente nuestro en primer lugar.

No es razonable la idea de que obedecer la ética es un sacrificio. Evitar la esclavitud, la violación o el asesinato nunca se considera un sacrificio. No tenemos derecho a esclavizar, a violar o a asesinar a alguien. Cuando evitamos dañar la vida o la libertad de otro ser sintiente no es un sacrificio por nuestra parte. No entregamos ni perdemos nada que sea legítimamente nuestro.

Hay otras razones por las cuales el veganismo no se puede considerar un sacrificio.

Por ejemplo, alguien puede creer que ser vegano es difícil, pero tal y como el profesor Gary Francione explica, el veganismo no es un sacrificio porque es fácil llevarlo a la práctica:

«Me hice vegano hace 24 años. No era particularmente difícil por aquel entonces pero es absolutamente absurdo calificar el veganismo como difícil hoy en día. Es fácil ser vegano. Por supuesto que estás más limitado a la hora de ir a restaurantes, sobre todo si no vives en una ciudad grande o cerca de ella, pero si este inconveniente es demasiado para ti y te evita el hecho de ser vegano, eso se debe probablemente a que no te estás tomando en serio la cuestión.»

La práctica del veganismo es saludable, por lo que no se sacrifica la salud de nadie. Por ejemplo, en el tema de la alimentación, la Academia de Nutrición y Dietética avala la viabilidad de una dieta sin sustancias de origen animal:

«Es la postura de la Asociación Americana de Dietética que las dietas vegetarianas adecuadamente planificadas, incluidas las dietas totalmente vegetarianas o veganas, son saludables, nutricionalmente adecuadas, y pueden proporcionar beneficios para la salud en la prevención y en el tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas bien planificadas son apropiadas para todas las etapas del ciclo vital, incluyendo el embarazo, la lactancia, la infancia, la niñez y la adolescencia, así como para deportistas.» Position of the Academy of Nutrition and Dietetics: Vegetarian Diets

Los veganos tampoco sacrifican el placer de su paladar. Una dieta completamente vegetal puede incluir toda clase de frutos, verduras, cereales y legumbres de todas las partes del mundo. Hay literalmente miles de sabrosas recetas veganas que podemos descubrir. También hay productos como carnes vegetales y quesos vegetales, helados y todo tipo de delicias culinarias. Cada vez aparecen más y más productos aptos para veganos en las tiendas y mercados. Puede llevar algún tiempo conocer todos los productos disponibles pero, como en cualquier cambio de rutina, sólo requiere un breve tiempo de ajuste.

El veganismo no supone ningún sacrificio para nosotros. No sacrificamos nuestra salud ni nuestra calidad de vida. En cambio, la explotación animal significa sacrificar forzadamente a los animales por satisfacer un capricho y no por alguna clase de necesidad real.

Es irrelevante el placer que supuestamente obtengamos del consumo de productos de origen animal. Imaginemos que alguien dijera que nada puede sustituir el placer que siente al torturar perros. Eso es irrelevante, porque el placer no justifica infligir daño a los animales en ninguna manera. ¿Acaso nos parecería correcto que alguien se dedicara a torturar perros si eso le provocara mucho placer? Además, podemos disfrutar de la comida sin necesidad de consumir sustancias de origen animal, así que llevar una alimentación vegana no supone ningún sacrificio en este aspecto.

Los veganos no nos perdemos nada o casi nada en cuestión de disfrute, salud y gastronomía, pero lo más importante de todo es reconocer que el veganismo no es un sacrificio porque no es un sacrificio devolver aquello que nunca nos perteneció.

El veganismo no limita el desarrollo de nuestras vidas sino que nos abre un nuevo camino para vivir respetando a los animales.


Este ensayo está directamente inspirado por un escrito de la activista norteamericana Doris Lin, quien me sugirió personalmente que redactara mi propio texto basado en el suyo en lugar de hacer una simple traducción. Desde aquí le agradezco sus palabras y su amabilidad.

4 de enero de 2015

Bob Torres y la cuestión del especismo


En esta entrada me gustaría exponer una reseña crítica del libro Making A Killing del profesor Bob Torres que ha sido recientemente traducido al español.

Sugiero leer primero la obra antes de consultar esta reseña. Pero que cada uno decida libremente por sí mismo. Quien decida leer primero la reseña espero al menos que le motive finalmente a leer el libro.

A lo largo del artículo citaré algunas páginas de la primera edición española señaladas entre corchetes: [...]

No voy a comentar aquí a todas las cuestiones que Torres deja más bien planteadas que respondidas ni tampoco voy señalar las muchas virtudes que contiene la obra, tanto el contenido como en el estilo. En este ensayo me centraré solamente en unos puntos muy concretos y controvertidos desde una perspectiva crítica.

Marxismo, anarquismo y veganismo

Con el libro de Bob Torres nos encontramos un texto que intenta nada menos que explicar el problema en nuestra relación con los animales no humanos y proponer una solución al respecto. El autor construye su postura tratando de compaginar al mismo tiempo tres vectores principales: la teoría marxista, la filosofía política del anarquismo social y la ética del veganismo. Esta empresa va a conllevar ciertas dificultades como veremos a continuación.

En primer lugar, es imposible resumir el marxismo en unas pocas líneas pero sintetizando lo más básico podemos decir que el marxismo es una teoría fundamentada filosóficamente en el materialismo dialéctico, la cual considera que toda la dinámica social es el resultado de las condiciones materiales y que el proceso histórico es consecuencia de la lucha de clases. Toda la historia humana se reduce a que un grupo minoritario se hace con el poder económico y de ese modo se aprovecha de la mayoría social a la explota en su beneficio. El marxismo concluye que este conflicto sólo se podrá resolver aboliendo la sociedad de clases en favor de una nueva sociedad igualitaria donde ya no sea posible la explotación del hombre por el hombre.

Se podrá comprobar que ese análisis recuerda mucho a la relación tradicional entre seres humanos y animales no humanos. Aquí los humanos someten y explotan para su beneficio a los no-humanos. Hay un artículo del profesor Renzo Llorente en el que explica cómo se podría aplicar el análisis marxista sobre el problema del especismo y la explotación animal.

Hay que tener en cuenta que estar de acuerdo, al menos en parte, con el análisis marxista no conduce necesariamente al socialismo ni al comunismo. El socialismo de tipo comunista es una solución que Marx —y muchos otros— escogió como solución al problema que denuncia en su teoría. Pero hay otras soluciones que pretenden también disolver la explotación del hombre por el hombre. Una de ellas es el anarquismo y otra sería, por ejemplo, la socialdemocracia.

Por otro lado, también contamos con la posibilidad de coincidir con el diagnóstico que presenta el marxismo y al mismo tiempo estar a favor de la opresión de una clase sobre otra, claro. De la misma manera que hay personas que reconociendo el especismo como injusticia siguen igualmente estando a favor de la explotación sobre los demás animales.

El anarquismo sería, esencialmente, la idea de que la organización social no debe ser sostenida ni promovida por ninguna autoridad o poder externo a la voluntad de los participantes —ya se trate del Estado o algo similar— y que los individuos deben poder asociarse libre y voluntariamente. El anarquismo social que asume Bob Torres parece ser un tipo específico de anarquismo que coincidiría puntualmente con el socialismo en proponer una organización donde predomine lo colectivo sobre lo individual y en donde haya una distribución de bienes lo más igualitaria posible.

Este rechazo a la explotación es una coincidencia que confluye con el tercer elemento de la posición de Bob Torres: el veganismo. El veganismo es el rechazo la explotación de los animales no humanos por parte del hombre. Los veganos que sean también marxistas y/o anarquistas dirán que su rechazo a la explotación animal tiene el mismo origen que su rechazo a la explotación humana. No obstante también se puede rechazar radicalmente ambas opresiones sin tener que ser marxista ni anarquista.

Más adelante, analizaré si, tal y como propone Torres, la teoría marxista y la política anarquista pueden servir de ayuda para entender y solucionar la opresión especista que padecen los animales no humanos. Asimismo argumentaré acerca de la pertinencia de relacionar el veganismo con esta concreta filosofía política.

La recepción del veganismo en el contexto político progresista

Bob Torres señala en su libro algunos problemas que inciden directamente en la posibilidad de acabar con la explotación especista. Uno de ellos es la aparente dificultad que tiene la gente de ideas progresistas para comprender o aceptar el veganismo.

¿Cómo es que tantas personas que dicen estar en contra de la injusticia, y a favor de la igualdad, no parezcan darse cuenta de que la opresión sobre los demás animales es un error tan grave como cualquier discriminación injusta cometida contra seres humanos. En palabras de Torres:

«Muchos (pero no todos) en el amplio espectro de la izquierda, desde demócratas progresistas hasta marxistas, parecen dispuestos a aceptar lo que ellos consideran la jerarquía de las especies, mientras que a la vez trabajan por la desaparición de otras jerarquías (de clase, raza, género, o incluso de nacionalidad).» [201]

A pesar de que es un hecho que gran parte de la población humana mundial sigue sin tener conciencia del problema del especismo, podemos ver que al menos dentro del contexto occidental cada vez más gente toma conciencia de que los demás animales son seres sintientes, que no tenemos necesidad de explotarlos para vivir y que disponemos de opciones que nos aportan calidad de vida sin tener que esclavizar a los otros animales. Una creciente parte de la población está abandonando el consumo de animales. No obstante, el número de veganos no se ha disparado tan espectacularmente como tal vez cabría esperar. La cantidad de veganos va aumentando, sí, pero a un ritmo muy progresivo y gradual. En el mejor de los casos se estima que en algunos países hay alrededor de un 5% de la población que rechaza consumir animales. Este porcentaje tan pequeño tiene que tener alguna explicación, más allá de apelar a la ignorancia total.

A mi modo de ver, una razón que explique esta situación puede estar en que la cultura y la educación fomentan un tipo de mentalidad que precisamente está diseñada para excluir expresamente a los no-humanos de la consideración moral o para considerarlos inferiores a los humanos. Por supuesto, los progresistas han sido educados en los mismos prejuicios especistas que el resto de la gente.

También podemos advertir que los el activismo animalista no se ha dedicado a concienciar sobre la explotación animal desde una perspectiva igualitaria sino que en su mayor parte se dedican a promover la reforma de la esclavitud animal para conseguir jaulas más grandes o centran sus esfuerzos en intentar prohibir algunas actividades muy concretas y minoritarias de explotación animal —las campañas monotemáticas— que dejan intacto al 99.99% restante de la explotación animal y no sirven en absoluto para concienciar ni erradicar el prejuicio del especismo.

Sin embargo, todo esto sólo explica las cosas hasta cierto punto. Bob Torres tampoco investiga mucho al respecto en su libro.

Dejando a un lado todas las explicaciones anteriores, podemos postular que un posible motivo por el cual la concienciación contra el especismo no ha calado dentro del ámbito político progresista estaría en reconocer que mucha gente que defiende ideologías progresistas, o de izquierdas, no lo hace por sentido moral, por ética o justicia, sino por mero egoísmo o por puro tribalismo. Sería por esto que no quieren reconocer la injusticia del especismo e incluso se burlan y oponen a ello; porque los demás animales no forman parte de su grupo y así liberarlos no les aporta ningún beneficio a ellos. Si defienden políticas progresistas o igualitarias o de izquierdas, es porque entienden que eso es lo que más les beneficia egoístamente a ellos, aunque el lenguaje que utilicen se base en nociones abstractas de justicia.

En algunos aspectos fundamentales seguimos siendo una sociedad que en el fondo no es más que una forma sofisticada de tribu. Es una característica inherente del pensamiento tribal el dar prioridad a los intereses de los miembros de nuestro grupo por encima de los de otros individuos que no forman parte de ella, especialmente cuando entran en conflicto entre ellos.

Este instinto tribal estaría, por tanto, detrás de la causa psicológica que potencia no sólo el especismo sino también el racismo, el sexismo y el nacionalismo y demás prejuicios que discriminan a los individuos según el grupo al que pertenezcan.

Podrían haber más causas implicadas y solamente habríamos mencionado algunas de ellas.

Sin embargo, la explicación que aporta Bob Torres no coincide y difiere de lo que yo aquí acabo exponer y no se basa en ninguno de los motivos anteriores citados. Su teoría se basa en apelar al papel predominante de estructuras socioeconómicas que son las que determinan o condicionan el pensamiento y la conducta de los individuos.

La cuestión del capitalismo

Quien haya leído el libro habrá notado necesariamente la sistemática denuncia que Bob Torres hace recaer sobre el capitalismo. Esto es uno de los fundamentos principales de su exposición.

El conflicto entre la perspectiva que defiende Torres y el capitalismo reside primeramente en que el capitalismo acepta que la economía se rija por el beneficio privado mientras que el anarquismo social considera que la producción y reparto de todos los bienes deben estar planificados colectivamente para beneficiar a todos los miembros de la comunidad. Esto último se asemeja mucho al socialismo, salvo por la peculiaridad de que el anarquismo rechaza la institución del Estado y aboga porque la gestión se realice de forma autónoma y directa entre los mismos individuos.

Sin embargo, debo señalar al respecto que la idea que Torres tiene del capitalismo no me parece una noción apropiada. El capitalismo del que habla Torres es equivalente a la idea de que todo se puede comprar y vender. Pero esto no sería exactamente el capitalismo. Si nos atenemos a la definición de lo que significa el capitalismo veremos que se trata un sistema económico basado en los derechos individuales y el libre comercio de mercancías. El capitalismo, si bien muy lejos de ser un sistema perfecto, no sería sin embargo ese simple mercantilismo libertino que Torres presenta y que, según él, conlleva necesariamente la explotación de las personas.

El capitalismo presupondría, para empezar, que las personas [humanas en este caso] tienen derechos, y no solamente derecho a la propiedad privada, y que la manera de intercambiar servicios es el intercambio voluntario mediante el comercio. El comercio excluye por definición el uso de la violencia o la coacción. Esto último no sería comercio sino extorsión o servidumbre. Así que no se entiende bien cómo deducimos que el capitalismo promueve, como tal, la explotación de personas cuando su base ideológica no asume tal cosa.

Ahora bien, es un hecho probado que en efecto dentro de los sistemas capitalistas hay explotación de personas, pero esto no sería algo inherente al propio capitalismo sino un abuso contra los derechos individuales que sucede en todos los sistemas económicos que hayan existido. Encontramos esa explotación en las sociedades humanas que funcionaban hace ya miles de años. La reconocida existencia milenaria de la esclavitud es una evidente prueba de ello. Asimismo, la explotación de seres humanos la encontramos también en sociedades modernas donde se impuso el socialismo en un modo u otro.

Entonces ¿el problema es el capitalismo o lo es más bien la idea de que los humanos son mercancías o meros recursos?

Algunos teóricos, como el profesor Michael Sandel, consideran que el problema en el capitalismo no es que tengamos una economía de mercado sino que nos convirtamos en una sociedad de mercado. La confusión de la economía y los valores morales sería, por tanto, lo que provoca o favorece la mercantilización de personas.

El capitalismo ideológicamente no considera que los humanos sean mercancías sino que son individuos con derechos que deben comerciar entre ellos libres de coacción. Si recordamos que la explotación de humanos existe desde hace miles de años, antes de que nada parecido al capitalismo existiera, podremos deducir que la causa de la opresión no puede estar en el capitalismo como idea o como sistema.

Podemos analizar los posibles errores y defectos evidentes que tiene el capitalismo, pero es imposible llevar a cabo esa tarea racionalmente si antes no sabemos de qué estamos hablando o nos inventamos las definiciones de los conceptos a nuestro capricho.

El mismo escrutinio podemos aplicar a la cuestión de la explotación sobre los animales no humanos. ¿Es el capitalismo un sistema que causa intrínsecamente la explotación especista? Tenemos motivos fundados para ponerlo en duda. De hecho, el propio Bob Torres reconoce que "es cierto que la explotación animal podría existir sin que haya capitalismo" [36] aunque acusa al capitalismo de haber agravado la explotación al intentar maximizar el beneficio de las mercancías.

Por supuesto, si vivimos en un sistema que procura rentabilizar los beneficios que se obtienen de las mercancías y consideramos que los animales no humanos pueden ser tratados como mercancías entonces estos animales sufrirán las consecuencias que se deriven de esa situación. !Obviamente! Pero ése no es el problema de fondo. El problema aparece con la idea de considerar que los animales son mercancías y no con el concepto de rentabilidad económica. De hecho, Torres comprende esto perfectamente y por eso señala que "nuestro activismo debe golpear al sistema en su raíz, atacando la consideración de propiedad de los animales y su modificación [reforma] en vez de esperar que un sistema sin ética decida cambiarse a sí mismo cuando se le pida." [183] Por tanto, el problema central sería la cosificación de los animales no humanos; no el concepto de rentabilidad económica.

En todo el libro percibo esta permanente contradicción entre el planteamiento vegano-abolicionista que considera que el problema de la explotación de los animales está originado por su condición de propiedad —la idea de que los animales no humanos existen para ser recursos de los humanos— y el planteamiento marxista del anarquismo social que afirma que la raíz de todos los problemas está en el capitalismo, la jerarquía y el poder. No son perspectivas similares porque una cosa es considerar que los seres sintientes no deben ser propiedad y otra muy distinta es defender que la existencia de la propiedad privada es intrínsecamente injusta.

Torres afirma que "es necesario un movimiento que desafíe radicalmente la jerarquía y la dominación a todos los niveles del orden social, y que reconozca la vida mutua que todos compartimos. El anarquismo social ofrece las bases de este movimiento, tanto teóricas como prácticas." [209] Lo cierto es que el anarquismo social no rechaza como postulado la cosificación de los individuos no humanos y, por tanto, aceptar esta ideología por sí misma no conlleva necesariamente ningún avance respecto de la opresión que padecen los demás animales.

Alguien puede defender con argumentos que la forma justa de organizarnos colectivamente entre seres humanos es el anarquismo social; pero lo que en ningún caso sería correcto ni razonable es creer que la explotación especista se verá mínimamente amenazada por la sola asunción del anarquismo.

Si abandonamos el capitalismo podría ocurrir tal vez que hubiera circunstancialmente menos animales no humanos explotados —como consecuencia de abandonar el sistema capitalista— pero eso no reduciría ni un ápice el prejuicio del especismo y el arraigo social de la explotación animal.

Otros activistas también defensores del anarquismo social reconocen que «incluso siendo anarquista, no se es mágicamente feminista, antirracista o anti-homófoba.» Igualmente podríamos añadir que el anarquismo no implica el rechazo al especismo sino todo lo contrario. El anarquismo, al igual que casi todo el resto de ideologías humanas, está basado implícitamente en el antropocentrismo.

Se puede estar en contra del capitalismo y al mismo tiempo entender también que las opresiones existen como consecuencia directa de nuestros prejuicios. Así pues, si las estructuras sociales, políticas y económicas reflejan estos prejuicios se debe a que nosotros las hemos creado así de acuerdo a nuestra mentalidad previa.

Por todo ello, no puedo estar de acuerdo con la idea de que el capitalismo provoca el especismo y la explotación animal. Mi posición al respecto la expuse con detalle en un ensayo anterior.

He considerado importante señalar todo esto por una simple razón: si creemos que la causa de un problema está en el capitalismo pero resulta que la causa es en realidad otra distinta lo que sucederá es que nos abocaremos a intentar soluciones que no solucionen nada al final.

En los sistemas no capitalistas, los animales han sido cosificados y explotados exactamente igual que en los capitalistas. A ellos no les afecta el modo en que los humanos decidamos organizarnos políticamente entre nosotros mientras sigamos creyendo que los animales son seres inferiores que existen para ser usados como recursos por nosotros.

Tampoco comparto la perspectiva —defendida también por Bob Torres en su libro— que apunta a que si bien el capitalismo pudiera no ser la causa de la explotación especista sí que favorece la cosificación de los animales. Pienso que este planteamiento confunde la forma con el contenido.

Es cierto que el capitalismo, por su propia estructura, ayuda eficientemente a propagar cualquier idea o producto que tenga demanda económica. Si hay demanda de explotación animal, el capitalismo será una herramienta que sirva para satisfacer dicha demanda; no cabe duda. Pero no hay ningún elemento intrínseco al propio capitalismo que diga que debemos explotar a los animales no humanos. Es por esto que millones de veganos en todo el mundo vivimos en sistemas capitalistas. No sólo vivimos en este contexto sino que incluso el propio capitalismo facilita en el otro sentido a que el veganismo sea más fácil de llevar a la práctica.

A pesar de todo, debo señalar que Torres tiene mucha razón cuando denuncia que el veganismo a menudo se convierte en un mero estilo de vida que pierde su necesaria dimensión filosófica y activista [página 233]. Muchos veganos parecen más preocupados en consumir simplemente productos veganos que en cambiar la sociedad hacia la abolición de la explotación animal. Es importante que tratemos de ser coherentes con nuestros ideales, pero esto se tiene que reflejar también en un activismo social y no sólo en la vida individual. Todos podemos hacer activismo de una manera u otra, aportando nuestras habilidades para difundir el veganismo.

En definitiva, el capitalismo sería más bien un elemento moralmente neutro y una herramienta que —al igual que la tecnología— puede servir para hacer el bien o para hacer el mal. La manera en que lo usemos dependerá de nuestras creencias, nuestras actitudes y nuestras decisiones. Quizás haya mejores formas de organizarnos socioeconómicamente que la que el capitalismo propone, pero no me parece que la culpa de nuestra inmoralidad la tenga el capitalismo. La tenemos nosotros.

La estructura como explicación: el estructuralismo

En varios pasajes del libro nos encontramos con la defensa de esta tesis: las acciones de los seres humanos no están condicionadas por su psicología o sus creencias sino que están determinadas por los sistemas estructurales —económicos y políticos— en los que están inmersos. Estos sistemas tienen una dinámica inherente y autónoma que no depende de las acciones individuales. Esta noción, como apunta el propio autor, está directamente sacada de la obra del sociólogo David Nibert —que a su vez la extrae del trabajo intelectual del conocido filósofo Karl Marx.

A partir de aquella premisa, Nibert deduce que el especismo, o cualquier otro prejuicio discriminatorio similar, no sería pues la causa de la opresión sino que es la existencia material de la opresión la que genera el prejuicio con el fin de intentar legitimar ideológicamente la opresión ya existente. Así pues, lo que determina la existencia de la opresión, según Nibert, es una estructura material de dominación de un colectivo sobre otro. Las ideologías surgen posteriormente como excusa o herramienta de adoctrinamiento para justificar y perpetuar esa dinámica de opresión.

Esa teoría, a la que denominaremos aquí como estructuralismo, me parece problemática por diversas razones.

Primero; no resulta fácil comprender de qué modo la opresión podría suceder si previamente no hay un prejuicio discriminatorio que permita o induzca a que dicha opresión se produzca.

Alguien podría alegar que podemos cometer males sin tener ninguna conciencia de ello. Pero entonces no estaríamos cometiendo ningún mal desde el punto de vista ético. Si no hay ninguna conciencia moral, no puede haber falta moral. Podemos cometer errores morales por falta de reflexión, o por haber sido engañados o adoctrinados, pero si incurrimos en un mal se debe a que tenemos una conciencia moral que nos permite juzgar moralmente y nos convierte en responsables de nuestros actos. Señalar simplemente que somos ignorantes no justifica ni excusa lo que hacemos, puesto que si somos responsables entonces debemos reflexionar e investigar en todo momento acerca de la moralidad de nuestras acciones. Esto mismo era lo que Sócrates pretendía en su época y por lo que se le considera el padre filosófico de la ética.

Sin conciencia moral no puede haber análisis ni juicio moral. Ahora bien, parece razonable suponer que, en gran parte, la opresión que ejercemos sería consecuencia inercial de prácticas aun anteriores a que los humanos tuviéramos conciencia moral. Podemos comprobar que en la conducta de los animales no humanos —los cuales carecen de responsabilidad moral— hay comportamientos que objetivamente corresponden con aquellos acciones que consideramos inmorales: canibalismo, violación sexual, infanticidio.

En todo caso, sea como fuere que surgiera en origen nuestra opresión sobre los demás animales, la cuestión es que la ideología constituye un elemento decisivo en el mantenimiento de dicha opresión. Esto es algo que Nibert y Torres, reconocen a pesar de que en su teoría estructuralista no son las ideas las que causan las conductas sino que son las condiciones materiales —las estructuras socioeconómicas— las que determinan los comportamientos.

Sin embargo, lo que este enfoque estructuralista no explica es por qué si las ideas son meras consecuencias a partir de cuál criterio material podríamos juzgar moralmente la diferencia entre opresión y libertad. ¿Cómo podemos diferenciar entre el bien y el mal sin recurrir a ideas independientes de la condición material? Planteado de otro modo: ¿de dónde sale la idea de que todos debemos ser respetados por igual? La teoría materialista-estructuralista sencillamente no lo explica. Ningún autor que yo conozca explica de manera satisfactoria este punto dentro del marco ideológico del estructuralismo o el materialismo. No obstante, entiendo que este punto debe ser bien explicado o de lo contrario caeríamos en la pura arbitrariedad.

Segundo; si es cierto que los prejuicios son meras excusas más o menos sofisticadas —y no la verdadera causa— para mantener el statu quo por parte de quienes dirigen y se benefician de la estructura social entonces no podríamos explicar racionalmente el hecho que muchos de nosotros rechacemos esos prejuicios a pesar de que estamos inmersos en el mismo sistema estructural que nuestros semejantes y nos beneficiamos de ello también. ¿No contradice este hecho de manera flagrante la tesis estructuralista?

La tesis estructuralista no puede explicar por qué algunos de nosotros hemos cambiado de mentalidad y, sobre todo, de conducta a pesar de que estábamos inmersos en las mismas dinámicas sociales que el resto y a pesar de que la explotación especista nos beneficiaba por el mero hecho de ser humanos. Pienso que aquí nos encontramos ante una objeción de peso contra el estructuralismo.

Hay pues una muy evidente contradicción aquí: si nuestras ideas son mera consecuencia de nuestro estatus social o económico, y nuestra mentalidad sólo existe como medio de apoyo a este estatus, entonces resultaría imposible explicar de qué forma se ha producido la crítica y el rechazo por parte de algunos de sus propios integrantes que se benefician de ello. Sobre todo cuando vemos que se trata una crítica fundamentada en ideales éticos y morales, y no propiamente económicos o materiales.

Aparte de ese punto, tampoco me parece razonable la tesis de que la ideología es una mera excusa, puesto que si la manera en que actuamos no está causada por ideas sino por sólo estructuras socioeconómicas ¿para que necesitamos ideologías entonces? Incluso aunque digamos que la ideología es una herramienta de adoctrinamiento, la necesidad de este adoctrinamiento precisamente indicaría que los individuos no sólo nos movemos motivados por condicionamientos materiales sino que las ideas también tienen su importancia propia y singular como causa de nuestra conducta.

Tercero; la noción de que las estructuras políticas y económicas pueden existir por sí solas me parece insólita.

Escribe Bob Torres que "si dejáramos de ser sexistas de forma inmediata, perduraría el sexismo del sistema que devalúa el trabajo de las mujeres" [33]. Él asegura que con el racismo y el especismo sucede exactamente lo mismo. Sin embargo, no explica cómo puede ser que, aunque todos dejáramos de ser racistas, sexistas o especistas, el sistema estructural opresor pudiera seguir funcionando y manteniendo dinámicas racistas, sexistas o especistas por sí mismo, con independencia de los individuos. Esto no parece tener ningún sentido.

Bajo mi punto de vista, la realidad sería justamente al contrario: si de verdad rechazamos dichos prejuicios entonces todas las estructuras sociales que surgieron motivadas por esas ideologías deberían menguar y desaparecer como consecuencia directa; y ser sustituidas por otras diferentes. Los sistemas no existen por sí mismos, como si fueran entes que tienen personalidad propia, sino que son consecuencia directa de los individuos actuando de forma conjunta y organizada.

Señala Torres que "para que se produzcan cambios en el entramado de la opresión es necesario que se modifique la ideología y la estructura social, y no es suficiente con cambios en el comportamiento individual" [27]. Esta aseveración puede muy bien ser cierta, pero considero para que haya cambios en la estructura social y económica, primero tiene que haber cambios y acciones a nivel específicamente individual que se vayan extendiendo y vayan consiguientemente modificando la dinámica de la sociedad y haciendo presión para conseguir luego cambios reales a nivel político. Hay un orden de gradación que comienza en el individuo para a continuación saltar al nivel de la sociedad —colectivo de individuos que comparten y colaboran en un mismo contexto— y después al orden económico y político

Es razonable prever que, incluso a pesar de un cambio social masivo, la inercia podría mantener determinados aspectos de los prejuicios superados durante algún tiempo, pero considero que los iríamos eliminando de forma progresiva. Entiendo que no es sensato suponer que los entramados sociales desaparecen así tal cual de un día para otro. Incluso los cambios sociales que aparecen repentinos —como parece repentino el recién nacido que surge del seno de su madre— son en realidad el producto desencadenado por una larga gestación previa.

Podemos aceptar la idea de que los sistemas estructurales sirven, entre otras cosas, para inculcar y perpetuar determinadas ideas y hábitos, también en favor de prácticas opresivas. Esto es algo más o menos evidente. Para eso fueron creados por los individuos: para transmitir creencias y comportamientos. Pero asumir una teoría materialista que considera que, una vez surgidos, esos sistemas son como entidades autoexistentes que tienen vida propia —independiente de la voluntad de los individuos, de sus creencias y acciones— es un postulado que sólo plantea interrogantes sin solución y ninguna explicación razonable.

Una última objeción sería que la teoría materialista-estructuralista no tiene en cuenta otros factores importantes y decisivos como son la biología; en relación con la tesis de que nuestra conducta está motivada y condicionada por rasgos biológicos inherentes a nuestra naturaleza como seres vivos y animales. Por eso, el estructuralismo se convierte en una postura reduccionista que ignora injustificadamente las aportaciones que la ciencia deduce en el estudio empírico de la fisiología y de la conducta.

Conclusión

En cualquier caso, el libro de Bob Torres es una fuente de información valiosa y de la que considero que se puede sacar mucho provecho, sin necesidad de tener que estar de acuerdo con todos sus planteamientos y conclusiones.

De todos modos, debo señalar que el texto no da en absoluto la impresión de estar destinado a un público general sino que parece dirigido expresamente a marxistas, anarquistas de izquierdas y  veganos —o personas que estén muy familiarizadas con estas doctrinas. No obstante creo que es una obra que se podría recomendar a todo el mundo que tenga un sincero interés en estas cuestiones.

Aunque este artículo está centrado en mis desacuerdos con la postura de Bob Torres, a lo largo de mi lectura también he notado muchos puntos que considero muy acertados. Por mencionar algunos:

■ La idea de que el problema esencial en nuestra visión de los animales no humanos reside en que los consideramos como nuestra propiedad.

■ La denuncia sobre organizaciones que dicen ser activistas pero que en realidad se han convertido en negocios destinados a recaudar dinero.

■ La defensa del activismo educacional como principal respuesta y solución ante la injusticia del especismo y la explotación de los no-humanos.

Los citados temas están entre los habituales de este blog y coincido en gran medida con la exposición de Torres al respecto. 

En definitiva, tenemos que leer para informarnos, para reflexionar críticamente, y no para estar anticipadamente de acuerdo con todo lo que leemos. Si sólo leemos aquello que ya sabemos que coincide con nuestras ideas entonces nunca aprenderemos cosas nuevas ni progresaremos en el conocimiento. Lo mismo que si rechazamos todo aquello que contradiga nuestras creencias previas. Por esto, entre otras virtudes, este libro bien merece una lectura atenta.